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Pastor de los pobres. A 27 años de su muerte, honran legado de Don Bartolomé Carrasco

Un retrato de Don Bartolomé Carrasco Briseño, originario de Tlaxco, Tlaxcala, cuyo legado es honrado a 27 años de su muerte.
Foto(s): Octavio Vélez Ascencio
Octavio Vélez Ascencio
  • Fue el quinto arzobispo de Antequera-Oaxaca

 

El 7 de enero de 1999, a los 80 años de edad, falleció el quinto arzobispo de Antequera-Oaxaca, Don Bartolomé Carrasco Briseño, un pastor y profeta de los tiempos recientes, humilde y sencillo, reconocido por ser fiel a la causa de los pobres, desde el Evangelio y el magisterio de la Iglesia.

El llamado ‘Hijo del Surco’ dejó una huella imborrable en el pueblo, especialmente en las comunidades indígenas, por haber impulsado un proyecto de Evangelización Integral, que originó el surgimiento de organizaciones para la defensa de los derechos sociales, económicos y humanos, a partir de los renovados planteamientos del Concilio Vaticano Segundo y de las asambleas del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) de Medellín y Puebla.

Cuando preguntaban al ‘Tata Bartolomé’, como cariñosamente le decían, cuál era la fundamentación teológica de su acción pastoral, respondía “no tengo otra respuesta que el evangelio liberador de nuestro señor Jesucristo, leído eclesialmente bajo la guía del magisterio ordinario y extraordinario, vivenciado en las realidades históricas y culturales de nuestro pueblo”.

De esta manera, hizo suyo el método teológico inductivo de ver y actuar surgido de la asamblea del Celam de Puebla, para ver la realidad concreta de un momento particular o coyuntural y así juzgarlo a la luz de la Teología, especialmente de carácter bíblica.

Y así partir de la articulación de ambos elementos, obtener conclusiones pastorales adecuadas para actuar en la transformación de la realidad, donde impere el sentido justicia, el amor, el respeto y la ayuda al más débil.

“El papa (Juan Pablo Segundo) ha dicho que toda la Iglesia debe ser la Iglesia de los pobres. Unos porque lo son y si bien deben procurar superar sus carencias socioeconómicas con esforzado ahínco, deben ser conscientes de la riqueza que poseen en su apertura a Dios y disponibilidad a acoger la palabra y comunicarla a los demás. Quienes tienen mayores bienes de fortuna, también deben ser Iglesia de los pobres, tanto porque es la primera bienaventuranza y por tanto, es condición para entrar en el reino de los cielos, como también porque los bienes justamente adquiridos tienen un destino universal y, por tanto, nadie es dueño absoluto, sobre los que grava una hipoteca social. Deben, por tanto, ser solidariamente compartidos por todos”, predicaba.

Por eso, se esforzó permanentemente en comprender la situación real del pueblo, sobre todo de las comunidades indígenas, para promover el diálogo y la colaboración con los propios protagonistas y así lograr una solución, por ser los sujetos activos de los cambios históricos.

Esa inquietud pastoral aún perdura por ese legado dejado en sus homilías, cartas pastorales y denuncias proféticas. 

“Con estos indígenas crecidos y adultos, que tienen conciencia, voz y organización propia, debemos dialogar en adelante, nuestras propuestas pastorales. No importa que, por el momento, no sean ellos el sector mayoritario de la población indígena. Ya que, querámoslo o no, ellos son ahora la conciencia crítica de los demás… No le tengamos miedo a este reto, pues saldrán ellos más crecidos en su personalidad y nuestra Iglesia se purificará haciéndose más transparente y congruente con su misión, que no es colonizadora, sino evangelizadora”, pregonaba.

Dentro de la Evangelización Integral, creó en la Iglesia oaxaqueña, las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), desde el espíritu renovador del Concilio Vaticano Segundo, para vivir con mayor coherencia el seguimiento de Jesucristo y juntos buscar caminos que transformen la realidad social, desde la perspectiva del Reino.

Las CEB, reforzaron y profundizaron la Opción Preferencial por los Pobres no solamente en la Iglesia Católica oaxaqueña, sino también en el Centro y en el Pacífico Sur del país, porque también fue replicada por los obispos Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz García, Arturo Lona Reyes, José Llaguno Farías y Serafín Vásquez Elizalde, en sus respectivas diócesis.

Eran los tiempos de un grupo minoritario de obispos casi heroicos, pero influyente porque inyectaba renovación y compromiso social a la Iglesia.

Como presidente de la Comisión Episcopal para Indígenas de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), consolidó la Pastoral Indígena, a principios de los años 80, para que los pueblos indígenas, ayudados por sus servidores pastorales, retomaran sus culturas, sus valores y su mundo mítico-simbólico, a fin de reafirmar su identidad y participar activamente como sujetos dentro de la Iglesia y de la sociedad.

Por su doctorado en Teología, Don Bartolomé sistematizó la Teología India y la inculturación del evangelio en diferentes obras escritas de manera individual y con uno de sus discípulos, el sacerdote Manuel Arias Montes.

También promovió la participación de los católicos en la vida pública en el documento “Vivir cristianamente el compromiso político”, preparado cuidadosamente en la oración y en el estudio. Y junto con los demás obispos de la región Pacífico Sur, dio orientaciones proféticas sobre los principales problemas sociales que agobian a esta zona, a través de varios documentos colegiados.

Por eso, intervino en muchas ocasiones ante el gobierno estatal para resolver conflictos e incluso, en la emergencia indígena de los años 90, fue nombrado integrante de la Comisión de Seguimiento y Verificación para la Paz (Cosever) en Chiapas.

Diecisiete años de arzobispo titular

Don Bartolomé Carrasco Briseño, nació en Tlaxco, Tlaxcala, el 18 de agosto de 1918. Fue arzobispo del 1 de agosto de 1976, hasta el 4 de octubre de 1993, pasando a ser arzobispo emérito hasta su muerte, el 7 de enero de 1999, en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, de esta ciudad.

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