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"Testigos de Cristo Resucitado"

San Pedro murió en Roma y fue crucificado de cabeza.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Lázaro Peña V., Pbro.

Domingo III de Pascua, 19 de abril de 2026. Blanco. MR p. 355 [360] / Lecc. I p. 101. LH Semana III del Salterio. Se omiten Beato Conrado Milanide Ascoli. Otros Santos: San León IX, CLII Papa; Emma de Bremen, viuda. Beato Ramón Llach Candell, sacerdote de la Congregación de Hijos de la Sagrada Familia y mártir. Hech 2, 14. 22-33; 1Pedro 1, 17-21; Lc 24, 13-35.

Tanto en la primera lectura, como en la segunda lectura de este domingo, San Pedro es el personaje principal. Aquí vemos a un Pedro totalmente distinto al que era antes de la Venida del Espíritu Santo; antes era temeroso, tímido e incluso llegó a negar a su Maestro. Ahora vemos a un Pedro lleno de fuerza, de valor, de entusiasmo, que contagia a sus compañeros y a todos los que lo escuchan; no sólo es capaz de anunciar a un Cristo resucitado, sino de denunciar la ignorancia y la dureza del corazón de aquellos que mataron a su Maestro; todo esto gracias a la fuerza del Espíritu Santo. 

Todos nosotros hemos recibido la Gracia del Espíritu Santo a través del Bautismo, de la Confirmación y de cada uno de los Sacramentos. ¿Qué nos pasa, entonces?, ¿por qué no somos testigos? Quizá sea porque nos acercamos a los Sacramentos no por fe, sino por "compromiso social", o para hacernos compadres de aquella persona "influyente" o adinerada. No, hermanos, mejor pidamos con fe, que el Espíritu Santo llegue a nuestro hijo, a nuestro ahijado, a nosotros mismos cuando nos acercamos a la recepción de los Sacramentos; para que con la fuerza que nos viene de lo alto, tengamos la capacidad de ser testigos de Cristo Resucitado en nuestro entorno. 

En la segunda lectura, San Pedro nos presenta al Dios que invocamos y en quien creemos gracias a Jesucristo, que vino a decirnos que Dios es amor y toda misericordia. Pero, aguas, porque Dios nos juzgará por nuestras obras; por tanto, no queramos “pasarnos de listos” creyendo que vamos a salvarnos por la pura fe en Cristo, sin que pongamos nada de parte nuestra. Y es que, quien ama a Dios, debe demostrarlo a través de su prójimo. 

Las exigencias morales que conlleva el cristianismo nacen del rescate que Cristo hizo de nosotros con su propia Sangre: “Gracias a Él han creído en Dios que lo resucitó den entre los muertos y lo glorificó precisamente con el fin de que pusieran su fe y su esperanza en Dios” (1Pe 1, 21).

En el Evangelio San Lucas nos narra el pasaje de los peregrinos de Emaús, que eran como Pedro antes de recibir al Espíritu Santo. Pobres discípulos, van de vuelta a Emaús llenos de tristeza y amargura, vuelven a lo mismo, a vivir sin esperanza, con desilusión; van derrotados, pues Aquél en quien habían confiado, lo han matado. Esto iban platicando por el camino, cuando un "Caminante" se acercó y les habló al corazón; pero les echó en cara su equivocada fe, pues los discípulos habían creído que Jesús era un caudillo, un revolucionario que liberaría a Israel de sus opresores, habían reducido a Jesucristo a un simple "libertador" de las opresiones humanas; pero el "Caminante" les explica que era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria; y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a Él.

Para realmente conocer a Jesús, llenarnos de Él, primero debemos acercarnos a las Sagradas Escrituras; incluso en la Santa Misa, la primera parte es la Liturgia de la Palabra, donde se nos presenta a Aquel que vamos a recibir en la Liturgia Eucarística. ¡Qué bien que el Papa Francisco ha instituido el Domingo de la Palabra! Porque Cristo es la Palabra viva que ha de ser anunciada al Mundo. 

Precisamente en la Carta Apostólica "Aperuit Illis" para la institución del Domingo de la Palabra, para el III Domingo Ordinario, el Papa Francisco destaca que Jesús "«Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49)".

"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"

  • San Pedro:   Fue un pescador nacido en Betsaida, hijo de Juan (Juan 1, 42, 44); desde su primer encuentro, Jesucristo le puso el nombre de Kefas, que quiere decir Piedra (Juan 1, 42), y se lo confirmó llamándole Pedro, o sea Piedra, sobre la cual instituyó su única Iglesia (Mt 16, 18). San Pedro era el primero entre todos los apóstoles(Mt 10, 2); fue también al primero de ellos que Jesús se le apareció, en el primer día luego de la Resurrección (Lc 24, 34; 1Cor 15, 5); y, a pesar de su debilidad, su lugar como cabeza de los apóstoles y guía de su Iglesia fue confirmado por el Señor, quien le pidió alimentar y defender a su rebaño, luego de que Pedro le afirmara 3 veces que sí lo amaba (Juan 21, 15-17); San Pedro murió en Roma, y según la tradición fue crucificado de cabeza, pues no se sentía digno de morir de la misma manera que su Maestro.

  • Kerigma: Proviene del Griego y significa "anuncio" o "proclamación". Es el anuncio del Evangelio, para inducir a la Fe Cristiana, con el tema central de la Salvación o Misterio Pascual, en sus elementos fundamentales: Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación. Propiamente la Primera Lectura nos habla del kerigma dado por San Pedro a la multitud de israelitas (Hch 2, 14. 22-33).

  • Biblia: Proviene del plural del término griego "biblos" ("libro"); su origen es el nombre de la ciudad fenicia que controlaba el comercio del papiro entre Egipto y el mundo griego; pronto se empezó a designar así ya no al material en que se escribía, sino al contenido de lo escrito. Para los cristianos la Biblia es la Palabra de Dios. Y, como dice el Papa Francisco: "La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo" (Carta Apostólica "Aperuit Illis", núm. 4).

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