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Sarampión: el regreso de un viejo enemigo

Cartón del caricaturista Mario Robles que ilustra el regreso del sarampión, presentado como un viejo enemigo que amenaza la salud pública.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

México ha visto muchas tragedias sanitarias a lo largo de su historia, pero pocas han sido tan silenciosas y devastadoras como las epidemias que llegaron con la Conquista. El sarampión fue una de esas enfermedades importadas que, junto con la viruela, se convirtió en arma biológica involuntaria: arrasó comunidades enteras sin necesidad de espadas ni cañones. No fue solo fiebre y manchas rojas; fue un golpe directo a la vida indígena, a la organización social y a la estabilidad de regiones enteras. Siglos después, parecía una historia superada, un capítulo cerrado gracias a la vacunación. Pero hoy, ese enemigo que creíamos enterrado vuelve a caminar entre nosotros.

La historia moderna del sarampión en México es clara y, sobre todo, dolorosa. Antes de la vacunación masiva, fue una de las principales causas de muerte infantil. La última gran epidemia del siglo XX, entre 1989 y 1990, dejó más de 89 mil casos registrados. Oaxaca, además, figuró entre los estados con mayor número de brotes notificados. Después vino el avance: campañas, jornadas, brigadas y un esfuerzo nacional que permitió declarar eliminado el sarampión autóctono en 1995. Durante décadas, México solo registró casos “importados” y aislados. Parecía que la vacuna había ganado la batalla. Pero la historia tiene una regla cruel: cuando la prevención se relaja, la enfermedad regresa con más fuerza.

Hoy estamos frente a una advertencia que no puede ignorarse. El brote actual comenzó en febrero de 2025 y se mantiene activo en 2026. El reporte federal con corte al 11 de febrero señala más de 9 mil casos acumulados en el periodo 2025-2026, con 28 defunciones confirmadas, la mayoría concentradas en Chihuahua. Y no se trata de cifras frías: son familias rotas, niñas y niños hospitalizados, adultos que subestimaron el riesgo. En ese escenario, la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han emitido alertas para reforzar vigilancia y vacunación, porque el sarampión no es un simple brote pasajero: es una enfermedad extremadamente contagiosa, capaz de prender fuego en cualquier población con baja cobertura de inmunización.

El problema es que el sarampión no necesita un descuido enorme para expandirse. Basta una comunidad con rezagos vacunales, una cadena de desinformación en redes sociales, una cartilla incompleta o el viejo argumento de “después lo llevo”. Y después, muchas veces, es demasiado tarde. El virus viaja más rápido que la conciencia. Mientras algunos lo siguen minimizando como “una enfermedad infantil”, la ciencia ha confirmado que el sarampión debilita el sistema inmune incluso tiempo después de haber pasado la infección, fenómeno conocido como “amnesia inmunitaria”, dejando al cuerpo vulnerable a otras enfermedades por años. No es solo el sarpullido: es neumonía, encefalitis, sordera, ceguera y muerte.

Aquí es donde entra la verdad incómoda: el sarampión regresó porque dejamos huecos en la vacunación. No porque la vacuna falle, sino porque la sociedad se descuidó. Sí, hay casos raros en personas vacunadas, porque ninguna vacuna es 100% efectiva, pero la diferencia es abismal: dos dosis protegen hasta en un 97-99%, y si alguien vacunado se infecta, la enfermedad suele ser más leve y menos peligrosa. La verdadera tragedia está en el 95% de los casos reportados en este brote: personas sin antecedente de vacunación. No se trata de mala suerte, se trata de ausencia de prevención.

Oaxaca, por ahora, parece contener el avance. Servicios de Salud del estado han reportado que en 2026 se confirmaron nueve casos y actualmente solo hay uno activo, atendido sin complicaciones. El gobierno estatal presume una respuesta rápida y cercos epidemiológicos que han permitido mantener controlada la situación. Incluso se informó de avances importantes en cobertura: 81% en primera dosis, 92% en segunda y 99% a los seis años. Además, existen módulos estratégicos de vacunación en la capital y zona metropolitana, instalados en puntos de alta afluencia como mercados, parques y plazas comerciales. Es decir: herramientas hay, vacunas hay y puntos de atención también.

Pero aquí viene el riesgo real: Oaxaca puede estar “controlado” hoy, y desbordado mañana. Porque las enfermedades no respetan fronteras estatales ni discursos oficiales. El sarampión solo necesita un descuido colectivo para encenderse. Y si algo ha demostrado la historia sanitaria de México es que cuando una epidemia avanza, lo hace con velocidad brutal, especialmente donde hay pobreza, rezago médico y desconfianza social.

En el fondo, la vacunación no es solo un acto individual, es un pacto comunitario. Vacunarse significa proteger al bebé que todavía no puede completar su esquema, a la mujer embarazada, al adulto mayor, al niño con cáncer, al paciente inmunodeprimido. Significa impedir que un virus vuelva a convertirse en sentencia. Vacunarse es un acto de responsabilidad, pero también de memoria histórica. Porque México ya vivió el sarampión como tragedia nacional, y no debería necesitar otro cementerio lleno para recordar que la prevención siempre es más barata que el duelo.

La reticencia vacunal, alimentada por la desinformación, por el miedo y por discursos antivacunas, no es una simple “opinión”: es un riesgo de salud pública. La OMS la ha clasificado como una de las mayores amenazas globales. Y en estos tiempos, donde cualquier rumor se viraliza más rápido que un boletín oficial, la vacuna se vuelve también una defensa contra la ignorancia. No hay libertad en decidir no vacunarse cuando esa decisión pone en riesgo a los demás.

El sarampión no volvió porque sea invencible. Volvió porque lo dejamos entrar. Y si no queremos repetir las páginas más oscuras de nuestra historia sanitaria, el mensaje debe ser directo y sin rodeos: vacunarse no es opcional cuando está en juego la salud colectiva. Oaxaca todavía está a tiempo. México todavía está a tiempo. Pero el reloj epidemiológico ya empezó a correr.

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