Por Rafael Alfonso
Caminaba la tarde noche del jueves 22 de enero por el zócalo de la ciudad, tras una jornada de atención clínica en el internado Reyes Mantecón, cuando, no puedo decir a santos de qué, me dio por mirar hacia arriba y entonces percibí un destello luminoso. Un bólido de gran tamaño (mucho más grande que cualquier estrella fugaz) surcaba el cielo a gran velocidad, por un momento pareció pausar su trayectoria para destellar de nuevo e iluminar con colores violeta y amarillo nuestro cielo antes de desaparecer de mi vista entre los edificios. Apuré el paso ingenuamente tratando de seguirlo, pero la gran velocidad del bólido hacía imposible seguirle la pista desde el suelo.
De inmediato di gracias a la buena fortuna por haber atestiguado este maravilloso y raro fenómeno, y de inmediato busqué, quizá lo hacemos por instinto, a alguien que lo hubiera visto también y que corroborara lo que yo percibí. A mi alrededor había tanta gente como en una tarde cualquiera en el zócalo de una ciudad que no deja de ser turística a pesar de encontrarnos en enero. En efecto, había muchas personas de todas las edades: comensales de los restaurantes, paseantes, parejas de enamorados, trabajadores de limpia, clientes y vendedores y personas que ocupaban las bancas con la vista clavada en sus teléfonos. Nadie parecía haberse percatado del hecho. Por un momento me vino a la mente preguntarle a alguien, quien fuera, si habían visto lo que yo, pero de inmediato deseché la idea, temeroso de llamar demasiado la atención.
Camino a casa me dediqué a mis cavilaciones y para el siguiente día casi había olvidado lo sucedido, pues no lo comenté con nadie, cuando scroleando en las redes sociales, encontré una sola publicación que consignaba con imágenes de una cámara de seguridad la caída de “un meteorito”.
Muchas cosas pensé al respecto, pero dos cosas destacaban entre todas ellas: una fue que mi buena fortuna de haber visto esta suerte de espectáculo celestial sería completa si hubiera podido compartirla con alguien, y la otra es que no estamos solos en el universo, aquí se encuentran también, a veces al alcance de la mano, nuestros congéneres, aunque estén distraídos mirando sus teléfonos u ocupados en sus propios asuntos.
