Entre las montañas y valles de Oaxaca, se teje una historia que trasciende generaciones.
Las bordadoras, mujeres que entrelazan sus vidas con saberes ancestrales, transforman sus manos e imaginación en hilos de vida y naturaleza.
Mariela Victoria Inocentes, originaria de la comunidad de San Juan Cotzocón en la Sierra Norte, comparte su viaje en el arte del bordado.
“Empezamos a tejer a los 10 años, así nos enseñan”, dice Mariela.
Su aprendizaje, lleno de juegos y enseñanzas de su abuela, se convirtió en un proceso de creación donde los brocados antiguos y los innovadores diseños de animalitos dan vida a las telas. Cada pieza es un testimonio de la dedicación, tomando hasta tres meses para completar aquellas con doble cara. Su trabajo refleja la paciencia y el amor.
Mariela recuerda las primeras fajas y servilletas que bordó, y cómo cada puntada trae consigo una meta.
“Cuando tejo, se me olvida todo alrededor, pero eso también trae identidad y corazón”, dice, destacando la conexión profunda con su herencia cultural. Aunque algunos regatean el precio de sus obras, hay quienes valoran el esfuerzo y la tradición encapsulada en cada bordado.
De Huautla de Jiménez, Élfega Casimiro, es otra bordadora. A sus 8 o 10 años, en la escuela aprendió el arte del bordado, inspirado por su madre y abuela. El huipil tradicional de Huautla, con sus listones color Solferino y azul turquesa y sus diseños de flores y aves, lleva consigo historias de vida y naturaleza. Cada pieza es única, bordada a mano, llevando de 15 a 20 días para completarse, dependiendo de la complejidad del punto de cruz.
Juana Hernández Martínez de San Vicente Coatlán, comenzó a bordar a los 7 años, una habilidad transmitida de generación en generación.
“Empecé a aprender a bordar con lo que encontraba, porque mi mamá no siempre tenía hilos”, recuerda Juana.
Su técnica de "hazme si puedes", compleja y precisa, destaca por su dificultad y la paciencia que requiere. Para Juana, bordar no es solo una habilidad, sino un refugio de alegría y un lazo con su cultura.
En Ocotlán de Morelos, Brenda Aguilar y su familia continúan la tradición de bordar blusas, camisas y vestidos.
“Mi mamá bordaba y conforme fui creciendo, aprendí poco a poco”, dice Brenda, quien comenzó a los 6 años. El bordado es una forma de relajación y expresión artística, donde cada prenda es un lienzo de sentimientos y creatividad.
Las bordadoras oaxaqueñas no solo crean piezas de arte textil, sino que también preservan una parte vital de su identidad cultural.
Sus creaciones, llenas de colores y simbolismos, son un puente entre el pasado y el presente, una manifestación tangible de la riqueza cultural de Oaxaca. Para ellas, bordar es más que un oficio; es un acto de amor, resistencia y perpetuación de una herencia invaluable.
Las bordadoras participan en la Expoferia Artesanal instalada en el andador turístico de Oaxaca.
“Cuando tejo, se me olvida todo alrededor, pero eso también trae identidad y corazón”.
Mariela Victoria Inocentes
Bordadora de San Juan Cotzocón
