La resistencia no sólo se hace en las guerras, nace en la reapropiación de las calles, en los planteamientos críticos, en los cuestionamientos sociales y en los proyectos que desafían esquemas tradicionales como lo hace El Burrito Librería, espacio de intercambio, trueque y venta de libros usados.
El Burrito Librería nació en 2018 en las calles de Oaxaca, “toreando a inspectores, policías, incluso a organizaciones”, relata Jorge González, fundador del proyecto. Surgió de manera espontánea, como una respuesta creativa a la pérdida de su empleo. “Mi aspiración era dedicarme al periodismo. Era mi vocación, pero en ese momento mis necesidades económicas eran otras”.
Egresado de la carrera de Comunicación y Periodismo en la FES Aragón de la UNAM, Jorge se desempeñó por un tiempo como reportero en la capital oaxaqueña, pero el periodismo no cubría sus gastos.
Libros, la tabla de salvación
Los libros propios se convirtieron entonces en tabla de salvación. “Empiezo a publicar en línea en la página de un amigo muy querido, y me doy cuenta de que existe un mercado, que hay gente interesada. Como todo aquello que implique creación, el proyecto partió de una necesidad. La creatividad es hija de la necesidad”.
Tomó el espacio público. Se instaló en el Andador Turístico. Después, con un costal de libros al hombro, recorrió el zócalo y el barrio de Jalatlaco, local por local, ofreciendo libros y conversando con la gente.
Pulso social de la ciudad
Aquella interacción lo llevó a conocer el pulso social de la ciudad, a problematizar temas como el desplazamiento de población local, la turistificación de los barrios, el despojo de las expresiones culturales.
“Nosotros hemos cuestionado y reflexionado sobre estos procesos. Como pequeño comerciante creo que tendríamos que tener un pensamiento crítico y no abandonar los espacios que son nuestros. Hay que estar, interactuar con ello y tratar de generar una colectividad a partir del contexto y las herramientas que hay”.
Los libros, herramienta para la colectividad
Actualmente, El Burrito tiene un espacio físico en el número 315 de la calle Aldama, en Jalatlaco. Es más que una librería: es un punto de encuentro, un foro, un espacio de diálogo. Allí se realizan clubes de lectura, talleres y charlas donde se discuten temas como la gentrificación, la pérdida de identidad comunitaria, la crisis del acceso a la cultura.
“El libro, al final, es el elemento visible, pero no el protagonista. El protagonista es quien está alrededor del libro. Eso que hay es una esperanza para generar una colectividad, subsanar y vincularnos otra vez como sociedad”, explica Jorge, con la convicción de quien ha convertido su experiencia personal en una causa colectiva.
Su proyecto, fiel a esta filosofía, implementó el sistema “paga lo que puedas”: precios más accesibles para personas locales y un valor más alto para turistas. Esta lógica busca un equilibrio y una retribución justa frente a las dinámicas económicas desiguales de la ciudad. “Hay que matizar. No es lo mismo que llegue un niño de una comunidad lejana con unas monedas que un turista extranjero que quiere regatear”.
Jorge ha escrito sobre las dinámicas que observa desde su trinchera. En un texto describe cómo una simple banqueta, como la de Liverpool, tiene mayor interacción de personas oaxaqueñas que otros espacios “oficiales”. “Ahí caminan desde políticos encumbrados hasta el dealer de cualquier colonia. Esa es también nuestra cultura”.
Desburocratizar el espacio público
El Burrito apuesta por desburocratizar el espacio público. “Es un territorio en constante pugna, pero muy simbólico. Te permite tener una lectura de la política que existe en la ciudad”. Considera que las librerías deben ser espacios de calma, “hospitales del alma”, como lo llama una amiga suya, y funcionar también como trincheras culturales desde donde se fomente un pensamiento crítico.
“No veo los libros como negocio, no me interesa hacerme millonario ni usarlos para posicionarme políticamente. Creo que tiene que haber claridad de que el libro también es generoso. Te permite vivir”.
A pesar de contar ahora con un local, Jorge no ha abandonado su andar ambulante. “Salgo porque ahí encuentro no solo nuevos clientes, sino también nuevas experiencias que revitalizan mi proyecto. Me dan sentido, me reinventan”.
Desde esa trinchera, ha tejido redes de apoyo y participado en iniciativas colectivas como el Tianguis Literario Autónomo y Popular. “Hay múltiples formatos en torno al libro, y ese es uno que a mí me ha servido”.
Aunque reconoce que es difícil sostener un proyecto autónomo –cubrir renta, traslados, necesidades económicas básicas–, se da el lujo de regalar libros cuando lo considera necesario. “Leer no garantiza ser mejor persona; conozco fascistas que leen. Pero trabajar en el espacio público me permite interactuar con esa otra cultura que no siempre se nombra con empatía, porque no se vive”.
Lejos del elitismo cultural, Jorge mantiene distancia de los museos, templetes y ferias. “Hay otra cultura que vivimos día a día. Lo demás muchas veces responde a una necesidad del Estado de mostrar una cultura 'viva'. Pero hay que mirar hacia adentro. Cada librería tiene que contemplar el espectro local para que el apoyo sea recíproco”.
Jorge sueña con una generación amplia de libreros y libreras que tomen el libro como herramienta de resistencia cultural e identitaria. “Esto no debe venir de empresarios ni de extranjeros. Debe surgir desde el propio pueblo oaxaqueño. Necesitamos una economía popular que también problematice la turistificación”.
