Por Lázaro Peña V., Pbro.
Domingo V de Cuaresma, 22 de marzo de 2025, Morado. MR p. 235 [247] / Lecc. I p. 71. LH Semana I del Salterio. San Nicolás Owen, Hermano lego de la Compañía de Jesús y mártir; San Epafrodito de Filipos, obispo; Beato Clemente Augusto Von Galen, Obispo. Ez 37, 12-14; Rom 8, 8-11; Jn 11, 1-45.
Para entender mejor el pasaje de la primera lectura, hay que leer desde el primer versículo, los "huesos secos" representan al pueblo de Israel que está en el exilio, sin ninguna esperanza; Dios lo anima a seguir firme en su fe, pues todo este mal pasará y volverán, llenos de vida y alegría, a su querida patria, junto con su familia y sus amigos. Por eso dice Ezequiel que "saldrán de sus sepulcros y cobrarán vida".
En la segunda lectura San Pablo nos invita a no dejarnos contagiar por los males de la carne, sino a luchar e incluso ir contracorriente, porque en nosotros vive Cristo y no el espíritu egoísta y desordenado de este mundo. Vale la pena mantenernos firme en los valores del Reino, porque nosotros no nos vamos a quedar en el sepulcro putrefacto de la muerte, nosotros tenemos la firme esperanza de vencer a la muerte y vivir eternamente en el Cielo, con Cristo vivo y resucitado.
En el Evangelio vemos que Jesús no es un charlatán, ni un merolico, lo que dice lo comprueba con sus hechos; o sea que la acción se convierte en argumento decisivo de la veracidad de su afirmación. Este pasaje evangélico no sólo demuestra la divinidad de Cristo, sino que reafirma nuestra propia resurrección; la muerte no tendrá poder sobre nosotros, no podrá retenernos entre sus huesos muertos y calcinados, porque con la fe en Cristo recobraremos la vida para siempre. Por eso es muy importante hospedar a Cristo en nuestro corazón y recibir la Gracia de sus Sacramentos que nos comunican la misma vida de Dios. Está bien trabajar para alimentarnos, vestirnos, curarnos, proteger nuestro cuerpo; pero no olvidemos que vamos a resucitar y sólo nos llevarán al Cielo la fe, las buenas obras y el amor.
Lázaro personifica al hombre enfermo o herido por el pecado, que sin Cristo no pasará más allá del sepulcro putrefacto. Este milagro de Lázaro es solamente el anuncio de la verdadera resurrección que no consiste en una prolongación de la vida, sino en una verdadera transformación de nuestra persona, que comienza cuando aceptamos a Jesús como verdadero Dios y verdadero Hombre, y hacemos vida su santa doctrina. Por eso nos dice San Juan: “En verdad les digo: ‘El que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, vive de vida eterna’” (Jn 5, 24). “El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Jn 11, 26). Es admirable la fe de Martha, cuando afirma sin titubeos: “Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al Mundo” (Jn 11, 27).
"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"(Los tres grandes enemigos del alma)
MUNDO: Se trata de los antivalores que una sociedad sin Dios nos ofrece: El hedonismo, el materialismo, el relativismo moral, el odio, el orgullo, la injusticia, la ambición, la venganza. En contra parte, debemos aprender a vivir como lo hacían los santos, alejados de las grandezas y de los placeres de este mundo.
DEMONIO: Se trata de un ángel caído, que se reveló contra Dios. El demonio trata todo el tiempo de separarnos de Dios, nos acosa, acusa, tienta, engaña y miente; y utiliza todos los medios, muchos de ellos muy sutiles, para luchar contra el cristianismo; los aliados del demonio son el mundo y la carne. Al demonio se le vence con la fe en Dios, con la oración, la mortificación de la carne, la práctica de las virtudes (entre la más poderosa contra el demonio, está la humildad, pues él es un soberbio).
CARNE: Se refiere a los impulsos, las tentaciones que nos ofrece nuestra propia naturaleza humana, herida por el pecado original. El pecado de la carne no consiste en sentir dichas tentaciones, sino en consentirlas, en dejarnos llevar por ellas. Para vencer a la carne, en primer lugar, es necesario alejarnos de las ocasiones de pecar y llevar una vida de oración, de penitencia y acercarnos a los Sacramentos.
