SANTO DOMINGO CHONTECOMATLÁN.-Santo Domingo Chontecomatlán es una de siete agencias de policía de Santa María Ecatepec y la más cercana a San Lorenzo Jilotepequillo, por decir lo menos. Aún así, 40 kilómetros de terracería las separa.
Lo que a ambas comunidades las une, además de la pobreza, es la desgracia. Al menos 40 viviendas, de 150 que conforman esa población, resultaron dañadas.
No habían logrado pasar más allá de la obra negra de su casa de dos plantas, cuando el sismo del pasado jueves derrumbó las paredes, sin ventanas, de la casa de Juan Aguilar Ramírez de 65 años y de Helodia González de 61 años.
El matrimonio vive junto con la mamá de Juan, la señora Petra Ramírez de 94 años y su hijo Inocente Aguilar González, de 30 años. En siete metros de ancho por 12 de largo la cosecha de aguacate les permitió juntar dinero para construir tres cuartos en la planta baja y tres más arriba, pero el dinero no alcanzó para los acabados, la casa se quedó sin ventanas.
La primera planta no se partió con el temblor por ello es ahora donde se duerme, todos en una misma habitación y en el corredor, con el miedo de que la casa se asiente.
La única salida que suponen es levantar nuevos muros para sostener la loza que no se partió, pero no saben cuánto cuesta ni de dónde obtendrían el dinero. Son campesinos y el dinero para ellos es limitado.
Eso también le ocurre al matrimonio de Erica López Aguilar y Ambrosio Velásquez Torres. La humilde casa de adobe en donde vive también la familia de su hijo, Florentino, será mejor derribarla, “no se puede ni dormir”.
Un sólo cuarto de cuatro por cuatro metros que hace siete años construyeron con apoyo del gobierno Federal, es el dormitorio de dos matrimonios y dos niños.
Los enseres domésticos, los muebles como la estufa, el tanque de gas, camas, están a la intemperie. Tal vez construyan una nueva casa, “aunque sea de laminita”, porque el maíz que produce el campo sólo les da para el autoconsumo, no deja ganancias.
Laureano Mendoza Flores, de 75 años, no ha querido mover nada de lo que quedó debajo de las paredes de adobe. Tiene la esperanza de que alguien supervise que ahí vive con su esposa María Aguilar y mostrar el terremoto que sepultó la ropa, su cama, herramientas para el campo, pero en toda esta semana se ha cansado de esperar.
Paulino Jarquín Zárate y Facunda Sánchez Nolasco tampoco quieren mover una piedra de gran tamaño que se desprendió del cerro y entró en su casa por el techo de lámina del corredor.
Además, con la caída de esa piedra, el muro que los protege del cerro “reventó” y ahora lo detienen con palos, pero con el miedo de que se puede venir abajo y, con éste, su casa.
Como la mayoría de comunidades dispersas entre las montañas, en esta las casas están construidas en pendientes. Habían pasado lluvias y temblores, pero el del 7 de septiembre los afectó como nunca.
En vano han ido con la autoridad que representa a la agencia. Saben que han reportado los daños, pero ignoran si alguien les dará alguna respuesta oficial o una guía de lo que ahora pueden hacer.
Como los pobladores de Jilotepequillo, estas familias están a la desventura de su suerte y la desatención institucional de un Gobierno que no quiere mirarlos.
