“Hola, me llamo Alex, ¿me compras un dibujo?”. Así se presenta el pequeño que la mañana de este miércoles ocupó una acera del Andador Turístico en la capital de Oaxaca.
La capital oaxaqueña no solamente se inundó de turistas nacionales e internacionales durante la Semana Santa, sino también de indigentes.
Cualquier esquina o calle, incluso en el Centro Histórico, es un lugar apropiado para pedir dinero, así sea para justificar una presunta mendicidad.
Como Alex, que llegó de su natal Guerrero junto con su familia desde hace una semana; su madre vende de manera ambulante algunas artesanías en el zócalo, acompañada de su hermana, y su padre, por Santo Domingo de Guzmán.
Al pequeño de nueve años de edad, le toca pedir limosna. Pero no es cualquier caridad, sino que da también algo a cambio: un dibujo. Camisa sucia azul de manga larga, pantalón negro percudido y viejos tenis negros, su vestimenta.
Algunas piedras para que no vuelen las hojas, en que tiene unos dibujos que vende; unos colores, un cuaderno viejo, una mochila, una botella de agua y una lata para recabar el dinero, las pertenencias de Alex.
El niño dibuja garabatos y los ofrece a propios y turistas, que en temporada vacacional pululan en el Centro Histórico.
“Hola, me llamo Alex, ¿me compras un dibujo?”, les dice y los convence. Cinco, 10, 20 y hasta 100 pesos junta por persona; un americano le regaló incluso un billete de un dólar.
Sus herramientas de trabajo, alejadas de la parafernalia plástica.
“¿Me cuidas mi bolsa?, ¡voy al baño!”, pide Alex; recoge a prisa sus tiliches; guarda bien el dinero y se va corriendo. Diez minutos después regresa más relajado. Pero ya se va.
Dice que viene cada temporada vacacional con su familia, para aprovechar que no hay clases; dice que es de Iguala, Guerrero; dice que el lunes se regresa a su casa a continuar sus estudios; dice que va en segundo año de primaria.
“Venimos mucha gente en un autobús; tengo mucha familia en mi pueblo pero ahora venimos pocos; aprovechamos para conocer y para vender”, asegura el niño. Recoge sus monedas; trata de ocultar la ganancia del día. Un puño lleno de monedas de diversas denominaciones; en el otro, varios billetes, incluido un dólar y uno de 100 pesos.
Carga su mochila al hombro, en busca de sus padres, para presumir su ganancia, que en poco más de dos horas fueron unos 200 pesos.
“¡Ya me voy! Voy a buscar a mi familia… ¡Mañana nos vemos! Mañana regreso a pintar”, se despide, con el sol del mediodía.
