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Jesús le dijo: "¡Lázaro, sal de allí!… desátenlo, para que pueda andar".

"Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá".
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por P. Gregorio Gil Cruz Glz.

Evangelio: Jn. 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: "Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo".

Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: "Vayamos otra vez a Judea". Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?". Jesús les contestó: "¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz".

Dijo esto y luego añadió: "Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo". Entonces le dijeron sus discípulos: "Señor, si duerme, es que va a sanar". Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá". Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: "Vayamos también nosotros, para morir con él".

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.

Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta respondió: "Ya sé que resucitará en la resurrección del último día". Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Ella le contestó: "Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: "Ya vino el Maestro y te llama". Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque Él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar allí y la siguieron.

Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: "¿Dónde lo han puesto?". Le contestaron: "Ven, Señor, y lo verás". Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: "De veras ¡cuánto lo amaba!". Algunos decían: "¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?". Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: "Quiten la losa". Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días". Le dijo Jesús: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?". Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado". Luego gritó con voz potente: "¡Lázaro, sal de allí!". Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo, para que pueda andar". Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él. Palabra del Señor. 

Entramos ya a la recta final de nuestra preparación a la fiesta de la pascua, y en este domingo meditamos sobre el relato de la resurrección de Lázaro. Lázaro, como la samaritana y el ciego de nacimiento, es símbolo de nuestra humanidad, entregada inexorablemente a la muerte. Jesús deja, podemos decir, que Lázaro muera para enseñarnos que la muerte es algo propio de nuestra naturaleza humana, pero que Dios es el dueño de la vida. Solo una intervención de Dios puede cambiar la vida. Solo Dios puede dar la vida allí donde las esperanzas humanas no encuentran salida; por eso si creemos que el espíritu de Dios resucitó a Jesús, también hemos de creer en el poder de Dios de sacarnos de la muerte espiritual.

Dios solamente nos puede dar la vida nueva, es quien nos puede liberar de la muerte del pecado. Por eso la llamada de Jesús: Lázaro sal de allí, es el grito de Cristo resucitado a toda la humanidad; el llamamiento a salir de los sepulcros de muerte en los que nos encontramos. Es el llamado a salir de la tumba del egoísmo, del rencor, de la envidia, de la avaricia, de la insensibilidad, de las injusticias y de toda manifestación de pecado que nos tiene muertos ante Dios. Nos invita a una vida nueva: Desátenlo, para que pueda andar, dice Jesús a la gente; es la liberación que Dios quiere de nosotros para que caminemos por los caminos de la luz, de la verdad y de la vida. Mientras estemos viviendo en pecado no podremos tener vida en plenitud; mientras estemos sepultados con una gran losa de concreto encima que representa al pecado no podremos ver la luz de una nueva vida. El pecado quita la alegría, el gozo, la esperanza, la armonía familiar, nos esclaviza y no nos deja ser libres.

Así pues, Jesús es la resurrección y quien nos puede dar la vida, hagamos el esfuerzo por salir de nuestros sepulcros del pecado, hoy el Señor nos llama por nuestro nombre de una manera personal, Lázaro sal de allí; quiere resucitarnos a una vida nueva para que vivamos por siempre con él en la eternidad. No olvidemos sus palabras: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?". Creamos en el poder de Dios, confiémos en su amor. Sólo Él nos puede resucitar a una vida nueva. Dios los bendiga. Feliz domingo.

@PGil_Cruz

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