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Takteki: Mujeres sembrando futuro desde la agroecología

Foto(s): Cortesía
Citlalli López Velázquez

En sus manos, la tierra es vida. Son guardianas del agua, protectoras de la biodiversidad. Son mujeres del campo que cultivan esperanza, una semilla a la vez. Desde Buena Vista, una localidad de San Mateo Piñas, Nilda representa el rostro de una nueva generación de campesinas que ha decidido sembrar no solo café, sino un cambio profundo: uno que se enraíza en la agroecología.

El proyecto que encabeza junto con su familia lleva por nombre Taktequi, una palabra construida por ella misma y que significa “todos trabajamos con amor”. La elección del nombre no es menor: revela una visión de comunidad, colectividad y afecto por la tierra, eje central de su trabajo.

Desde niña, Nilda ha estado rodeada del aroma del café. Sus abuelos paternos fueron cafetaleros, su padre siguió sus pasos y al casarse, su madre se sumó al proceso. La herencia era clara, pero la manera de cultivarla cambió con el tiempo. “Mi papá ahora cultiva el café de forma agroecológica, sin químicos, usando compostas para no dañar el suelo y mejorar la producción”, cuenta.

 

Una transformación con amor

El tránsito hacia la agroecología inició formalmente en 2019, con la llegada de técnicos del gobierno federal que ofrecieron capacitación a los productores de la zona. En ese momento nació también la Escuelita del Campo, un espacio de aprendizaje colectivo donde hombres y mujeres se reúnen a compartir saberes y prácticas sustentables.

Allí, Nilda aprendió a preparar biol, fertilizantes líquidos naturales que pueden orientarse a distintos fines: floración, amarre o llenado de fruto. También aprendió a hacer compostas y a cuidar lombrices californianas que hoy son parte de su vida diaria. “Al principio me daban cosa, pero ahora ya hasta me encariñé con ellas”, confiesa entre risas. Ese vínculo afectivo con la tierra y los seres que la habitan refleja una ética del cuidado que atraviesa todo su trabajo.

A diferencia de la agricultura convencional, donde los químicos ofrecen soluciones inmediatas pero dañinas a largo plazo, la agroecología plantea un modelo regenerativo. “Cuando aplicas químicos puedes tener buena producción, pero si no los vuelves a aplicar, el suelo se daña porque se saliniza. Con lo agroecológico nutres la tierra con abonos naturales”, explica Nilda.

La transición no fue sencilla. Recuperar tierras degradadas implicó tiempo, paciencia y mucha observación. Con el apoyo de una ingeniera agrónoma, realizaron un estudio de suelo que permitió identificar los nutrientes faltantes. Desde entonces, las mejoras son evidentes. “Aunque no ha llovido, las plantas se mantienen verdes. Antes en esta temporada ya estaban marchitas”, relata.

El cuidado va más allá del cultivo: abarca la manera de limpiar el cafetal —solo con machete, sin fumigaciones— y de respetar el equilibrio del ecosistema. Nilda y su familia han modificado prácticas como el desmonte total, que antes dejaba el suelo expuesto. Hoy, el monte se deja crecer unos centímetros para proteger el suelo y conservar la humedad.

Cambio de mentalidad, el desafío

La agroecología, sin embargo, no solo implica cambiar técnicas, sino también mentalidades. Muchas personas abandonaron la escuelita del campo al no recibir incentivos económicos. Pero Nilda se quedó. Ella y su familia entendieron que el verdadero valor está en el conocimiento, en la autonomía, en la soberanía alimentaria.

Y en ese camino, las mujeres juegan un papel esencial. “Las mujeres somos más creativas y buscamos cómo mejorar las cosas. Nos preocupamos por el medio ambiente y por dejar algo bueno para las próximas generaciones”, afirma. En su casa, trabajan dos mujeres y cuatro hombres en la producción. Todas las manos cuentan, pero las de las mujeres, dice, suelen mirar más allá del presente.

Además del café, en Taktequi también cultivan plátano, cacao y otros productos de temporada, todo bajo el mismo principio agroecológico. Con este enfoque, buscan no solo una economía más justa, sino una relación más armónica con la naturaleza.

Actualmente, Nilda y su familia, con el acompañamiento de Sikanda -organización que trabaja con comunidades para mejorar su calidad de vida y derechos de forma sostenible- están en proceso de registrar oficialmente la marca. Ya han intentado con otros nombres como “La Esperanza” o “Garvi”, pero fue Taktequi el que mejor reflejó su identidad. Con el registro esperan lograr mayores alcances: obtener código de barras, vender más allá del mercado local y eventualmente exportar.

“Taktequi es original, diferente, y llama la atención. Queremos que la gente pregunte qué significa, que se acerque por curiosidad, pero se quede por convicción”, señala Nilda.

Su historia es parte de una red más amplia de mujeres rurales que están transformando silenciosamente el campo mexicano. Con ellas florece un modelo agrícola basado en el respeto, el conocimiento tradicional y la innovación. Mujeres que no solo cultivan café, sino justicia ambiental y futuro.

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