Mónica Ortiz Sampablo
Miguel:
Hace algunos años escuché una canción, hablaba de una madre que sólo tiene cebollas para comer, alimenta a su niño con su seno; de esa pieza recuerdo algunos versos: En la cuna del hambre/mi niño estaba. /Con sangre de cebolla / se amamantaba. La canción es hermosa, descubrí, que en realidad era un poema tuyo; las nanas de la cebolla. Así te conocí Miguel Hernández. Te fuiste demasiado joven, pero dejaste un gran legado, un legado que atravesó fronteras. Lo que escribiste en tus poemas resuena en diferentes países, porque al igual que en el tuyo se sufre la guerra, el hambre, la soledad, la cárcel, la injusticia, el frío, el miedo, y al lado de esto el anhelo de hablar, de gritar, de escribir aquello que atraviesa la dignidad humana.
Eres ejemplo de quien persigue aquel sueño, de aquel que rompe con su destino aparentemente marcado por la familia y la sociedad; mientras tu padre te obligaba a cuidar el rebaño, tú leías a Góngora, esa necesidad imperaba en ti desde la infancia y te llevó a Madrid a defender tus poemas cuando sólo tenías 21 años.
Hoy, diversas personas han dedicado parte de su vida a hablar de ti, a escribir sobre tu vida y anhelos; sabemos que en tu infancia fuiste pastor, y que de no ser por tu rebeldía y determinación te habrías perpetuado a preservar el anhelo de tu padre.
Después de tu muerte, tus amigos escribieron sobre ti; Pablo Neruda lo hizo así:
“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra”.
Me gusta pensar que allá en dónde estás sigues regalando al mundo tu sonrisa. Tu fervor a las letras sigue iluminando caminos.
Gracias, Miguel Hernández.
Mónica
