Pasaron ya 30 días desde aquella violenta sacudida que le robó el sueño a Juchitán. Era jueves, faltaban segundo para la medianoche cuando la tierra crujió, el piso se movió y los muros se desplomaron.
En el municipio zapoteca, la tierra de la Sandunga y la Llorona, los sismos del 7 y 23 de septiembre dejaron una ciudad en ruinas, con una herida que no cicatriza, que laceró la memoria y alma de sus habitantes que se mantiene en pie y luchan por rescatar pedazos de su vida pepenando entre los escombros de su pasado.
En un solo mes, miles de personas vieron cómo su vida se vino abajo. Perdieron su trabajo y patrimonio, pero lo que más duele es haber perdido a amigos, a su madre, a su padre, hermanos, primos, compadres, a aquellos a quienes el sismo devoró.
El ambiente alegre de los juchitecos se apagó; la sombra de aquella noche se transformó en un insomnio ansioso, en el pánico a cada una de las réplicas que son más de seis mil.
“Duele y mucho ver lo que pasó. Estamos de pie y vamos a seguir adelante”, dice Fredy mientras su mirada se extravía en el cascote de lo que fuera el Palacio Municipal, edificio emblemáticos de los zapotecos que alguna vez habitaron las nubes.
Juchitán, en el corazón de la zona cero de Oaxaca.
El joven hurga en su memoria, trata de recordar su vida antes del 7 de septiembre: “me acuerdo cuando todavía estaba completo, estábamos preparando los festejos patrios para venir a dar el grito, pero todo cambió en segundos”.
Fredy, que se quedó sin casa y empleo, dice que Juchitán y los pueblos aledaños viven una pesadilla de la que pronto van a despertar, aunque nada volverá a ser igual.
“Va a pasar, no sabemos cuánto tiempo va a tomar. La vida es una y tenemos que seguir adelante. Tal vez nuestro palacio no quede igual, pero quedará en la historia”.
La negra noches del 7 de septiembre
En el Istmo de Tehuantepec, la noche del 7 de septiembre, los indígenas zapotecas se reponían del cansancio de un día de trabajo, la mayoría dormía y los demás alistaban las hamacas, cuando abrieron los ojos todo había cambiado.
Pareciera que fue ayer, dice Na’ Nelida Escobar quien recuerda los estridentes gritos de sus paisanos que recorrían las calles buscando a sus familias, sólo querían saber que estaban bien todos aquellos a quienes no tuvieron tiempo de salir. “Ese día y esa noche marcaron mi vida”.
En esta región, más de 200 mil personas resultaron damnificadas, 78 perdieron la vida y más 70 mil las son las viviendas afectadas, de las cuales, en Juchitán son 8 mil las casas dañadas.
Además que la restauración es el destino de ocho edificios históricos, enetre ellos: la Casa de la Cultura, el Palacio Municipal, la Casa del General Charis, la Biblioteca e iglesias.
El palacio municipal quedó partido por la mitad y la Iglesia del santo patrono San Vicente Ferrer se cae a pedazos.
El comercio y las principales actividades económicas padecen zozobra y las expectativas de recuperación son pesimistas, aun así sus habitantes no se rinden, con la frente en alto y el ánimo impetuoso aseguran que van a salir adelante.
Nada volverá a ser igual
Cecilia Palacios, comerciante de huaraches del mercado 5 de Septiembre, asegura que Juchitán está triste y sigue de luto, “aquí siempre había fiestas porque la gente es pachanguera, pero el miedo nos tiene paralizados, no deja de temblar ni de día ni de noche”.
Para la teca pasará más de un año antes de que todo regrese a la normalidad.
La tragedia vista desde el aire.
Cecilia y otras comerciantes esperan que pronto quede el mercado para regresar a su vida cotidiana,a la dura rutina que hoy extrañan, ya que en el parque Benito Juárez, donde están instaladas, no tienen condiciones.
“Ya queremos verlo levantado, queremos que tenga la misma imagen que no nos cambien mucho”.
Para ella es importante que la comunidad recupere su arquitectura una vez que concluya la reconstrucción, “es parte de nosotros, de nuestra cultura. No concebimos una casa sin teja y sin corredor”.
Dan gracias a Dios por un día de más
En el albergue instalado en el Instituto Tecnológico de Juchitán, la banda de la Secretaría de la Defensa Nacional ameniza el duro devenir de los días de hombres, mujeres y niños que perdieron sus casas y tuvieron que mudar su hogar a casas de campaña.
Más de 500 familias cuentan las horas y aguardan con ansias el momento de volver a casa de aquello sólo quedan los escombros de una vida que se diluyó en la tragedia.
No desesperamos, resistimos, pero !no nos olviden por favor!
“La fragilidad del ser humano se siente cuando vive momentos difíciles”, afirma Thomas Vera, a quien el temblor de 8.2 grados lo dejó sin empleo.
Es talabartero, pero se vio obligado a buscar un nueva forma de sobrevivir y llevar el sostén a su familia: “yo hacía huaraches, pero con el sismo se echó a perder el negocio de mi patrón y me quedé sin trabajo, por eso hoy la hago de cargador”.
Thomas pasa las tardes en la esquina del parque Benito Juárez cuando el sol de mediodía cae con más violencia, él espera a un cliente que le pida que cargue sus compras, pero pasa hasta una hora hasta que llega uno.
Quince pesos es la máxima paga por acarreo, no hay más. “Un amigo me dijo que si quería podía venir, pero un rato nada más porque el dueño de la carreta se puede enojar, por eso solo vengo dos a tres horas”.
“Llevo una hora sentado y no cae nada, así de difíciles están las cosas por acá. Da tristeza porque tenemos familia, yo tengo dos hijos estudiando y mi esposa, aunque agradezco que a mi casa no le pasó nada, pero me dejó sin empleo”.
De ganar mil 500 pesos a la semana, se tiene que conformar con 150 pesos diarios, apenas sobrevive con su raquítico sueldo y las despensas que algún anónimo mandó para ayudar a los istmeños.
A Thomas le asombra la solidaridad de las personas del todo el país con los habitantes del Istmo de Tehuantepec, “no dicen que vienen de Veracruz, de Yucatán, de San Luis, de muchas partes, ahí se siente el verdadero apoyo, por eso damos gracias”.
Asegura que tragedias como la que atraviesan los juchitecos deben de servir para prevenir, pero sobre todo para generar ahorros que les permitan ayudarse.
“Pues ahí la vamos pasando, en esta semana este es mi nuevo trabajo, se siente gacho porque ya no es lo mismo, hay que apretarse el cinturón”.
Thomas Vera teme que la situación económica de Juchitán y el Istmo empeoré, “es lo que más nos preocupa, aunque es difícil que estemos más jodidos”.
Además de ser un sobreviviente, también es un héroe. El pasado 7, la casa de su tía y vecina se vino abajo, como pudo la rescató a ella y su prima.
“Mi tía falleció, pero mi prima está con nosotros, aunque perdió una pierna debido a un fuerte golpe que recibió”.
Aquí, a todos nos alcanzó la tragedia, pero de alguna u otra forma vanos a sacar la casta y salir adelante.
