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Café, el ocaso costeño

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

UNIÓN DE GUERRERO, POCHUTLA.- Para quienes se dedican a la producción de café no hay progreso, esa es una palabra que ni siquiera entra en su imaginario. Los caminos de acceso a sus ranchos siguen igual que cuatro décadas atrás, no superan el ancho de dos pisadas.

 

Se les merma la vida

 

 

Así como se ha disminuído la producción en su hectárea de cultivo, a Estela Martínez Miraleón se le esfuman las ganas y el poco dinero que obtiene de la cosecha en enero pasado.

 

 

 

 

 

“No saqué casi nada, apenas 3 kilos de café pergamino”, dice una mujer que, si no fuera por el envío de dinero que le depositan sus hijos, moriría de hambre.

 

 

Tener “muchos papeles” que ante la Sagarpa la reconocen como productora “no me sirven de nada”; tiene claro que dedicarse en estos tiempos a intentar producir café significa “estar jodidos”.

 

 

Para no dejar de vender café, a falta de cosecha compra “unos diez kilos de oro a 60 pesos el kilo”, pero cuando lo tuesta “merma” dos kilos.

 

 

Aunque merma, tostar y moler el café conviene más que vender el kilo del grano en 50 o 60 pesos. Si Elsa Romero Ruiz se “mete” a las casas de Santa María Huatulco, logra que un kilo de café molido se lo compren en 140 o 150 pesos, pero la producción de sus 20 hectáreas es cada vez menos.

 

 

Si antes de la roya obtenían una cosecha de 50 sacos, entre noviembre y febrero pasado sacaron “a lo mucho cinco sacos”.

 

 

Años en declive

 

 

La disminución de las cosechas no es reciente. Van emparejadas al paso del huracán Paulina y a los efectos devastadores de la plaga de la roya que mató plantíos enteros.

 

 

 

 

 

Si de su hectárea todavía hace seis año lograba llenar hasta cinco bultos de café, este inicio de año sólo consiguió 30 kilos.

 

 

Rogelio Martínez utiliza el año 1997, cuando se suscitó el huracán Paulina, como un separador en el tiempo y en la productividad que disminuye si no hay el dinero suficiente para los cuidados.

 

 

Limpiar, chaponear o deshierbar una hectárea implica invertir 900 pesos. Hacer un cajete, sembrar una nueva planta y rellenarlo requiere una paga de diez pesos, más un peso por la colocación de cada estaca que alinea los surcos.

 

 

Si las autoridades subsidian las 3 mil plantas, una hectárea “bien sembrada” requiere una inversión de 33 mil pesos, inversión de la que carece cualquier pequeño productor.

 

 

 

 

 

Por eso, en vez de producir para sí, Rigoberto Ruiz Romero prefiere emplearse en la finca de Fredy García, para quien deshierba, cosecha  y fumiga las 8 hectáreas que el año pasado no se dieron nada porque “las castigó mucho la roya”.

 

 

Trabajo duro

 

 

En un intento por combatir la plaga que seca por completo las matas de café, ha hecho una mezcla de oxicloruro y rubric para dar “una primera pasada” y ver “si se aplaca la plaga” o requiere que, en tres meses, “le demos otra vez”.

 

 

Su trabajo implica salir a las 5 de la mañana de su casa y llegar al rancho entre la oscuridad, esperar a que la mañana les de claridad y caminar pendiente abajo al río para llevar y traer 30 veces un galón de 20 litros, pues necesita juntar 600 litros.

 

 

En espera de un nuevo amanecer

 

 

Las dificultades del trabajo son claras y no han cambiado en décadas. Esa misma vereda de tres kilómetros que hace 60 años recorría su abuelo, Donaciano Martínez, las camina ahora Antonio Martínez Ruiz para llegar a su rancho que renombró como Nuevo amanecer, en un intento por cambiar el panorama que en su familia oscureció la plaga de la roya. 

 

 

Él es de los pocos productores jóvenes que participan desde el cultivo del grano, pero de nuevas variedades como Marsellesa y MTR.

 

 

Entre otros cambios de lo que hacía su abuelo fue dejar de vender el café en grano, compró una tostadora y un molino. Así empezó a embolsar café molido para cafetera y olla, ya sea tipo americano, expreso o turco; pronto espera poder ofrecerlo en presentación soluble.

 

 

 

 

 

Su amor a la naturaleza y el campo, pero sobre todo sembrar guanábana y plátano junto con café que crece en 15 hectáreas con árboles maderables, le ha ayudado a obtener ingresos.

 

 

Renovar los cafetales con variedades resistentes a la roya da esperanza a Cornelio García Romero ante un oscuro panorama, pero no se confía.

 

 

Empezaron a cultivar guanábana, “viene un comprador de Pluma” y les ofrece 10 pesos por kilo y algunas frutas llegan a pesar hasta tres kilos.

 

 

En temporada, de noviembre a abril, logran sacar hasta 250 kilos, pero de café el temor es que, a pesar de sus esfuerzos, la cosecha siga mermando.

 

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