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Aprendizaje de valores en contexto adverso

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Joel Vicente Cortés

La delincuencia parece haberse vuelto parte del paisaje cotidiano. No pasa un día sin que las noticias registren feminicidios, infanticidios, robos domiciliarios, asaltos carreteros, narcotráfico o nuevos escándalos de corrupción gubernamental. La criminalidad se expande en distintos países —incluido USA— y también dentro de nuestro propio territorio. Algunas regiones lo padecen más que otras, pero el fenómeno es innegable. Muchos gobiernos responden con una mezcla de discursos tranquilizadores y estadísticas “engañabobos” acomodadas que intentan convencer a la opinión pública de que la inseguridad está bajo control.

La realidad social es más obstinada que los informes oficiales. En México, y particularmente en estados como Oaxaca, la violencia comienza a normalizarse. Con un cinismo cada vez menos disimulado, algunos gobernantes parecen aceptar el incremento de la criminalidad como si se tratara de un fenómeno inevitable. Sin embargo, el problema no es únicamente policiaco. Es también cultural y educativo. Frente a un entorno marcado por la corrupción, la violencia y el deterioro del tejido social, resulta inevitable plantear una pregunta incómoda: ¿cómo educar en valores a las nuevas generaciones cuando el ejemplo público camina en sentido contrario?

Desde la sociología educativa se sabe que la escuela no educa en el vacío. Los valores que se intentan transmitir en el aula conviven —y muchas veces compiten— con los valores que circulan en la vida cotidiana: los de la familia, los medios de comunicación, las redes sociales y, por supuesto, los que proyectan las élites políticas. Cuando los referentes públicos están marcados por la impunidad o la corrupción, la tarea educativa se vuelve más compleja. De ahí que la formación ética en la educación básica resulte fundamental. Valores como el respeto, la responsabilidad, la honestidad o la solidaridad no son simples contenidos escolares: constituyen las bases mínimas para la convivencia democrática.

Como señalaba el filósofo Risieri Frondizi: “..,los valores éticos estructuran el comportamiento humano y orientan la manera en que nos relacionamos con los demás.” En otras palabras, son los cimientos morales de la vida social. Cuando esos cimientos se debilitan, la sociedad entera comienza a resentirlo. La pregunta inevitable entonces: ¿Qué hacer? Esperar que las autoridades educativas federales o estatales diseñen un gran programa nacional de formación ética podría resultar ingenuo. En el contexto político actual, las prioridades parecen orientadas más hacia la disputa electoral que hacia la reconstrucción del tejido social. Sin embargo, la historia del magisterio mexicano muestra algo importante: los docentes no solo protestan o se movilizan. También innovan.

En diversas comunidades marginadas de Oaxaca, algunos profesores han comenzado a experimentar con nuevas estrategias pedagógicas para fortalecer el aprendizaje de valores entre sus estudiantes. Curiosamente, parte de estas experiencias incorpora herramientas tecnológicas emergentes como la inteligencia artificial generativa (IA) y la realidad aumentada (RA). Las investigaciones que acompañan estas experiencias —basadas en métodos cualitativos y cuantitativos— sugieren que estas tecnologías pueden influir positivamente en la motivación de los estudiantes y en su percepción sobre valores como la amabilidad, el respeto y la responsabilidad. A pesar de la baja conectividad y los recursos limitados, los resultados muestran algo alentador: cuando las herramientas pedagógicas se utilizan con sentido crítico, pueden fortalecer tanto el aprendizaje cognitivo como el desarrollo socioemocional de los alumnos.

Incluso algunos padres de familia han mostrado mayor interés y participación en estos procesos educativos. Estos hallazgos coinciden con planteamientos de la didáctica crítica, que subraya la necesidad de vincular la enseñanza con los problemas reales del entorno social. En otras palabras: educar en valores no consiste en repetir discursos morales, sino en crear experiencias educativas capaces de formar conciencia crítica. Ahí el papel del magisterio sigue siendo central. Paradójicamente, en un país donde la corrupción se instala en las cúpulas políticas, muchas de las iniciativas más esperanzadoras nacen desde abajo: en aulas rurales, en comunidades marginadas y en docentes que siguen creyendo que educar también significa resistir.

Por eso la verdadera paradoja educativa de nuestro tiempo sea esta:

Mientras desde el poder se repiten discursos sobre moral pública, combate a la corrupción o regeneración ética de la vida nacional, miles de maestros trabajan todos los días intentando enseñar a sus alumnos algo mucho más difícil: que la honestidad, el respeto y la responsabilidad no son simples palabras de ceremonia política. Son principios para vivir en sociedad. El problema es que los niños y adolescentes no aprenden valores escuchando discursos oficiales. Los aprenden observando la conducta de los adultos, de las autoridades y de quienes ocupan el poder. Por eso, la pregunta que ningún programa educativo puede evitar: ¿cómo convencer a una nueva generación de que la honestidad importa, cuando la corrupción sigue siendo premiada en la vida pública?

Tal vez por eso la escuela mexicana enfrenta hoy una de sus tareas más complejas: formar ciudadanos críticos en medio de una sociedad que, frecuentemente, parece recompensar exactamente lo contrario.

Asì: mientras los gobiernos continúan administrando la inseguridad con estadísticas cuchareadas, muchos maestros siguen intentando algo mucho más ambicioso. Enseñar valores. Incluso cuando el país que rodea a sus alumnos parece empeñado en demostrar, todos los días, que la corrupción sigue siendo una de las materias mejor aprendidas de la vida pública mexicana.

Oaxaca, 29.04.26

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