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Los dilemas de la revisión del TMEC: ¿Mejor un mal acuerdo que un buen pleito?

Hay margen para defendernos con efectividad.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Gerardo Gutiérrez Candiani / Colaborador

La revisión del TMEC debe concluir el 1 de julio, sea con la extensión por 16 años o, si no hay acuerdo, una década de revisiones anuales hasta el posible vencimiento. Por ahora, no parece estar avanzando por una ruta favorable, aunque hay que hacer hincapié en el “parece”.

Ese escenario fue evidente en la visita de Jamieson Greer, jefe de la Representación Comercial de Estados Unidos (USTR), con una postura refractaria a las razones de la contraparte y por momentos hostil. Su perfil es profesional y técnico, pero no podemos esperar que contradiga esa línea marcada por Donald Trump. 

Ante empresarios, ejecutivos y liderazgos del sector empresarial –Cámara de Comercio de Estados Unidos, CCE, AMIA, Canacero–, dijo sin ambages que los aranceles llegaron para quedarse; que podrían atenuarse, por ejemplo, en los automóviles, por la competitividad regional, pero sin volver a cero como corresponde a un acuerdo de libre comercio.

¿Significa eso que hay que esperar lo peor, un debilitamiento inevitable del tratado, su cancelación o peores términos para nuestro país? No necesariamente. 

No solo porque el TMEC conviene a los tres países, hoy y más aún a futuro. Tampoco solo porque, a pesar de la asimetría, México cuenta con puntos fuertes para la negociación, incluyendo el capital humano para integrar un buen equipo negociador, bajo el liderazgo del Secretario de Economía Marcelo Ebrard, y un “cuarto de junto” empresarial a la altura.

La hostilidad de inicio era de esperarse, conforme al estilo de negociar de Trump, expuesto desde 1987 en “The Art of the Deal”: apalancamiento agresivo y demostración de fuerza; "hipérboles veraces", es decir, exagerar; controlar narrativa y personas, y exigir hasta lo imposible para llegar a algo más razonable. 

Ildefonso Guajardo, ex Secretario de Economía que lideró la negociación del TMEC, ha resaltado que Trump ni siquiera querría el fin de éste. No solo porque el sector privado de su país está abrumadoramente a favor, lo mismo que legisladores y gobernadores republicanos. También porque perdería su "carta más fuerte” frente a Canadá, México y varias industrias.

Sin embargo, eso no quita que aquí y ahora estemos en una coyuntura crítica que demanda, sí, un manejo prudente de la revisión y la relación, pero también capacidad de respuesta; estrategia, pero con resiliencia táctica, para lo cual, en efecto, como remarca Ildefonso, “no estamos mancos”. 

Por lo pronto, estamos siendo severamente afectados con aranceles injustificados, además del freno en las inversiones por la incertidumbre. En esa situación, dejar toda la iniciativa a la contraparte, pensando que "mejor un mal arreglo que un buen pleito", puede ser tan perjudicial como aceptar más golpes sin defendernos en aras de un buen acuerdo. Los daños pueden ser irreversibles.

Fundamentalmente, el problema son los aranceles de la Sección 232, impuestos con pretextos de seguridad nacional desde marzo de 2025: un gravamen de 25% contra las industrias clave de acero, aluminio, automóviles, camiones pesados y autopartes. La revisión comienza con esa carga que urge quitarnos de encima. Máxime porque a partir del mes pasado, como presión directa en el contexto de la revisión, se recrudeció la afectación. 

Los aranceles sobre acero y aluminio pasaron del 25 al 50 por ciento y se añadió el cobre; se aplica un 25% sobre derivados, pero ahora sobre el valor total de aduana; se añaden requisitos de fundido y colado regional certificado, complicando más las cadenas de suministro. Se anunció luego la posibilidad de bajar a 25% la tasa en esos metales para vehículos pesados y componentes –no automóviles–, pero sólo mediante compromisos de inversión en Estados Unidos.

Por si fuera poco, en marzo, el USTR anunció una investigación comercial bajo la Sección 301, sobre "exceso de capacidad" y "prácticas comerciales desleales" en varios países, incluido el nuestro. Nuevamente se evidencia la inclinación de actuar unilateralmente, al margen del sistema de solución de controversias del TMEC. 

¿Llegó la hora de las represalias? No necesariamente, pero sí de considerar todas las opciones, teniendo presente que la revisión se da con tales agresiones. Más aún porque ante el estilo de negociación descrito, aquel que no se defiende con firmeza, lejos de obtener concesiones, suele ser arrollado sin contemplaciones. 

Hay margen para defendernos con efectividad, y otra de las razones es que, en el saldo, Estados Unidos también está perdiendo, y con consecuencias potencialmente estratégicas.

En el último año, China aumentó su participación en el mercado global de automóviles en 6% y nuestra región perdió 3 por ciento. El Wall Street Journal acaba de publicar que varias armadoras advirtieron a Trump que dejarán de vender sus modelos más accesibles en Estados Unidos si el TMEC no es renovado o resulta diluido, y eso incluye a los fabricados estadounidenses, pues dependen de encadenamientos de valor trinacionales.

Nuestras exportaciones han crecido en volumen, pero caen o se estancan en sectores estratégicos. El personal ocupado en la industria maquiladora y manufacturera de exportación acumula 26 meses con retrocesos a tasa anual.

Debido a acuerdos bilaterales con el gobierno de Trump, los vehículos procedentes de Japón, Corea del Sur y la Unión Europea tienen hoy un arancel de 15%, mientras que los socios del TMEC pagan 25% (Canadá hasta 35%) sobre el contenido no estadounidense, y con complejas reglas de origen.

Hace unos días trascendió que Nissan busca incentivos fiscales para evitar 2 mil despidos en su planta de Aguascalientes, por las pérdidas arancelarias; una especie de “SOS” para evitar el cierre de un turno laboral, y exponiendo que, de persistir las condiciones actuales, su operación exportadora sería “inviable” a largo plazo.

En ese sentido, la amenaza que se desprende de los comentarios del representante comercial estadounidense es inaceptable. Está muy bien endurecer las reglas de origen, pero con inteligencia, no de tajo, desarrollando oportunidades de sustitución de importaciones regionales. Lo que no tiene sentido es, al mismo tiempo, imponer aranceles y tener a los socios siempre “con la soga al cuello” y a las empresas en la incertidumbre.

“Cabeza fría”, como ha dicho la Presidenta Claudia Sheinbaum, pero con capacidad de reacción.

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