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Quiechapa, con el alma atenazada

Foto(s): Cortesía
Luis Ignacio Velásquez

La protesta de los habitantes de San Pedro Mártir Quiechapa en el Congreso está impregnada de luto, de desconsuelo, atenazada en el alma. Entre las docena de hombre y mujeres que se manifiestan, no hay gritos, arengas o proclamas. Solo dolor, tan profundo que les quita el habla, la rabia, la indignación.

 

Desde las gradas, donde han llegado en silencio antes del inició de la sesión permanente de la 63 legislatura, extienden sus pancartas: “5 muertos y no han hecho nada ¿cuántos más quieren?”. “Exigimos justicia para Quiechapa”. “Exigimos indemnización para los familiares de las víctimas”. “Quiechapa no quiere más muertos, solo quiere paz”. “Exigimos al gobierno brinde seguridad y paz en Quiechapa”.

 

 

Han pasado cuatro días desde que habitantes de Santiago Lachivía emboscaron a sus vecinos de Quiechapa, dejando cinco muertos y ocho personas heridas graves, y el dolor se aferra todavía a familiares y autoridades del municipio agredido.

 

 

Detrás de los pedazos de cartulina, los rostros morenos posan su mirada en el piso cubierto con alfombra del salón del pleno. Cuando levantan la vista, la misma es distante, vacía, indeterminada.

 

 

La piel curtiva

 

 

“Lo único que quiero es justicia para mi hijo, era un niño todavía, cursaba el segundo año de secundaria”, señala en voz baja, casi en susurro, el señor Casimiro Montes Romero.

 

 

De piel curtida por el sol, cabello y bigote entrecano, guarda un largo silencio, aprieta los párpados con fuerza y traga saliva para lograr que de sus ojos no resbale el llanto. “Yo me salvé porque bajé a dejar al hijo pequeño de la regidora de salud al pueblo, pues tenía miedo, pero mataron a mi muchacho”.

 

 

“La señora me dijo: por favor, lleve a mi niño, -de escasos ocho años de edad-, a mi casa, esta asustado; entonces lo que hice fue llevármelo”.

 

 

Comenta que el día del atentado, en funciones de regidor de obras y su compañera regidora de salud se encontraron con el grupo agresor en el lugar conocido como ojito de agua. “Eran unas cuarenta personas con armas de alto poder, les preguntamos qué hacían en nuestro territorio, pero nos dijeron que solo era un recorrido. Nos preguntaron si podían pasar y respondimos que el paso era libre y pasaron”.

 

 

Sin apoyo

 

 

Recuerda que una media hora después agredieron a sus compañeros que subían al ojito de agua, porque otras personas ya habían avisado al municipio que un grupo armado estaba entrando a nuestro territorio.

 

 

-¿Han recibido apoyo de las autoridades estatales?

 

 

-No, nada. A nosotros nos han mantenido siempre así, ponemos nuestras quejas pero no nos atienden.

 

 

-¿No los han apoyado con el sepelio y el traslado de heridos?

 

 

-El municipio sí, pero el gobierno del estado no. No tenemos ningún apoyo del gobierno.

 

 

Los dedos de don Casimiro se tornan blancos, como el color de la cartulina en el que está escrita su demanda, al estrujar el papel. “Yo no puedo dar razón de la emboscada porque no estuve ahí, fui a dejar al hijo de la regidora a su casa; en mi casa me enteré de la muerte de mi niño, de 16 años de edad”.

 

 

“Yo quiero que el gobierno haga justicia, que quite a los de Lachivía de allá porque ya llevamos muchos años de agresiones, aunque nunca había habido muertos. Ahora rodearon el pueblo, llegaron casi al centro del municipio”, dice con una voz blanda.

 

 

Pide no negociar su desgracia. “Aquí está otro papá que también le arrebataron la vida a su hijo, de 16 años, por eso queremos justicia, que se castigue a quienes masacraron a los muchachos”.

 

 

En tanto, los diputados, como siempre, hablaron, hablaron y hablaron de la tragedia. Pero nunca se fijaron en el dolor, la desesperanza y el miedo que dominaba a los habitantes de Quiechapa.

 

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