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"Y el Verbo se hizo carne, puso su tienda entre nosotros" (Jn 1, 14)

El Ángel Gabriel anunció a la Virgen María que concebiría y daría a luz a un hijo.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Lubia Esperanza Amador

El 25 de marzo celebramos "La Anunciación-Encarnación de Nuestro Señor". La “Anunciación”, como su nombre lo dice, es el anuncio que hizo el Ángel Gabriel a la Santísima Virgen María, de que concebiría y daría a luz a un Hijo, al que habría de poner el Nombre de Jesús, que quiere decir en hebreo “Dios salva”. Este acontecimiento es de gran importancia, puesto que inaugura “la plenitud de los tiempos” (Ga 4, 4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a Aquel en quien habitará “corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). La respuesta divina a su “¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35). María, al pronunciar el Fiat de la Anunciación y al dar su consentimiento al misterio de la Encarnación, colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Por eso, Ella es Madre, allí donde su Hijo Jesús es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico que es la Iglesia. 

La "Encarnación", por su parte, es el hecho único y singular de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. Esto no significa de ninguna manera que Jesús sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano; significa que Cristo se hizo verdaderamente Hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios. 

Dentro del Año Litúrgico, que es el desarrollo de los diversos aspectos del único Misterio Pascual, celebramos tres fiestas en torno al misterio de la Encarnación: la Anunciación, la Navidad y la Epifanía, las cuales son de gran importancia, puesto que conmemoran el comienzo de nuestra Salvación y nos comunican las primicias del Misterio Pascual. 

La Solemnidad de la Anunciación, es una celebración que hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, estableciéndose desde entonces para esa fecha, porque Jesús se había encarnado coincidiendo con el equinoccio de primavera, tiempo en el que, según los antiguos, fue creado el mundo y el primer hombre, como lo comenta Anastasio Antioqueño (599) en su Homilía sobre la Anunciación. Ese día estamos llamados a participar de la solemne Misa, pues la Encarnación se encuentra en el centro de nuestra fe, constituye una semilla de vida divina en el corazón de los hombres: “Y el Verbo se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único, en Él todo era don amoroso y verdad" (Jn 1, 14); en ella se revela la gloria de la Trinidad y su amor por los hombres: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él" (1Jn 4,9). 

Como cada año, te recomiendo que busques en internet una novena que se llama "Caminata de la Encarnación", que se reza todos los días (del 25 de marzo al 25 de diciembre); esta novena nos ayuda a acompañar a Nuestra Inmaculada Madre Santísima, quien ya desde la Anunciación-Encarnación, se encuentra estrecha e indisolublemente unida a la obra de nuestra Salvación; unámonos a Ella en estos 9 meses de dulce espera del Nacimiento de nuestro Salvador. ¡Que así sea!

 
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