Pasar al contenido principal
x

La costumbre del desastre

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

En Oaxaca, el deterioro rara vez irrumpe: se instala. No llega como excepción, sino como continuidad. El calor extremo, la escasez de agua, la precariedad de los servicios públicos o la fragilidad institucional no se viven como eventos extraordinarios, sino como parte de una normalidad extendida que, con el tiempo, deja de ser cuestionada.

Lo que está en juego no es solo la acumulación de crisis, sino la forma en que estas se integran a la vida cotidiana. Como planteó Michel Foucault, el poder no opera únicamente a través de la imposición directa, sino mediante la producción de normalidades: define qué es aceptable, qué es tolerable y, sobre todo, qué deja de percibirse como problema. En ese sentido, la precariedad persistente no solo evidencia fallas estructurales; también revela un proceso más profundo de adaptación social.

En distintas regiones del estado —del Istmo a los Valles Centrales—, la falta de agua puede prolongarse por semanas o meses sin que ello detone una respuesta proporcional de las instituciones. Las altas temperaturas, cada vez más intensas, golpean sobre todo a quienes carecen de infraestructura básica. Sin embargo, el lenguaje cotidiano tiende a procesar estas condiciones como si fueran inevitables, casi naturales. No es que no se reconozcan los problemas, sino que se integran como parte del orden de las cosas.

Esta normalización tiene implicaciones políticas profundas. Hannah Arendt advertía que uno de los mayores riesgos para la vida pública es la banalización: cuando lo grave deja de percibirse como tal, se diluye la capacidad de juicio. En Oaxaca, esa banalización no adopta la forma del olvido, sino de la repetición: la queja constante que ya no transforma, la denuncia que no altera el curso de los hechos.

A ello se suma una dimensión cultural que no puede ignorarse. El humor, la ironía y la resignación funcionan como mecanismos de supervivencia frente a condiciones adversas persistentes. Pero también pueden convertirse —como sugiere Slavoj Žižek— en formas de adaptación ideológica: se reconoce el problema, se comenta, incluso se satiriza, pero sin que ello implique necesariamente una ruptura con las condiciones que lo producen.

El resultado es una suerte de equilibrio precario: una sociedad que identifica sus problemas, pero que ha desarrollado, al mismo tiempo, una alta tolerancia a ellos. En ese umbral, el deterioro deja de ser intolerable y se vuelve administrable, tanto para quienes lo padecen como para quienes deberían atenderlo.

La pregunta de fondo no es si Oaxaca enfrenta múltiples crisis —eso es evidente—, sino hasta qué punto ha aprendido a convivir con ellas sin exigir transformaciones de fondo. Porque cuando la excepción se vuelve costumbre, el riesgo no es solo el desgaste material, sino la erosión de la capacidad colectiva para imaginar algo distinto.

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.