Lo que durante siglos alimentó a los pueblos originarios y fue estigmatizado como “comida de pobres”, hoy aparece en los menús de restaurantes de alta gama en Oaxaca, elevado a la categoría de manjar exclusivo. Mientras en las cocinas de autor se les viste de gala, en las comunidades que los han resguardado por generaciones se libra una lucha por mantener su valor cultural y nutricional.
Marta Roxana López Pérez, ingeniera en desarrollo comunitario, quien ha cuestionado esta lógica, busca reivindicar los quelites como patrimonio vivo del pueblo, no como objeto de lujo para el turismo gourmet.
Originaria de Zaragoza Siniyuvi, municipio de Villa de Tutla Guerrero, Roxana ha documentado la memoria colectiva de los quelites en su comunidad.
“Muchas mujeres dicen: mi abuela sigue caminando, sigue bien de salud, y nosotras, con la mitad de su edad, ya estamos enfermas. Llegan a la conclusión de que eso tiene que ver con la comida: ellas comían quelites que sembraban o recolectaban”
La desvalorización de los quelites, explica Roxana, es parte de un proceso de colonización alimentaria. Hoy, en muchas casas se prefieren salchichas o jamón por ser alimentos “rápidos”, aunque nutricionalmente pobres. La colonización incluso ha llevado a que algunas mujeres vendan los huevos orgánicos para comprar huevo blanco.
En respuesta a esta problemática, Roxana impulsó la creación de un pequeño huerto familiar en un terreno de abuelo. Allí cultivan distintas especies de quelites: quintoniles, hierbamora, pápalo, chepil, entre otros.
Su familia, con apoyo de tías y vecinas, comenzó a preparar y vender los quelites en las plazas comunitarias. La gente reaccionó con nostalgia: “‘esto lo comía cuando era niña’, decían. Y comenzaron a pedirlo más”, recuerda.
Sin embargo, la revalorización del quelite enfrenta obstáculos: el avance de la agricultura industrial impide que las plantas crezcan libremente, las semillas se pierden por el uso de maquinaria pesada o por el pastoreo sin control. Ante esto, el grupo decidió recolectar y conservar semillas como una forma de resistencia y soberanía alimentaria.
También enfrentan plagas. Al ser un espacio libre de agroquímicos, el huerto se convierte en refugio natural para insectos que devoran las plantas en días. “Hemos tenido que aprender todo desde cero, a prueba y error, con muchas dificultades”, explica.
El proyecto incluye talleres y adaptaciones culinarias para que niñas y niños acepten estos alimentos.
“Muchas madres han redescubierto recetas como los caldos, quelites con huevo, tortillas con hierbamora, y se han dado cuenta de que sus hijos sí los comen”, señala Roxana.
A través de su página de Facebook, comparten recetas, experiencias y saberes. Este trabajo -dijo- no busca reconocimiento individual, sino que se multiplique. Que cada familia siembre un poco, cocine un poco, y así se rescate algo que es parte de la identidad del pueblo de Oaxaca.
