Raúl Héctor Campa García
No se explicaban como aquel niño que fue la alegría del hogar se estuviera convirtiendo en un ser sin alma, en un organismo autómata, programado para su autodestrucción, desprovisto de las virtudes y los valores morales básicos de un ser humano, llamaba la atención su desamor así mismo, ciego ante el sufrimiento de sus seres queridos.
Se convirtió en un ser sin voluntad. Las deserciones a las terapias fueron repetidas. Problema muy frecuente en las personas con adicciones, si se tiene en cuenta que de acuerdo con los estudios realizados por expertos más del 60% de los que presentan cronicidad en este problema abandonan la ayuda que se les brinda.
Tres caminos le esperaban si seguía con ese ritmo de vida, le comentaban sus médicos tratantes y algunos familiares: Uno, eran los ingresos frecuentes a un hospital para combatir las enfermedades orgánicas a que estaba expuesto. Dos, el enclaustramiento en un nosocomio de pacientes con trastornos mentales y por último, lo que irremediablemente pasaría a corto plazo: el cementerio por una muerte prematura.
Nunca lo quiso entender, o si lo entendía no le importaba, por el placer y las alucinaciones persistentes que le provocaba drogarse en compañía de sus supuestos “amigos”. Su percepción influenciada por las drogas consistía en vivir esos momentos convertidos en aquelarres o pandemonios, de constante psicodelia.
Pasaba el tiempo y las esperanzas de su rehabilitación se desvanecían cada vez más. Sus padres sólo lo observaban salir de su cuarto por las tardes noches, a su madre le ganaba el cansancio diario que le ocasionaba la espera del momento en que regresaría a su hogar, a su habitación.
Mientras, ella rezaba para que llegara con bien, pero nunca lo veía entrar, porque el sueño la vencía. El padre estaba enfermo, Macario no se dignaba a preguntar por él. El contacto familiar se fue perdiendo con el tiempo. Ahora su familia era sus “amigos” de francachelas. Continuará el próximo lunes.
*Ciudad Obregón, Sonora
