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Oaxaqueños “salvajes”

Foto(s): Cortesía
Julio León

“Aprender a respirar ahí se convierte en un milagro de vida y de fuerza”, deduce Lili Díaz, quien tajante añade: “sin duda, bajas, regresas de una forma distinta, más fortalecido”.


Corredores oaxaqueños asumieron el que puede ser calificado como el desafío más grande de su vida en el atletismo de aventura en la montaña, ascendieron el Iztaccíhuatl en lo que fue el primer reto de la Triple Corona del circuito Sólo para Salvajes.


Octaviano Robles, Lili Díaz, Margarita Ramos y Joaquín Martínez, de Oaxaca, participaron en la justa atlética denominada Izta 4000, con distancia de 25 kilómetros , en la que se corre a 4 mil 700 metros sobre el nivel del mar para ascender al Iztaccíhuatl, por el lado de San Rafael.


El objetivo de estos intrépidos corredores es cubrir el circuito que consta de tres desafiantes atléticas, las dos siguientes son: la SkyRace Malinche, en el Centro Vacacional IMSS Malitzin, Tlaxcala, el 26 de noviembre, de 13 mil metros, y la Sky Izta en el Paso de Cortés, de 21 kilómetros, el 17 de diciembre.


“Subir a la cara del Iztaccíhuatl resultó un ascenso demandante, los dos últimos kilómetros fueron sumamente duros, en ocasiones había que escalar, la arena poco ayudaba para subir una pendiente tan inclinada. Subíamos dos pasos y resbalabas.


“Octaviano fue fundamental en este tramo, ya que su experiencia en montaña nos permitió tomar las medidas necesarias de abasto, y lo fue también en los entrenamientos para este reto.


Alcanzar la cima no tiene precio


“Llegar a la cima es indescriptible”, recuerda Lili Díaz, integrante del equipo Carroñeros de San Agustín Etla (SAE).


“La fuerza que transmite la alta montaña rebasa cualquier emoción de haber logrado llegar; sentir el frío y llenarse la mirada de tan hermosa vista, es inmensamente satisfactorio”, agrega la atleta de 41 ños de edad y competidora de categoría master.


“Creo que todos tenemos objetivos, cada uno de forma distinta pero haber ascendido al Iztaccíhuatl ha sido uno de los más importante; sentir el latir del corazón a 4 mil 700 metros es una experiencia casi única.


“Allá arriba nada es fácil, todos los que logramos cruzar la meta no llegamos igual que cuando salimos, desafiamos no sólo a la altura y el camino, también vencimos a la mente y sus debilidades; volvemos de forma distinta y fortalecidos”, acentúa Díaz Cuevas.


Así, tras siete horas de travesía, donde se corrió hasta con una temperatura de cinco grados centígrados, escribieron una nueva historia de vida.

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