La Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca se encamina a un nuevo proceso de elección de rector, pero lo hace arrastrando una inercia que desborda cualquier intento de normalidad. No se trata únicamente de un relevo administrativo: es una transición marcada por tensiones acumuladas que no han sido resueltas, sólo contenidas.
En los últimos meses, la universidad ha operado entre interrupciones constantes. Paros laborales, presiones sindicales y conflictos en facultades no son episodios aislados, sino expresiones de una dinámica que se repite con precisión cíclica. Cada negociación se vuelve un pulso de fuerza; cada desacuerdo, una amenaza de paralización.
Lo relevante no es que existan conflictos —eso es inherente a cualquier institución compleja—, sino la forma en que estos se gestionan. En la UABJO, la solución rara vez pasa por mecanismos institucionales sólidos. Predomina, en cambio, la lógica de la negociación política inmediata: acuerdos de coyuntura que resuelven el momento, pero dejan intacto el problema.
Ese patrón explica por qué el proceso electoral no genera expectativas de cambio profundo. La competencia por la rectoría ocurre dentro de un sistema donde los equilibrios internos ya están definidos por grupos, alianzas y estructuras de influencia que trascienden a las personas. Quien llegue no lo hará en un terreno neutral, sino en uno previamente condicionado.
A ello se suma un factor que rara vez se aborda con claridad: la relación de la universidad con el poder político externo. Sin necesidad de intervenciones explícitas, la dependencia financiera y la interlocución constante con el gobierno colocan a la institución en una posición delicada. La autonomía, en ese contexto, deja de ser un principio absoluto y se convierte en un ejercicio negociado.
El resultado es una universidad que opera en una tensión permanente. Por un lado, sostiene su función académica; por otro, administra conflictos que erosionan su estabilidad. Esa dualidad no es sostenible en el largo plazo, pero se ha vuelto parte del funcionamiento cotidiano.
En este escenario, la elección de rector adquiere un significado distinto. No es, necesariamente, una oportunidad de transformación, sino un momento de reacomodo. Se redistribuyen espacios, se redefinen alianzas, se ajustan equilibrios. Pero el fondo —la estructura que genera los conflictos— permanece.
La pregunta, entonces, no es quién encabezará la universidad en los próximos años. Es si existe la voluntad —y la capacidad— de modificar las condiciones que han convertido la crisis en un estado recurrente.
Porque mientras eso no ocurra, cualquier relevo será, en el mejor de los casos, una pausa. Nunca una solución.
