Cuando a sus 15 años José Luis probó la primera dosis de heroína, su padre estaba ausente de casa y su mamá debía trabajar todo el día.
Aceptó fumar heroína para que sus problemas de insomnio desaparecieran, “tú vas a dormir como bebé” le dijeron y así fue, el efecto relajante enganchó a José Luis.
La heroína le significó sumergirse en un mundo donde intercaló la mendicidad con la sobredosis, la venta de droga con los robos a quienes se las suministraba e intentos de suicidio.
“Sobrepasé el umbral del dolor, el fondo del sufrimiento. Intenté aventarme de un puente. Rogaba que al drogarme ya no pudiera despertar. No quería cumplir 21 años”, relata con la serenidad que le otorga la rehabilitación.
Multiplicar el efecto
José Luis nació en Puebla y en la colonia donde vivía la droga que se consumía hace nueve años era la heroína, desplazada ahora por el cristal.
Fue su círculo de amistades quienes le ofrecieron fumarla, pero de inmediato prefirió inyectarla “porque intensifica diez veces el efecto”.
Estar bajo el efecto de la heroína fue con rapidez una constante. “En la mañana para poder hacer las cosas”, como trabajar en una tienda de mascotas, y en la noche "para poder dormir”.
Un año bastó para que llegara la primera sobredosis que le llegó mientras tiraba una bolsa de basura de su trabajo. “Sólo recuerdo que cerré los ojos”, un acto que como en espiral se repitió tres veces. Cada vuelta en sí era para dar paso a una nueva convulsión.
Cuando los paramédicos llegaron ya no lo dejaron dormir y en la emoción de haber sobrevivido, “prometí no volver a drogarme”, pero la intención sólo le duró dos días.
“No tenía deseo de dejar la heroína, volví a consumir creyendo que yo controlaba mi adicción, ese fue mi problema”, dice un joven que a sus 18 años su consumo rebasaba sus ingresos.
“Eso intensificó mis problemas, empecé a vivir en la calle y podía consumir porque caminaba sin zapatos para pedir dinero, aprovechando mi cara de chamaco y diciendo que me habían asaltado y que era foráneo”, pero con el tiempo ese mismo cuento no engañaba a las personas que ya lo ubicaban.
La venta de heroína fue una salida momentánea, pero los líos con las personas que descubrieron que disminuía la dosis de lo que debía inyectar lo metió en problemas y la única opción fue volver a casa de su madre.
Cinco años después de consumir heroína su cuerpo le pedía dos dosis de dos gramos que distribuía en diez tomas.
Dejar de hacerlo era vivir con dolor de cuerpo, diarrea y vómito que sólo soportó cuando su madre lo llevó a un centro de rehabilitación. José Luis aceptó porque estaba acorralado.
Superar la adicción
“Somos un milagro, porque cómo nos drogábamos, no era para que estuviéramos aquí, vivos”, expresa Hugo Retama Santa María, director desde hace cinco años del Grupo Armonía de la Asociación Ccivil Drogadictos Anónimos, donde ahora vive José Luis.
Hugo también superó su adicción a las drogas que comenzó a los 12 años, cuando probó el alcohol con los maestros de sexto de primaria que le enseñaron qué eran las borracheras.
Después vino el resistol, la marihuana, la cocaína, la piedra, la heroína y sólo rechazó el cristal “porque no me agradó el efecto y la rehabilitación la comenzó hasta los 27 años.
El albergue que dirige comenzó su labor en Puebla hace 40 años y en Oaxaca es la única donataria autorizada por el Servicio de Administración Tributaria (SAT).
Las donaciones, junto con la venta de galletas que elaboran las 42 personas que viven en el albergue, es la forma de mantener sus operaciones, ya que no cobran cuotas de recuperación por estancia.
Además, es el único centro de rehabilitación que en Oaxaca cumple con la Norma 028 para la atención integral de las adicciones, un problema social que en cinco años Hugo estima que “se ha incrementado bastante”.
“Antes eran sólo personas adultas y hombres, pero el consumo ya empieza desde los 10 años y ahora también en las mujeres”, ya sea alcohol, solventes, el cigarro o la marihuana sin que el problema se ataque de raíz.
Drogas de entrada
“El alcohol y el cigarro son las drogas de entrada”, asegura Luis Enrique, quien a los 13 años los probó y su conducta fue aceptada en la familia porque era el “bufón, el divertido o el chistoso”.
Tres años después, a los 15, Luis Enrique ya consumía piedra y cocaína, pero se volvió solitario y se aisló tanto que sólo trabajaba en una eléctrica para robar.
Si llegó al centro para desintoxicar a su cuerpo de las drogas es porque “era eso o la calle”, después de “hartar a mi familia”.
“El cristal ahora es la droga de impacto, la puedes encontrar desde 50 pesos porque la tendencia es empezar con poquito, todo mundo lo sabe, pero nadie dice nada” y mucho menos hace algo, reconoce Hugo Retama.
De los 30 ingresos que en este 2024 aceptó el Albergue Armonía “todos son por cristal”, pero una tercera deserta porque nadie les obliga a desintoxicarse, pero el síndrome de abstinencia les obliga a volver a consumir.
Desde el 2017 que se publicaron los últimos resultados, no hay actualización de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco.
“Sobrepasé el umbral del dolor, el fondo del sufrimiento. Intenté aventarme de un puente. Rogaba que al drogarme ya no pudiera despertar. No quería cumplir 21 años”.
José Luis
"Antes eran sólo personas adultas y hombres, pero el consumo ya empieza desde los 10 años y ahora también en las mujeres”.
Hugo Retama Santa María, director del Grupo Armonía
“El cristal ahora es la droga de impacto, la puedes encontrar desde 50 pesos porque la tendencia es empezar con poquito, todo mundo lo sabe, pero nadie dice nada”.
Luis Enrique
