Raúl Héctor Campa García*
La desnutrición primaria forma parte de la patología de la pobreza, que persiste en el mundo; patología que ha sido difícil erradicar ¿será por la falta de voluntad de la sociedad y gobierno? Sí.
La drogadicción no es privativa de ningún estrato social, aunque la vulnerabilidad a ella es más grande en la pobreza. La jauría con la que aullaba Macario era gente de clase media-alta.
La familia de Macario era clasemediera. Con grandes sacrificios costeaban los gastos para procurarle la rehabilitación. Él, aceptaba las terapias, pero sin convicción para recuperarse; le faltó la voluntad que hacía tiempo había perdido. Solo la aceptaba como una tregua que su mismo organismo le pedía a gritos, además de utilizarla para hacerse de recursos económicos que sus padres esperanzados le ofrecían cada vez que veían en él algún vestigio de recuperación, era una compensación esperada ansiosamente, para ir tras la reincidencia habitual.
El viacrucis que sufrían sus padres era un estar en constante perplejidad ante el infierno que vivía el hijo, no podían rescatarlo. Habían intentado por todos los medios desprenderlo de las garras del vicio, de esa vida sin razón en que estaba empantanado.
Macario fue hijo único; la felicidad de su nacimiento fue lo mejor que como pareja les pudo pasar; en él se concentró todo el amor que una madre y un padre pueden dar. Todo marchaba bien en esa pequeña, pero feliz familia; sin imaginar que los demonios rondaban su hogar. En repetidas veces se preguntaban: ¿En dónde y en qué momento fallamos? Si todo le hemos concedido, ¿por qué nos sucedió esto a nosotros?
Al principio la aceptación de la terapia, debido a su minoría edad, fue forzada – tenía 15 años-, después, aprendió a manipularlas. Pero a pesar de todo, el cariño de sus padres nunca decreció, era un amor conjugado con misericordiosa lástima.
