De tanto desgajar plantas de cucharillas (Dasylirion acrotrichum) para hacer adornos que comercializa para la Semana Santa, José López puede armar una flor casi sin ver.
En esa facilidad con la que teje la parte blanca de un tallo que requiere años en crecer, quienes le preguntan el precio de los adornos terminados regatean cuando pide 25 pesos por una corona o 60 pesos por una flor.
“Se necesitan cinco o seis años para que la planta crezca lo suficiente y poderla cortar, desde abajo”, explica José, un hombre entrado en año que prefiere concentrarse en su trabajo a hablar de lo que hace.
Es Petra, quien como José aprendió de sus padres a trabajar este tipo de adorno tradicional, a quien se le facilita hablar de cómo cada año disminuyen la cantidad de materia prima que trasladan de Asunción Nochixtlán para vender en la fiesta del Quinto Viernes en la Villa de Etla.
“Salir feria por feria sale muy caro, es pesado, nos cobran por bulto”, detalla explicando que la falta de un vehículo propio les obliga a transbordar tres veces y pagar 500 pesos de pasaje.
El nombre científico de esta planta es poco conocido, al igual que forma parte de la familia de las Asparagales, agrupadas así porque son lirios asparagoides que se caracterizan por sus flores que se van formando en el embrión (monocotiledóneas) con una sola hoja (cotiledón) que aparece cuando la semilla germina.
En algunos estados del país como Guanajuato, Veracruz y Oaxaca su uso se liga como elemento principal para la decoración de templos religiosos que en la Semana Santa entran en luto por la conmemoración de la muerte de Jesús y se vuelven festivos cuando resucita.
El morado y el blanco son colores obligados para adornar templos, fachadas y altares en estas fechas con las que culmina la Cuaresma, pero junto con el papel, el plástico o papel metalizado se comercializa con mayor facilidad por su bajo costo a costa de su impacto en el ambiente una vez que se desecha.
En cambio los adornos de cucharilla, además de ser tradicionales son amigables con el ambiente, pero cada vez hay menos artesanos que cultivan y trabajan la cucharilla, como José y Petra.
“Les estamos enseñando a nuestros hijos para que en su momento ellos los hagan y vengan, para que no se pierda, porque si lo dejan de hacer se acaba”, expresa orgullosa de la habilidad de generar con sus manos adornos que una vez que cumplen su cometido, se pueden reintegrar al ambiente.
