Pasar al contenido principal
x

Magisterio y lucha social: De Otilio Montaño a las Encrucijadas del Presente

Portada del libro 'Magisterio y lucha social: De Otilio Montaño a las Encrucijadas del Presente', que será presentado próximamente en un evento.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Joel Vicente Cortes / Colaborador

El maestro mexicano nunca ha sido un simple repetidor de programas oficiales. Desde la Revolución hasta nuestros días, ha caminado en la frontera peligrosa entre el aula y la plaza pública, entre el gis y el volanteo, entre la pedagogía y la rebelión. Por eso el liderazgo docente está marcado por una constante incómoda: traiciones, persecuciones, purgas y, no pocas veces, martirios. La historia del siglo XX lo confirma. Los profesores no solo enseñaron a leer; también redactaron planes políticos, organizaron comunidades y empuñaron ideas más filosas que cualquier fusil. Otilio Montaño, Dolores Jiménez, Torres Quintero o el propio Vasconcelos representan esa estirpe de educadores que entendieron que alfabetizar sin transformar es apenas domesticar.

Con la creación de la SEP en 1921 nació el maestro misionero, figura itinerante que llevaba a los pueblos algo más que silabarios: higiene, organización colectiva y un sentido de nación. Después, con el cardenismo y la educación socialista, el profesor se volvió gestor agrario y promotor sindical. Aquello le ganó enemigos poderosos: terratenientes, caciques e incluso la Iglesia. El aula fue entonces el territorio más peligroso de México.

La Guerra Cristera exhibió la dimensión del conflicto. Para el Estado, el maestro era soldado del laicismo; para los fanáticos, enemigo de la fe. Muchos pagaron con la vida por enseñar ciencias, educación sexual o simple pensamiento crítico. No hay mejor prueba de que educar es un acto profundamente político. Más tarde llegó la institucionalización. En 1943, aquel SNTE convirtió al profesor en pieza del engranaje corporativo. El liderazgo comunitario se transformó en operador electoral y el sindicato en ventanilla de control social. El maestro pasó de agitador de conciencias a movilizador de votos. Allí comenzó la larga enfermedad que nos agota.

Frente a ese modelo surgieron liderazgos insurgentes como Othón Salazar y Misael Núñez. Ellos recordaron que el magisterio no nació para administrar quincenas sino para disputar el sentido de la educación pública. De esa tradición bebe el movimiento democrático oaxaqueño, con sus luces y sus sombras. Porque también entre nosotros la historia ha sido áspera: facciones, expulsiones, ajustes internos y, a veces, la mano del Estado operando desde adentro. Nada nuevo bajo el paraguas disidente.

Otilio Montaño: espejo incómodo. La figura de Otilio Montaño resume ese drama. Maestro rural, intelectual zapatista, principal redactor del Plan de Ayala, demostró que la palabra puede ser más subversiva que la pólvora. No fue general de grandes batallas; fue arquitecto de ideas. El problema es que las revoluciones prefieren a los soldados y desconfían de los pensadores. En 1917 Montaño fue acusado de traición, juzgado sin garantías y fusilado por el mismo movimiento que ayudó a construir. La Revolución devoró a su propio cerebro. Lección amarga: las causas justas no siempre toleran la disidencia interna. Su destino dialoga con el de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, también maestros convertidos en rebeldes. El poder —del signo que sea— teme y desconfía de quien enseña a pensar.

Del pasado al presente oaxaqueño. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el magisterio de hoy? Mucho. El MDTEO heredó esa tradición de profesor como sujeto político. Sin embargo, las últimas coyunturas —incluido el vergonzoso fraude revocatorio— mostraron a una dirigencia más preocupada por administrar equilibrios que por defender principios. Mientras la ciudadanía denuncia urnas infladas y compra de voluntades, buena parte del sindicalismo optó por fingir demencia. El contraste con Otilio Montaño es brutal: él arriesgó la vida por un programa; nosotros a veces no arriesgamos ni una asamblea.

El desafio es decidir qué tipo de maestros queremos ser: ¿misioneros de conciencia o gestores de trámites?, ¿herederos del Plan de Ayala o notarios del presupuesto?, ¿educadores del pueblo o burócratas con credencial combativa? La historia no es un museo; es un espejo. Montaño nos recuerda que pensar dentro de un movimiento puede ser peligroso, pero dejar de pensar lo vuelve inofensivo para el poder.

Epílogo necesario. El magisterio oaxaqueño atraviesa otra encrucijada. Entre el corporativismo reciclado y la rebeldía genuina, entre el aplauso oficial y la dignidad crítica. Tal vez convenga releer a aquellos maestros que no pidieron permiso para hacer historia. Porque, visto lo visto, algunos dirigentes actuales quieren parecerse a Zapata en las consignas…pero terminan pareciéndose a los jueces que fusilaron a Montaño.

 

[email protected]

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.