Por Lubia Esperanza Amador
Esta semana iniciaremos el mes de mayo, mes primaveral, mes cristológico y maternal, diría yo, porque es el mes en que continuamos con júbilo celebrando el Tiempo Pascual, y “se combina bien la tradición de la Iglesia de dedicar el mes a la Virgen María, la Flor más bella surgida de la creación, la Rosa aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando a su Hijo, entregó al mundo una nueva primavera” (Papa Benedicto XVI).
Ya en la Roma antigua, durante mayo rendían culto a la diosa Maia (o Maya, de donde deriva el nombre del mes), que era la diosa de la fertilidad, la castidad y la salud; durante todo el mes sus seguidores le ofrecían flores y realizaban diversos actos de culto. Pero cuando el Imperio Romano se hizo cristiano, este mes ya no se dedicó a una diosa, sino a la Madre del único y verdadero Dios: a María Santísima, modelo de mujer, de esposa, de madre y de discípula. Desde esa época se empezó la hermosa costumbre de ofrecerle flores a la Virgen María y, con el tiempo, la ofrenda floral se empezó a hacer durante el rezo del Santo Rosario, por eso en algunos países se lleva a los niños durante mayo a "ofrecer flores" a Nuestra Madre Santísima (les invito a que sigamos haciéndolo, hermanos, sobre todo fomentando esta bellísima tradición en nuestros niños).
Fue además la propia Madre de Dios quien eligió el mes de mayo, de hace 109 años, para aparecerse en Fátima, Portugal, a tres humildes pastorcitos llamados Lucía, Francisco y Jacinta –de 10, 9 y 7 años, respectivamente-; en una época en que el Mundo estaba enfrascado en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). María Santísima, a quien sus videntes describieron como una “celestial dama”, se identificó como “La Virgen del Rosario”, les recomendó la práctica frecuente de la Eucaristía y la Reconciliación (Penitencia o Confesión), así como el rezo diario del Santo Rosario; invitación que la Madre de Dios sigue haciendo a cada uno de nosotros.
Por todo esto, mayo es el mes idóneo para recordar e imitar las virtudes de la Virgen María, y para cobijarnos bajo su manto santo, pues nunca olvidemos que la Madre de Dios “está aquí, también es nuestra Madre, y estamos, por ventura, en el cruce de sus brazos, ¿qué más podemos necesitar?", como Ella misma se lo dijo a San Juan Diego, en el Tepeyac.
Este mes de María Santísima lo iniciamos celebrando a su santo esposo, pues el día primero es la fiesta de San José Obrero y día del trabajo. El Papa Francisco nos hablaba sobre la importancia y la belleza de la oración del Santo Rosario; y nos decía que rezándolo somos conducidos a "contemplar los misterios de Jesús, es decir, a reflexionar sobre los momentos centrales de su vida; para que, como para María y para san José, Él sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestras atenciones y de nuestras acciones". También invitaba a los jóvenes a que “descubran en María el estilo de la escucha, la profundidad del discernimiento, la valentía de la fe y la dedicación al servicio”; y les invitaba también a que, en su proceso de discernimiento, escuchen “las palabras de los abuelos”; esos abuelos de quienes, muy seguramente, aprendimos a orar, sobre todo el Santo Rosario, y, con su testimonio, reforzamos nuestra fe.
Que María Santísima, la Madre de Dios y Madre Nuestra, especialmente en su advocación de Nuestra Señora de Fátima, nos acompañe en este camino de fe, enseñándonos cómo se responde al llamado y a la voluntad de Dios con un “fiat”, es decir, un “hágase”. ¡Que así sea!
