La profundidad de sus ojos recuerda a la noche más oscura. Tiene 12 años, pero su complexión física se niega a aceptarlo. No ha sido revisado por un médico desde hace mucho tiempo, por lo que no sabe a ciencia cierta qué le sucede, a simple vista es posible deducir desnutrición.
Rodolfo hoy comió frijoles, ayer también, lo mismo hace tres días, y es que ha tenido suerte; sal y tortillas no es raro que sea su único menú. Terminó la primaria hace unos meses y cursar la secundaria es un sueño.
El petate y la cobija en los que duerme lucen apilados en una de las esquinas del cuarto. No piensa en el futuro. Quizá en otro mundo, en otro tiempo, Rodolfo cuente con las oportunidades mínimas para un desarrollo saludable. Hoy, no.
Rodolfo tiene 12 años, pero su desarrollo físico no ha sido el óptimo. FOTO: Emilio Morales Pacheco
Ahora se dedica a trabajar en el campo con su padre y hermanos. La cosecha no fue buena, las fuerzas no alcanzan para ayudar como quisiera. De pie en la puerta, con la mirada perdida en su profundidad, sin hablar dice lo que cientos de miles de oaxaqueños sufren: hambre.
La pobreza en Coicoyán
99.3
por ciento de los habitantes de Coicoyán de las Flores viven en pobreza
82.8
por ciento vive en pobreza extrema
8
mil 531 habitantes
Abandonado
En Coicoyán de las Flores están cansados de la falta de oportunidades pero, sobre todo, del abandono gubernamental. Coicoyán está distante a ocho horas de la capital en automóvil pero a escasos kilómetros de los límites con estado de Guerrero, “no somos ni de aquí ni de allá”, declara el síndico municipal, Francisco Melo López.
Un ejemplo claro es que apenas hace unos días personal de Protección Civil Estatal fue a visitarlos tras el sismo del pasado 19 de septiembre, cuatro meses después del desastre natural, “muchas casas se cuartearon y la gente del gobierno sólo vino al municipio, ni siquiera fueron a las casas”, aseguró el síndico.
Las estrechas calles llevan a que el transitar de los vehículos sea complicado. Una mujer de edad, con leña sobre la espalda y un palo que empleado como bastón, camina a paso lento mientras los niños, con ropa vieja y sin aseo, juegan en las puertas de las casas.
“Ya no queremos que lleguen a visitarnos: vienen y prometen y nunca cumplen. La autoridad municipal queda mal, dicen que somos de los municipios más pobres, todos lo saben, pero nadie ayuda”, señalan las autoridades con evidente molestia.
El pueblo es único, un pequeño valle rodeado de montañas. El sol se oculta una hora antes en Coicoyán, pues no puede traspasar la pared de rocas, tierra y árboles. La gente sucumbe entonces ante el frío, que muchas familias, sólo lo combaten con un petate y una que otra vieja cobija.
Uno de los televisores sobrevivientes del apagón analógico. FOTO: Emilio Morales Pacheco
Fe y hambre
El altar ocupa la mitad de los únicos dos cuartos que la familia de Adrián, padre de Rodolfo, tiene para vivir. Ahí se acomodan seis de los 15 integrantes. Imágenes religiosas observan el cuadro mientras charlan.
El español de Adrián se pierde en la timidez de su voz. Jaqueline, su hija de 14 años, es la traductora del mixteco a español. Adrián cuenta con 49 años y 13 hijos. Su vivienda es de adobe y tejas; dos cuartos de 4 por tres metros, ahí duermen todos, en el piso, sobre petates.
Cantando y bailando en la pobreza
Coicoyán significa en mixteco Donde se canta y se baila, sin embargo, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 8 mil 471 de sus 8 mil 531 son pobres, es decir, sólo 60 de sus habitantes no son pobres.
El municipio que se ubica en la Mixteca, en el distrito de Juxtlahuaca, a dos mil 20 metros sobre el nivel del mar, es el cuarto municipio más pobre de Oaxaca y el noveno más marginado del país.
Ocupa, además, el quinto lugar en pobreza extrema en Oaxaca y el sexto en México, con 7 mil 63 habitantes en ésta condición, de acuerdo con el Coneval.
Un piso no tan "firme"
Una estampa de piso firme está en una de sus puertas; la calidad de la obra ha hecho que el cemento se haya ido perdiendo y la tierra reclama sus terrenos. La cocina, un pequeño cuarto de tejas y varas que la hacen de paredes.
Maíz y frijol son el sustento. Para el campesino el campo no es tan bondadoso, no puede sembrar lo necesario por la falta de dinero para el abono y los fertilizantes. Este año, la cosecha no fue suficiente y el campesino debió comprar el maíz y frijol necesarios para subsistir.
Adrián carece de un ingreso fijo. No puede vender maíz o frijol. Y el dinero que obtienen sólo es a través de programas sociales o por trabajar en alguna parcela de la población. Un jonal no le da más de 100 pesos al día, insuficientes para que sus 13 hijos se alimenten de manera adecuada.
A unos cuantos kilómetros de la frontera con Guerrero, "no saben si son de aquí o de allá". FOTO: Emilio Morales Pacheco
Estudiar en la pobreza
Jaqueline es la única hija de Adrián que asiste a la secundaria, a pesar de que tiene 12 hermanos, varios de ellos, mayores que ella. Sufre para conseguir dinero para los útiles y para el uniforme, pues aunque llegó ayuda del gobierno, es insuficiente.
El anhelo más grande de la pequeña es terminar la escuela y salir a trabajar para ayudar a los papás, pero no es seguro de que lo logre, “en la casa a veces no hay para comer, mucho menos para apoyarme y seguir estudiando”, afirma.
A la familia de Adrián no le importan los servicios, aunque les haga falta, en lo que ellos piensan es en la alimentación. Porque Coicoyán de las Flores tiene hambre.
Cumple 45 años, nueve hijos
Felícita lucha contra el viento, el frágil cuerpo aún tiene fuerzas para combatirlo. A sus 45 años ha sido madre en nueve ocasiones. Sabe que hoy es un buen día, pues la olla de tamales casi está lista y el olor que desprende hace que el paladar se derrita por probarlos.
La mujer de 45 años, Felícita. FOTO: Emilio Morales Pacheco
La pequeña casa de varas y tejas, es habitada por los ocho integrantes de la familia, pues dos de sus hijos ya se casaron y uno más vive en Estados Unidos; el migrante envió recursos y compró unas cuantas cabezas de ganado para ahorrar el fruto de su trabajo.
“Mi hijo me ayuda para mantener a sus hermanos”, reconoce Felícita. “Con lo que siembra mi esposo no alcanza para comer”. El frío los obliga a ingresar a la vivienda, en donde se siente el calor del fogón encendido.
Ella sí acudió a la escuela, cursó hasta tercero de primaria, pero los profesores sólo impartían clases en mixteco, por lo que a duras penas entiende español. Uno de sus hijos terminó la secundaria pero ya no va a estudiar, “no hay dinero para que pueda seguir estudiando”.
