Irán Vázquez Hernández
En 1944, Alejo Carpentier visitó México. Hay poca información al respecto, pero se sabe que entre los meses de octubre y noviembre estuvo en Oaxaca. En la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí” hay un telegrama enviado a Martí Casanovas con una postal de Monte Albán. Para esa época, Carpentier ya había experimentado la revelación estética de Haití que le llevaría a escribir El reino de este mundo. Es comprensible entonces que Carpentier buscara señas de lo que llamó “real maravilloso” en Oaxaca y, sobre todo, indicios que contribuyesen a la confección de su particular teoría del barroco latinoamericano. ¿Y cómo no hacerlo ante la realidad compleja, profunda y mítica que circunda y penetra en las comunidades indígenas?
Gracias a sus ensayos nos enteramos de que el autor de novelas como Los pasos perdidos o El siglo de las luces quedaría absorto con la antigua capital de los zapotecas. Podemos ser partícipes de esta revelación en las crónicas de viaje que conforman el libro Visión de América: “Monte Albán es la Micenas de América, una Micenas más vasta, con mayores vestigios y, sobre todo, con una historia más larga. Muy pocas ruinas, de las que quedan en el ámbito del Mediterráneo, pueden comparársele en grandeza, en proporciones”.
La penetrante visión continental de Carpentier le permite trazar esa comparación entre el pasado europeo y el pasado americano representado en las construcciones oaxaqueñas. En este mismo texto también podemos apreciar la idea carpenteriana de la unidad entre el paisaje y la cultura, afín a autores como Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña, simbolizada en el complejo arqueológico zapoteca: “La casa de los danzantes, con sus glifos misteriosos, las plataformas, las pirámides, los templos, las sepulturas, todo se inscribe en el paisaje montañoso como una prolongación y complemento, como si fuese pasando insensiblemente de lo edificado a lo creado, en un proceso de portentosa recurrencia”.
Sin embargo, me parece que el verdadero hito que revela la profunda influencia de la cultura oaxaqueña en el escritor cubano es su magistral ensayo “Lo barroco y lo real maravilloso”. Este texto, un pilar fundamental para comprender una de las características más distintivas del boom latinoamericano, demuestra cómo el autor del Recurso del método concibió el barroco como una constante en nuestro continente, una idea que influiría en otros escritores como Carlos Fuentes o Severo Sarduy.
Carpentier se refiere al barroco como una expresión artística que abreva de la proliferación, la mezcla, la tensión o la interacción múltiple de sus elementos, en contraposición con el clasicismo artístico que sólo busca el equilibrio y la armonía de sus componentes. Años antes, en su magnífico ensayo La expresión americana, el genio de José Lezama Lima había concebido al barroco como una forma esencial de nuestra cultura a nivel continental: un arte de la reconquista. Carpentier prosigue la misma línea argumental de su coterráneo, pero le añade cierto matiz: quiere demostrar que los indígenas mesoamericanos eran cultural e históricamente barrocos, mucho antes de que lo fueran los europeos del siglo XVI y XVIII.
Para el escritor cubano, las manifestaciones artísticas de nuestros antepasados indígenas, como las esculturas aztecas o el libro del Popol Vuh, evidenciaban una predilección por lo barroco, una tendencia hacia la proliferación estética y a desafiar los cánones clásicos. Oaxaca, con su emblemático templo de Mitla, se erige como el ejemplo perfecto de esta afirmación. Lo dice el propio Carpentier: “Hay, a mi juicio, y siempre lo cito como ejemplo, lo que considero como la magnificación de lo barroco americano que es el templo de Mitla”.
En una exquisita écfrasis, Carpentier compara la fachada de Mitla con las variaciones musicales de Beethoven y Schönberg, estableciendo un contrapunteo paralelístico entre la complejidad y la riqueza ornamental de ambas expresiones artísticas. Cada uno de los dieciocho cajones de la fachada, lejos de la simetría, se convierte en una composición única y compleja, rompiendo con los esquemas tradicionales.
Es comprensible, entonces, que Carpentier afirmase que el barroco indígena enriqueció significativamente el barroco español trasplantado a América. La mano de obra indígena, lejos de ser meramente ejecutora, aportó elementos estéticos y simbólicos que nutrieron la pintura, la escultura y la arquitectura de las órdenes religiosas, generando una fusión cultural que, a pesar de las tensiones inherentes al proceso de colonización, dejó como legado una belleza perdurable.
Un ejemplo destacable, en este sentido, lo encuentra Carpentier en una de las construcciones más representativas de nuestra capital oaxaqueña: “el Árbol de la vida de Santo Domingo de Oaxaca, que es una composición barroca monumental que cubre una bóveda, un gran árbol que se expande y con cuyas ramas se entremezclan figuras de ángeles, de santos, figuras humanas, figuras de mujeres, confundidas con la vegetación”. En definitiva, para el autor de El arpa y la sombra, el barroco colonial no hubiera llegado a ser lo que es sin el aporte artístico de nuestros indígenas oaxaqueños.
De todo lo anterior, podemos concluir que la visita de Alejo Carpentier a Oaxaca en 1944 no fue un simple viaje, sino un encuentro profundo con la raíz de nuestra identidad. Las huellas de esta experiencia se plasmaron en su obra, enriqueciendo la comprensión del barroco latinoamericano y dejando un legado que perdura hasta hoy. Al reconocer en las construcciones prehispánicas y coloniales de Oaxaca una expresión única del barroco, la particular visión de Carpentier nos invita a revalorizar nuestro patrimonio cultural y a encontrar en él la fuente de una estética propia y vibrante. Su mirada sigue siendo un faro que ilustra los caminos de la creación literaria y artística de nuestro estado y, en general, de nuestro continente.
