La depresión no siempre irrumpe como una tormenta. A veces llega en silencio, se instala desde la infancia y aprende a convivir con quien la padece. Con los años, se normaliza, se oculta y termina por transformarse en una idea persistente: dejar de existir. Así lo cuentan jóvenes que hoy intentan reconstruirse después de haber vivido pensamientos suicidas, adicciones y un vacío emocional que parecía no tener fondo.
Angélica tenía 18 años cuando pudo decir en voz alta que ya no quería vivir. Desde niña sentía que su vida no le pertenecía, que no encajaba en ningún lugar y que la muerte aparecía, una y otra vez, como una salida posible. Su dolor se manifestaba en berrinches, problemas en la escuela y una sensación constante de estar fuera de lugar.
“Mi forma más fácil siempre era pensar en suicidarme”, relató.
Su historia está atravesada por el consumo de drogas y alcohol, la fractura de su entorno familiar y un abuso sexual que detonó una culpa imposible de cargar. Aunque su familia la acompañó y denunció los hechos, el impacto emocional fue devastador. Angélica intentó quitarse la vida, dejó de comer durante semanas y pasó días desorientada, sin saber siquiera en qué ciudad se encontraba.
Fue su madre quien, ante el miedo de perderla, buscó ayuda. Así, Angélica llegó a la Villa de la Buena Voluntad de Neuróticos Anónimos de Oaxaca, donde inició un proceso de recuperación. Ahí, lentamente, recuperó el peso, la estabilidad y algo que creía perdido para siempre: las ganas de vivir.
“Volví a disfrutar la comida y recuperé lo que ya había perdido”, compartió.
Julieta, de 24 años, recuerda que su depresión comenzó mucho antes de saber nombrarla. Entre los ocho y nueve años aparecieron el insomnio, los miedos irracionales, la ansiedad nocturna y una sensación permanente de no pertenecer. Aunque acudió a terapia psicológica, la separación de sus padres profundizó su herida emocional.
Durante la adolescencia, el dolor se transformó en enojo, rebeldía y una lucha interna constante: querer estar bien y no lograrlo. A pesar de contar con estabilidad económica y familiar, el vacío no desaparecía. En la universidad intentó llenarlo con alcohol, fiestas y consumo compulsivo, mientras su salud emocional se deterioraba.
Recurrió a psiquiatras y medicamentos, hasta que las pastillas se convirtieron en su forma de escape. En un momento crítico, intentó suicidarse.
Sin opciones en su lugar de origen, viajó desde Quintana Roo a Oaxaca. Pausó sus estudios y su vida cotidiana, pero encontró algo que nunca había tenido: identificación, escucha y comprensión.
“Aquí encontré a quienes sentían lo mismo que yo”, explicó.
Diego, de 21 años, originario de Tamaulipas, describe su infancia como una etapa marcada por la rebeldía y el conflicto. La separación de sus padres dejó una soledad profunda que, con los años, se convirtió en depresión. Durante mucho tiempo expresó su vacío a través de conductas agresivas, consumo de alcohol y una actitud desafiante ante todo.
En la universidad perdió el interés por estudiar, dejó de asistir a clases y cayó en un fondo emocional que lo llevó a pensar en el suicidio como única salida. Esa crisis lo condujo a la misma casa hogar donde hoy continúa su proceso de recuperación.
“Por hoy, estar aquí me sigue salvando la vida”, expresó.
Las historias de Angélica, Julieta y Diego revelan una realidad compartida: la depresión suele confundirse con rebeldía, desinterés o mala conducta, cuando en realidad es una enfermedad emocional que distorsiona la forma de sentir, pensar y vivir.
Un problema silencioso que crece
En México, la depresión y las conductas suicidas se han convertido en una de las crisis de salud emocional más persistentes y menos visibles. Aunque durante años se pensó que afectaba únicamente a adultos, hoy especialistas y organizaciones civiles advierten que cada vez más niñas, niños, adolescentes y jóvenes enfrentan pensamientos de muerte, autolesiones y un profundo vacío desde edades tempranas.
En Oaxaca, esta problemática se agrava por factores estructurales como la violencia intrafamiliar, la pobreza, la migración forzada, las rupturas familiares, el consumo de alcohol y drogas, y la falta de acceso a atención psicológica continua. En muchas comunidades, la salud mental sigue rodeada de estigmas y silencios que retrasan la búsqueda de ayuda.
Quienes llegan a tocar fondo suelen hacerlo en soledad. Antes de pedir auxilio, atraviesan ansiedad, insomnio, abandono escolar, consumo de sustancias, trastornos alimenticios o conductas agresivas que, lejos de entenderse como señales de alarma, suelen castigarse o minimizarse.
La importancia de un refugio emocional
En este contexto, espacios como la Villa de la Buena Voluntad de Neuróticos Anónimos de Oaxaca representan, para muchos jóvenes, la diferencia entre seguir sobreviviendo o comenzar a sanar. No es solo un lugar físico: es un refugio donde el dolor puede nombrarse sin miedo, donde las historias se escuchan sin juicios y donde cada proceso se respeta.
Ahí confluyen jóvenes de distintos estados del país —Ciudad de México, Quintana Roo, Tamaulipas, Oaxaca, entre otros— con trayectorias distintas, pero un mismo punto de quiebre: la sensación de que ya no valía la pena vivir. La Villa ofrece acompañamiento las 24 horas, basado en la experiencia compartida y la comprensión de la enfermedad emocional.
Cuando pedir ayuda salva vidas
Reconocer la depresión como una enfermedad —y no como una debilidad— sigue siendo uno de los mayores retos sociales. Hablar de salud emocional salva vidas. Escuchar sin juzgar también.
Porque, para muchos, el primer paso para volver a vivir comienza cuando alguien, por primera vez, les dice con honestidad y empatía: no estás solo.
