Quiere gritar con todas sus fuerzas, pero ni a eso tiene derecho... el dolor es insoportable, la quema por dentro cuando lo intenta.
Para Eusebia es imposible conciliar el sueño. A sus 57 años, las preocupaciones y el dolor son sus inseparables compañeras. El colchón en el que su débil cuerpo descansa, le molesta, es muy viejo y los alambres comienzan a rasguñarle el cuerpo.
Hace un año le detectaron un tumor maligno en el esófago. Los dolores comenzaron hace dos, pero la falta de dinero y el miedo al diagóstico le impedían acudir al médico.
"Hace un año estuve en el hospital y me dijeron que es la última etapa del cáncer", indica con su débil voz.
Falta mucho para el amanecer, los perros ladran en la calle, es el único ruido de su oscura colonia, la Mendoza Nube, en el municipio de Zaachila. Su hija, su único sostén, duerme profundamente; lo tiene que hacer, trabaja muy duro en la fonda para ganar los 100 pesos que significan su único ingreso.
Oriunda de la Sierra Sur, de Tierra Blanca, Loxicha, llegó hace seis años a a capital, con el objetivo de hacerse de un patrimonio. Su hija la recibió en el cuarto que rentaba por 800 pesos al mes.
Al fin amanece, recuerda la sonda que tienen en el estomago por la que tiene que ingresar el alimento a su cuerpo y el apetito se va. Cada vez está más delgada. Nada queda de aquella mujer que pesaba 60 kilos. La fuerza poco a poco se ha ido.
En su terreno de 150 metros cuadrados sembró unas cuantas milpas y calabaza: "Con algo nos ayudamos con lo que sembramos".
Sus 38 kilos y las quimioterapias la han dejado sin fuerzas. Cada vez es más difícil ponerse de pie, el piso de tierra de su cuarto de lámina de dos metros de ancho por tres de largo, hace más complicado su andar.
Hace cinco años llegaron a la colonia Mendoza Nube donde comenzaron a pagar su terreno en abonos de mil pesos al mes, por 27 meses.
Sin hambre, come porque sabe que tiene que hacerlo; un caldo de frijoles con tortilla o una tostada le dan poca energía a su cuerpo.
Cuando no puede alimentarse por el dolor, licuan su comida para pasarla a través de la sonda. El médico le recetó un cereal: "Ya no lo compramos por que cuesta caro, 38 pesos, que me dura ocho días".
Es momento de la quimioterapia, otra vez. Teme el momento en que tiene que hablar con el médico, ya que su más grande temor es que ya no quede esperanza.
"El diagnóstico de mi mamá no lo cubre el seguro popular", lamenta su hija. "Los primeros estudios cobraron 5 mil pesos, y los que vienen costarán más; algunos no se los ha hecho".
Un día más inicia para Eusebia, sus milpas son su única vista, sentada en una improvisada banca de madera contempla el avanzar del tiempo, con sus dolores y sus preocupaciones siempre acompañándola.
