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Charles Albright, el "perfecto caballero"

Charles-Albright
Foto(s): Cortesía
Redacción

Agencias

Un joven Charles Albright de 11 años, fue sorprendido por su madre asesinando animales pequeños, por lo que la mujer decidió que esa energía y gusto por la muerte sería bien encausada si lo inscribía a clases de taxidermia, donde aprendió a degollar, diseccionar y rellenar aves muertas. También aprendió a utilizar el bisturí con maestría para arrancar ojos sin ocasionar daños a las cuencas, hecho que le fascinaría hasta la obsesión.

De hecho, compraba globos oculares en sus clases de taxidermia con la intención de que su colección fuera intachable. 

Charles Albright, un reputado miembro de la comunidad que ejercía como un “perfecto caballero” con las mujeres, escondía bajo aquella apariencia inofensiva una faceta como asesino serial por la que fue apodado el 'asesino del globo ocular'. Su “huella” en cada asesinato: mutilar los ojos de sus víctimas.

Un niño sobreprotegido

Charles Frederick Albright nació el 10 de agosto de 1933 en Amarillo (Texas), pero su madre biológica lo abandonó al dar a luz y el bebé estuvo varias semanas en un centro hasta que fue adoptado. Sus padres adoptivos eran un matrimonio de clase media y vivían en los suburbios de Oak Cliff, una zona residencial de la ciudad de Texas. Fred y Delle Albright, un tendero y una maestra de escuela, trataron de colmar de atenciones al pequeño.

La madre fue tan estricta y sobreprotectora en su educación y cuidado que le cambiaba de ropa tres veces al día, crió cabras en el patio trasero porque su leche era mejor que la de vaca, le dio clases en casa para evitar que saliese y, para cuando tuvo que empezar en el instituto, le obligó a que le llevaran en coche. Pero esto contrastaba con la rectitud en los castigos: le ataba a la cama cuando el niño infringía alguna norma.

Por otra parte, Delle siempre educó a su hijo en el respeto hacia las mujeres, sobre todo en lo tocante a las relaciones sexuales. No quería que se comportara como su padre, un hombre demasiado brusco y violento cuando tenía ganas de tener sexo.

En este ambiente, Charles desarrolló una personalidad contradictoria: por un lado, se portaba como un niño bondadoso y complaciente, muy inteligente y precoz (iba dos cursos más avanzado), bromista, divertido y cautivador; y por el otro, desarrolló una obsesión con la muerte, que se materializó matando a animales pequeños. Cuando su madre se enteró quiso reconducir aquella actitud apuntándolo a un curso de taxidermia.

Durante varias semanas, el pequeño de once años, aprendió a diseccionar con precisión quirúrgica a pájaros muertos y a colocar botones en las cuencas vacías de los ojos botones y, luego, globos oculares reales disecados comprados en tiendas. Poco a poco, Charles se fascinó con aquella práctica y con coleccionar los ojos más bonitos del mercado para que su obra como taxidermista quedase impecable.

Aparte de este hobbie, que con los años derivó en una práctica criminal, el niño fue a clases de piano, de pintura y de francés, y también tenía especial predilección por la poesía. Sin embargo, su comportamiento dio un giro en plena adolescencia: fue detenido por robar en tres tiendas y enviado a prisión durante varios meses. Cuando salió en 1952, Charles se matriculó en la universidad de Arkansas para estudiar anatomía: quería ser cirujano.

Su primer desengaño amoroso le llevó a hacer una “broma” espeluznante: recortó los ojos de su exnovia de las fotografías que tenían juntos y pegó dichas imágenes por todo el campus. Aquello captó la atención de todos, que veían en él a un estudiante popular y encantador, pero también a alguien muy raro. Además, la dirección de la universidad descubrió poco después que Charles estaba tras los robos en sus instalaciones y fue expulsado. El joven jamás terminó la carrera y decidió falsificar la documentación.

Su 'huella'

Mientras el forense realizaba la autopsia, descubrió que los ojos de Mary habían sido mutilados y extraídos de sus cuencas. Esta se convertiría en la huella del asesino, su marca personal en cada asesinato, que daría a la Policía una pista clave: el autor tenía gran maestría en el uso del cuchillo y del bisturí como si de un cirujano se tratase.

Pero, por el momento, las autoridades no tenían ningún hilo del que tirar. No había huellas, ni rastros biológicos, ni testigos, y todo parecía indicar que la mujer había sido asesinada en un lugar distinto de donde después se encontró su cadáver. Así que los inspectores encargados del caso decidieron visitar la zona de prostitución que regentaba la víctima para charlar con sus compañeras en busca de información.

Verónica Rodríguez, una de las meretrices que conocía a Mary, aseguró a los oficiales que un hombre había tratado de matarla días antes y que, si no hubiese sido por un camionero llamado Axton Schindler, que la acogió en su casa cuando se escapó, no habría sobrevivido. Los agentes le tomaron los datos, también los del buen samaritano, y ahí quedó todo.

El 10 de febrero de 1991, la Policía encontró el cuerpo semidesnudo de Susan Peterson, de 27 años, una prostituta a la que habían violado, golpeado y disparado en la cabeza, el estómago y el pecho. El cuerpo fue hallado en la misma carretera donde localizaron a Mary y, al igual que ella, sus ojos también habían sido extraídos. Los investigadores habían encontrado un patrón y los medios de comunicación, sin saber este dato tan relevante para el caso, empezaron a difundir noticias sobre ‘El Destripador de Dallas’ o ‘El Asesino de Dallas’.

El 19 de marzo, Charles volvió a matar, pero esta vez cambió de lugar para “cazar” y de tipo de víctima. Si hay algo que caracteriza a un asesino en serie es que suele asesinar a personas de su misma raza, y tanto Mary como Susan eran de raza blanca como su agresor. Pero esta vez, Albright eligió una mujer negra de otro barrio de prostitución, el Fort Worth Boulevard, para terminar con su vida: abandonó su cuerpo al lado de un árbol y en una calle residencial frente a un colegio, y horas después, un grupo de niños se encontraron con la dantesca escena.

Shirley Williams también estaba semidesnuda y había sido violada, golpeada brutalmente y asesinada mediante un disparo en la cabeza. Además, le habían mutilado los ojos, aunque sin tanta precisión como en los dos crímenes anteriores. Charles se había vuelto descuidado, pero sin testigos, huellas ni arma del crimen, las autoridades seguían dando palos de ciego.

Una nueva ronda de entrevistas a trabajadoras sexuales provocó un aluvión de testimonios en los que varias de ellas aseguraban haberse escapado de un violento asalto perpetrado por uno de sus clientes en los últimos meses. Las mujeres describieron al atacante como un hombre blanco, de complexión fuerte, pelo cano, y vestido con pantalón y camisa vaquera que conducía una camioneta.

Al recopilar todos los testimonios, los investigadores revisaron la charla con Verónica, una de las supervivientes, y cotejaron los datos de su salvador, Schindler. La dirección de su domicilio, 1035 Eldorado, estaba a nombre de su dueño, Fred Albright, quien a su vez tenía otra propiedad en Cotton Valley, el vecindario donde encontraron a las dos primeras víctimas. La siguiente pista fue descubrir que Fred ya estaba muerto y que aquellos inmuebles habían sido heredadas por su hijo Charles.

La coincidencia

En ese preciso instante, uno de los agentes recordó que meses antes había anotado la llamada de una mujer, amiga de Mary, que aseguró haber salido con un hombre, conocido de la víctima, obsesionado con los ojos y con una colección de cuchillos, llamado Charles Albright. Aquella información había quedado archivada y jamás se había tenido en cuenta.

Ante ambas coincidencias, los agentes buscaron los datos del sospechoso y vieron su historial delictivo y sus múltiples condenas. Imprimieron la fotografía del supuesto asesino y se la enseñaron a las prostitutas que habían sido atacadas. Todas reconocieron a Albright. Ipso facto, varias patrullas acudieron al domicilio de Albright, que vivía con su novia Dixie Austin, y lo arrestaron. Era el 22 de marzo de 1991.

Durante el registro de la propiedad, la Policía encontró un alijo de cuchillos, un libro de Anatomía de Gray y una docena de volúmenes más sobre crímenes y asesinos en serie. Aparte, analizaron su camioneta y recogieron presuntas fibras de cabello de las víctimas, unas pruebas que también aparecieron en la aspiradora. Aunque nunca se localizaron las armas utilizadas en los crímenes ni los globos oculares mutilados, se descubrió un compartimento oculto con rifles y pistolas detrás de la repisa de la chimenea.

Mientras la científica procesaba las pruebas, Albright, ya en comisaría, se negó a confesar y actuó como si nunca hubiese oído hablar de aquellas mujeres. De hecho, su círculo de amistades llegó a inculpar al inquilino Axton Schindler como el verdadero responsable de las matanzas.

El 18 de diciembre de 1991, un jurado popular encontró culpable de asesinato a Charles Albright y lo condenaron a cadena perpetua por el asesinato de Shirley Williams, ya que durante el juicio nunca se pudo probar que el carpintero asesinase a Mary Pratt ni a Susan Peterson. Incluso el abogado defensor, Brad Lollar, se quejó ante la prensa de que todo se trataba de grave “un error judicial” porque su cliente era “un hombre inocente” sentenciado injustamente.

Desde entonces, Albright permanece recluido en la Unidad Psiquiátrica John Montford de Lubbock (Texas) donde ocupa su tiempo con las más variopintas actividades: se ha entregado a la lectura de libros sobre la Guerra Civil, trabaja como carpintero en el taller de la prisión y ejerce como entrenador de sóftbol.

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