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La transmutación del dolor y el abandono en color y fantasía del artista Ricardo Ávila

Foto(s): Cortesía
Redacción

La alquimia surgió cuando Ricardo Ávila trasmutó el dolor y el abandono en una explosión de color y fantasía; ese es el caso de este talentoso artista plástico, quien con su arte ha logrado cumplir su sueño; pero no todo fue tan fácil, su historia comienza…


En San José, Costa Rica, vio la primera luz Ricardo, acompañado de su hermana gemela, a quienes, me cuentan, les dieron como primer remedio aceite de carro para sobrevivir; sus padres eran de condición muy humilde; su padre trabajaba en la zona bananera.



Después de que sus padres lo abandonaron, Ricardo peregrinó de casa en casa de algunos parientes, donde recibía solo malos tratos y explotación, llevándolo esto a ser un niño de la calle; dormía a la intemperie, a veces en carros abandonados, otras en cementerios, buscando comida en la basura, cargando cajas en el mercado en la Provincia de Limón, boleando zapatos con una caja que dice un buen hombre le regaló; de esta tarea recibió su primera peseta, que ocupó para cumplir uno de sus sueños, comer en una cafetería, donde sin dejarlo entrar le sirvieron un plato de comida en la banqueta.


Cuenta que en la calle, mientras comía, veía pasar a las madres con sus hijos, y él añoraba esos momentos de amor materno, pero solo eran ilusiones, pues la policía se lo llevó al Patronato Nacional de la Infancia, donde se llevaban a niños de la calle.


En ese Patronato también fue objeto de abusos y maltratos por parte de los dirigentes, por lo que una tarde decidió escaparse por la cocina, donde lavaba los trastes; así, su vida siguió entre desilusiones, aprehensiones, miedos y abusos; y siguió su peregrinar…


Porque la sociedad le quitó muchas cosas, pero lo que nunca pudieron quitarle fue su espíritu indomable, el amor por la vida, porque el alma se esconde en lugares tan profundos que el mal no logra tocar; de ahí surgió la magia, la alquimia que mata y vivifica, que templa el espíritu; y Ricardo Ávila encontró a su mentor, profesor, amigo y figura paterna, Luis Fernando Quiroz  Valverde, artista plástico, quien lo protegió y enseñó el arte.


Luis Fernando lo inscribió en el Tecnológico de Costa Rica y en la Casa del Artista (Escuela de Arte en Costa Rica), logrando así sus primeras exposiciones con tan solo 16 años de edad; Raúl aprendió que “la academia no es el arte y lo nato es verdaderamente arte”.



Ricardo tuvo la oportunidad de conocer a Cristina Gastardello y llegar a la Ciudad de México, donde conoció a los grandes maestros José Clemente Orozco, Rufino Tamayo y Siqueiros, siguiendo el maestro Ávila la corriente artística Naif, término de origen francés que significa Ingenuo; este tipo de arte busca, a través de la pintura, traer de vuelta la sensación de “sentirse niño”.


Con su arte ha obtenido la más alta presea de cultura en su país, “Aquileo Echeverría”.


Ricardo ha expuesto en su país, Costa Rica; en Indore, India; en la ciudad de Cártago, Túnez; en Roma, Italia; en Francia, en Cuba y en diversos lugares, donde ha llevado su arte y su historia como muestra de resiliencia, siendo un ejemplo de vida para niños y niñas de escasos recursos que piensan que no pueden alcanzar sus sueños.


El maestro Ávila es ejemplo de que el arte es un eco de las cambiantes cualidades del tiempo, de la vida y que somos capaces de materializar nuestros sueños a pesar de las adversidades.


El maestro Ávila está viviendo desde hace poco más de cinco meses en Oaxaca, lugar que ha elegido para crear y compartir su vida y su obra; casado ahora con una oaxaqueña, ha adoptado como lugar de inspiración y de residencia a nuestra Verde Antequera.


"Ricardo Ávila ha llevado su arte y su historia como muestra de resiliencia, siendo un ejemplo de vida para niños y niñas de escasos recursos que piensan que no pueden alcanzar sus sueños".    


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