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¿No rodará el balón? La CNTE en el escaparate mundialista

Cartón de Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Joel Vicente Cortés

En el contexto del Mundial, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y con ella el movimiento magisterial oaxaqueño, (MDTEO) se colocan deliberadamente en el centro de la atención pública como estrategia para visibilizar el conflicto pensionario y fortalecer su capacidad de presión. Estar “en el ojo del huracán” es una táctica que combina movilización, amenaza y eventual repliegue, según evolucione la correlación de fuerzas. El objetivo inmediato es aprovechar la atención de la afición y de la opinión pública internacional para posicionar una demanda estructural: la crisis de las pensiones. Sin embargo, este escenario también abre la puerta a beneficios políticos y organizativos para liderazgos y grupos hegemónicos dentro del propio movimiento.

Escenarios posibles

1.La CNTE eleva la presión con amenazas de movilización y posteriormente instrumenta un repliegue táctico.

2.Gobierno y disidencia, con voluntad política, pactan alternativa escalonada para el problema pensionario.

3.La autoridad con mesura, opta por administrar el conflicto, apostando al desgaste del movimiento.

4.El Estado recurre a una política de mano dura: detenciones, descuentos salariales, ceses o suspensiones.

Correlación de fuerzas. Al escalar el paro de regional a nacional¿Buscará el gobierno el aval de la afición y de la sociedad civil para priorizar la protección del evento deportivo incluso mediante la represión? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar el Estado para garantizar la seguridad y la continuidad del espectáculo por encima de las demandas de la CNTE? Lo cierto es que la autoridad difícilmente permanecerá pasiva y cuenta con todo el aparato institucional para responder.

Alcances de la coyuntura. Las movilizaciones pueden interpretarse como: Un llamado de atención pacífico sobre un problema pensionario de alcance internacional. Una denuncia simbólica contra un modelo en el que la FIFA exige estabilidad para el entretenimiento y la máxima ganancia. Un pulso político en el que la opinión pública podría inclinarse mayoritariamente a favor del gobierno empleador. El dilema de fondo persiste: negociación o cerrazón. Una respuesta escalonada o una lógica de todo o nada. En ese margen se definirá en el desenlace del conflicto, y también el costo político para cada una de las partes.

 Pero también el fútbol es un negocio global con impacto social y político. Durante años se afirmó que el deporte no se mezcla con la política, pero el sociólogo Stéphane Beaud (2026) sostiene que el fútbol refleja el hiperliberalismo: clubes compran jugadores por sumas que superan presupuestos educativos. El fútbol moderno se parece demasiado a la economía global: capitales transnacionales, desigualdades salvajes y una competencia feroz donde lo importante no es participar, sino ganar… y facturar. La máxima expresión de ese espectáculo: la FIFA World Cup, es un evento que moviliza pasiones colectivas, y también contratos multimillonarios, patrocinadores globales y gobiernos ansiosos por aparecer en la foto del triunfo.

En países como México, el fútbol funciona como una gran válvula de escape social. Cuando el balón rueda, el país parece olvidar —aunque sea por 90 minutos— los salarios congelados, las escuelas deterioradas o las promesas políticas que se evaporan después de cada elección. En los últimos años vemos deportistas pronunciarse sobre racismo, violencia de género o conflictos internacionales. De pronto, ahí aparece un actor inesperado: el sindicalismo docente disidente. En México, la CNTE —históricamente crítica del poder político— ha planteado la posibilidad de boicotear el Mundial de fútbol, denunciando el contraste entre el derroche del negocio futbolístico y la precariedad educativa.

Para comentaristas deportivos es una herejía. Para otros, una simple provocación política. Pero vista desde otro ángulo, la pregunta que se plantea no es tan absurda: ¿Cómo explicar que un país pueda gastar miles de millones en estadios, publicidad y derechos televisivos mientras miles de escuelas siguen funcionando con techos de lámina? ¿Cómo justificar que un delantero cobre en una semana lo que un maestro no ganará en toda su vida laboral? Por supuesto, nadie propone prohibir el fútbol ni cancelar la pasión popular. Eso sería tan absurdo como pretender que la gente deje de celebrar sus fiestas tradicionales. El problema no es el fútbol. Es el sistema económico que lo convirtió en un espectáculo global hipermercantilizado, donde la emoción colectiva se transforma en un negocio gigantesco administrado por corporaciones mediáticas.          

 Otro actor clave: Por décadas, la prensa deportiva se limitó a narrar goles y pleitos arbitrales. Hoy compite con influencers, redes sociales y maquinaria digital que vive del escándalo. En ese universo, discutir salarios de jugadores, desprecio a lo femenino o la dimensión política del fútbol resulta menos rentable que repetir rumores de transferencias. Resulta incómodo recordar algo que los sociólogos repiten desde hace años: el deporte es un “hecho social total”. En él se reflejan las jerarquías económicas, los conflictos políticos, las desigualdades de género y hasta las tensiones culturales de una sociedad. Tal vez por eso la discusión sobre un posible boicot sindical al Mundial genera tanto nerviosismo. Porque introduce una pregunta peligrosa: ¿el fútbol también puede ser objeto de crítica social?

La respuesta es evidente. Claro que puede. El fútbol seguirá siendo pasión popular, fiesta colectiva y motivo de orgullo nacional. Pero también seguirá siendo —nos guste o no— uno de los negocios más poderosos del planeta. Así que cuando llegue el próximo Mundial, millones de personas volverán a sentarse frente al televisor para ver rodar el balón. Entre ellas habrá aficionados, analistas, comentaristas, muchos maestros. Al final, en cada estadio iluminado siempre hay algo que no aparece en la TV: las sombras de una sociedad que todavía no ha decidido qué vale más, el espectáculo o la educación. Siempre queda la esperanza de que algún día los gobiernos descubran una innovación pedagógica revolucionaria: resolver los problemas educativos… a base de goles y patrocinadores.

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