CONGREGACIÓN DE LLANO DE LODO, Huautla de Jiménez, Oaxaca-A sus 40 años, Francisca no conoce otra existencia más que el hambre y la desgracia. Nació en San José Vistahermosa, municipio de San Lucas Zoquiápam, pueblo indígena hundido en la miseria; a los 15 años se casó y hace 20 días su esposo falleció, dejando seis hijos huérfanos y otro que se gesta en el vientre mustio de la madre.
Frente al cuarto de piso de tierra, paredes de barro atenazado con carrizo, techo de lámina galvanizada y donde veló los restos mortales de su marido, recuerda que su padre era una persona mayor cuando ella era una niña y, por tanto, no trabajaba.
“Madre era quien se hacía cargo de nosotras, mis hermanas y yo; ella trabaja en el campo, además sembraba maíz y frijol para que comiéramos; madre fue siempre la que nos cuidaba porque padre estaba viejito”.
Con rostro cetrino e inexpresivo, como si sufrir hambre, frío, luchar todos los días por conseguir alimento fuera algo normal o natural, añade que ahora su hijo Daniel, de 15 años de edad, tendrá que trabajar para alimentar a la familia.
Su resignación ante la penuria es ancestral, atávica.
Francisca y sus hijos son parte del México que no se quiere ver, que se oculta por vergüenza o por interés. FOTO: Emilio Morales
Ella nació y vivió en una familia pobre, no conoce otra forma de vida, por eso no tiene mayor esperanza; ella y sus hijos habrán de buscar el alimento que les permita sobrevivir, como lo hacía padre. Padre era campesino, a veces conseguía trabajo de peón y obtenía 50 pesos por día para alimentar a la familia, a lo que sumaba unos pobres cultivos de maíz y café para el autoconsumo.
“LA SOPITA”
Ataviada con un falda negra, playera color esmeralda, suéter tejido en tono beige y un chaleco morado, todo usado, comenta que para el alimento de sus hijos prepara sopa, frijoles o algunas yerbitas. “A veces les doy sopita, otra veces frijoles, otras veces les pongo un huevo en una tortilla, pero muy a veces”.
La delgadez y el color de su piel, amarillenta-verdoso evidencia la mala alimentación. La tos permanente, que su salud es precaria. A medida que la tarde cae sobre los cerros de más de mil 700 metro de altura sobre el nivel del mar la temperatura desciende rápidamente y la tos es más continua y seca en la mujer que parece quebrarse con cada sacudida.
-¿Qué van a comer hoy?
-Sopita, les hice un poco de sopita, con tortillas.
-¿Nada más?
-Si.
Al pequeño Andrés, como a sus hermanos, el destino solo deparó miseria y desgracias. FOTO: Emilio Morales
Minutos después, Zenaida, de 8 años de edad; Karina, de 10 años; y Andrés, de 7 años, llegan corriendo de la escuela por el sendero de la montaña, en medio del lodo resbaladizo, para comer. Los niños están sudorosos después de media hora de camino para regresar a casa y abrazar el cuerpo enjuto de madre. Ella cierra los brazos en torno a los pequeños; Cecilia, de 2 años y medio de edad, se aferra a sus piernas con una tierna sonrisa. “Están chiquitos, están chiquitos también”, expresa como si temiera por el futuro de hambre, frío, permanente necesidad, que ella ha conocido todos los días de su vida.
Los niños portan ropa usada que alguien les regaló, los zapatos en los pies de Zenaida quieren escapar, el empeine se resiste a seguir encarcelado dentro de ellos, pero le ayudan a trotar por las veredas y barrancas camino a casa.
-¿Cómo van a vivir?
-Eso es lo que digo, eso digo.
EL HIJO
Con un atado de leña en la espalda, Daniel desciende del bosque de encinos con pasos trémulos. Doblado por el peso de la carga, lanza un leve suspiro cuando tira el fardo al borde del camino. La mano derecha sujeta el bulto, la izquierda blande el machete de padre. En la bolsa trasera del pantalón sobresale una resortera.
Su rostro de niño se hace más candoroso por unas espesas cejas que enmarcan sus ojos negros, a pesar de que el cabello lacio se pega a su cara por la transpiración. Sentado en el bordo de la ladera jadea para recuperar el aliento.
-¿Tú viste como falleció tu papá?
-Sí, se subió a un árbol para cortar las ramas y se cayó. Eran como 15 o 16 metros de altura.
Con seriedad señala que a partir de ahora tendrá que hacerse cargo del sustento de la familia. “Voy a trabajar en el campo, sembrar el café y maíz en el terreno de arriba, como lo hacia padre”.
Francisca no conoce otra vida, más que la pobreza y la tragedia. FOTO: Emilio Morales
Trabajar "en lo que caiga"
-¿Qué comes normalmente?
-Frijoles, tortillas, hojas como quelites.
Dice que ya no acudirá a la escuela para apoyar a madre. “Madre a veces borda servilletas pero le pagan muy poquito: 15 pesos; hay que trabajar en lo que caiga, el campo porque aquí no hay más”.
-¿Cuánto cosechan de café y maíz?
-15 kilos de café y dos jícaras de maíz, para nosotros.
Madre insiste en que sus hijos están pequeños. “El dinero no alcanza, a veces cuando no tenía trabajo mi esposo vendía leña, pero Daniel está chico y va a tener que trabajar en lo que sea para ayudarme”.
