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La vida dentro de los panteones de Oaxaca

El Panteón General es ícono de los Valles Centrales de Oaxaca.
Foto(s): Mario Jiménez Leyva
Carlos Victoria

En Oaxaca, el Panteón de San Miguel se convierte en un lugar de reencuentro entre los vivos y los muertos durante el Día de Muertos. Las familias se congregan para decorar las tumbas con flores de cempasúchil y ofrendas, mientras que la inscripción "Postraos: Aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la mundanal grandeza" recuerda la aceptación de la muerte como un paso natural en el ciclo de la vida

La historia de este panteón se remonta al año de 1829, cuando la viruela causó cientos de muertes en la capital oaxaqueña, obligando a las autoridades de aquel entonces a buscar un lugar adecuado para un cementerio, es así que cuatro años más tarde, este lugar también sería el eterno descanso de las víctimas de cólera durante el año de 1834 y casi dos siglos después, el de las víctimas del Covid-19.

Miguel Ángel Reyes, trabajador del panteón general, menciona que fue justo durante la pandemia de Covid-19 que realizaban alrededor de 10 servicios diarios, en contraste con estas fechas, que suelen realizar de 3 a 4 servicios al día. Además, añade que son estas fechas cuando suele haber más trabajo y movimiento en el panteón.

"Igual por estas fechas son 3 o 4 servicios por día, en pandemia eran 10 servicios por día, ahorita nada más son 3 o 4, es que por lo regular cuando viene muertos (Día de Muertos), ponle que desde que, agosto, septiembre, octubre; tres meses antes empiezan a haber muchos difuntos, es lo raro".

Asimismo, Miguel Ángel comenta que lleva 28 años trabajando y que heredó el oficio de su padre, quien en vida, también laboró en el Panteón General. 

Dentro de las funciones que Miguel Ángel menciona desempeñar dentro del panteón es el de mantener limpia la zona de la entrada principal, y que anteriormente también hacía excavaciones; sin embargo, debido a la pandemia por Covid-19 le fue asignada la zona donde actualmente se encuentra.

 

Un trabajo difícil, psicológica y emocionalmente

Sin duda trabajar en un panteón supone una variedad de retos, tanto física como psicológicamente, desde el hecho de cavar tumbas como el convivir con restos humanos y estar presente con el duelo de las familias cuando sepultan a alguna persona, lo convierte en un trabajo realmente difícil.

Al respecto, lo que para Miguel es lo más difícil en su trabajo, nos comenta que son las excavaciones y los entierros:

"En el momento de estar excavando ve uno el sepulcro, empieza a ver unos los restos. Lo que pasa aquí que cada tumba tiene de 4 a 6 difuntos ya, y al estar excavando vemos los cuerpos de los que tienen años ya enterrados",  menciona Miguel Ángel; sin embargo, menciona que contrario a lo que se pueda pensar, los olores no es uno de los problemas de trabajar en el panteón:

"Lo que pasa es que salubridad manda un reglamento, tienen que pasar 7 años de la caja de madera y 25 si es de metal, tiene un límite, si no pasa de esa fecha no se puede abrir, tiene que haber ese tiempo porque se supone que ya no hay olores y se supone que ya no hay carne, puro hueso", narra Miguel Ángel.

Por otro lado, C. R., trabajador  del panteón de las Flores, ubicado en el municipio de Santa Lucía del Camino, destaca que para él, lo más difícil de su trabajo y dejando de lado lo que se podría pensar comúnmente sobre lidiar con los cuerpos de los difuntos, es el hecho de recibir a las familias de los difuntos, es el dolor de las personas lo que en su momento, fue a lo que más trabajo le tomó acostumbrarse.

"Si yo cuando recién empecé lo que más difícil se me hacía era ver a los familiares del fallecido, sobre todo si venía una madre que lloraba por su niño, o cuando vienen a enterrar a los niños, como sea una persona grande bien que mal ya vivió, pero un niño no, ellos apenas van y tenían una vida por delante", afirma C. R..

El duelo es un peso compartido por el personal del panteón, especialmente en momentos en que deben consolar o apoyar a una familia. Para C.R., el dolor de los padres que pierden a sus hijos es una experiencia que, aunque repetitiva, nunca deja de ser profundamente desgarradora.

Perspectiva sobre la vida y la muerte

El estar en contacto directo con la muerte y que se vuelva parte de la rutina laboral diaria, sin duda crea una perspectiva distinta a la que cualquier persona tendría sobre la vida y la muerte. Al respecto, Miguel menciona que él no le tiene miedo a morir, que eventualmente es algo que a todos les llega, sin embargo, sí le puede preocupar.

"De mi parte, miedo a morirme, no, porque es algo natural, ahora sí, nacemos, morimos, no sabemos la fecha, pero tenemos que llegar acá, a veces lo que se piensa es si tienes familiares a los que estás apegado, piensas de que los vas a dejar, sea en el sentimiento, sea en lo económico, eso es lo que a veces piensas, pero es algo natural, no hay vuelta a eso, tienes que llegar de todas maneras", afirma Miguel.

Un lugar tranquilo lleno del olor a flores, rodeado de monumentos y abundante vegetación es algo que contrasta con la idea popular de lo que es un panteón, lugar usado muchas veces como referente de miedo e historias de ultratumba, sin embargo, caminar por los pasillos del Panteón General, observar a personas limpiar o decorar las tumbas de sus familiares fallecidos mientras les hablan y cuentan sus vidas, ejemplifica parte de la cultura mexicana sobre la vida y la muerte, la idea del descanso eterno y el lugar especial que tienen en nuestros corazones aquellas personas que se nos adelantaron en el camino, recordándoles no con tristeza, sino con amor.

Para C.R., menciona que nunca le tuvo miedo a la muerte, aún antes de trabajar en el panteón, para él, la muerte no es el fin, sino un nuevo comienzo, afirma que no le teme, pero si la respeta, que eventualmente la muerte llegará por él y lo aceptará, esperando reencontrarse con sus seres queridos en el más allá.

"Más que tenerle miedo, más bien es respeto, sé que algún día va a venir por mí, por todos, todos nos morimos, pero aún así no la busco, en algún momento me encontrará y yo lo acepto, sé que del otro lado podré reunirme con mi familia, con mi papá", afirma C.R., con una voz serena y tranquila mientras su mirada se pierde sobre las tumbas y la vegetación del panteón.

Resulta curioso resaltar que la cosmovisión de C. R., en realidad es una que se comparte entre mexicanos, una en la que no vemos la muerte como el fin, sino como otra etapa. Es justo en el marco del Día de Muertos que esta perspectiva se hace más evidente al observar las calles llenas de luz y colores, inundadas del olor a cempasúchil, los panteones dejan por un momento de ser esos espacios serenos tranquilos y se llenan de vivos que visitan a sus difuntos, llevando consigo luz, comida, flores e historias que cuentan entre ellos recordando a quienes ya no están con nosotros. 

 

Lugar de descanso eterno 

Los panteones son mucho más que un sitio de descanso eterno; es un testimonio vivo de la historia y la cultura mexicanas, un lugar donde la relación entre la vida y la muerte se vuelve palpable. Los trabajadores que allí cumplen sus labores desempeñan funciones que van más allá de lo físico, enfrentando retos psicológicos y emocionales que pocos llegan a imaginar. Para Miguel Ángel y C.R., su día a día no solo implica excavar y mantener las tumbas, sino también compartir el duelo de aquellos que despiden a sus seres queridos. El dolor de los familiares, especialmente cuando se trata de padres que entierran a sus hijos, es un peso que estos trabajadores asumen como parte de su vocación, volviéndose testigos de la tristeza ajena que, aunque repetitiva, no deja de ser profundamente conmovedora.

Esta labor en el panteón, además, ha permitido a sus empleados desarrollar una perspectiva distinta sobre la muerte. Con el tiempo, aprenden a ver el fallecimiento no como un final temible, sino como una etapa inevitable, un proceso natural al que todos debemos llegar. Miguel Ángel expresa con serenidad que no teme a la muerte, sino a las preocupaciones de dejar atrás a sus seres queridos. Este enfoque desdramatiza la muerte y destaca el lado humano, la comprensión de que, a pesar del destino final, lo que realmente importa es el impacto y el recuerdo que dejamos.

Por otro lado, la cultura del panteón es una muestra de la forma única en que México percibe la muerte: no como una presencia ominosa, sino como una extensión de la vida. Los visitantes, que acuden a limpiar y decorar las tumbas de sus familiares fallecidos, reflejan esta relación íntima y amorosa. Hablan con sus seres queridos, les cuentan historias de la vida cotidiana, los celebran con flores y veladoras. Esta cercanía rompe con la idea convencional del panteón como un lugar de miedo, transformándolo en un sitio lleno de paz, donde la muerte se entrelaza con la vida en un homenaje perenne a quienes se han adelantado en el camino.

Así, el Panteón General se convierte en un espacio de memoria y respeto, donde la muerte no se olvida, sino que se honra y se asume con amor. La celebración de la vida y el recuerdo son su esencia, y aquellos que dedican su vida a cuidar de este lugar contribuyen a preservar una visión de la muerte que es tan mexicana como universal.

 

Relatos y leyendas

Naturalmente, por la atmósfera mística que rodea a un panteón y su conexión evidente con la muerte, estos lugares son el escenario propicio para anécdotas y leyendas de sucesos paranormales. Sin lugar a dudas, quienes más tiempo pasan dentro de los panteones son sus trabajadores, de los cuales, más de uno tendrá alguna anécdota sobre algún suceso extraño de ultratumba.

Al respecto, Miguel Ángel afirma que nunca le ha sucedido nada extraño en los 28 años que lleva trabajando en el Panteón General; sin embargo, escucha de manera frecuente relatos sobre "La Solana":

"Según la familia Solana, son españoles, esta es la que según sale en las noches y se ve como si se abrieran las puertas y para a los taxis y ya la llevan a los destinos que ella pide, que es la iglesia de la soledad, su casa que era la que está sobre Independencia, que es lo que han contado los taxistas que han sobrevivido", contó. 

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