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"No quiero ser como ustedes", niño genio a diputados

Foto(s): Cortesía
Redacción

La mente de Carlos Antonio Santamaría Díaz un niño de 9 años trabaja de una manera muy singular, pues es rebelde y desordenado, pero aprende a una velocidad mayor que la de un estudiante de nivel licenciatura.


Carlos está graduado en el diplomado de bioquímica y biología molecular de la Facultad de Química, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sorprendió al pleno de la Cámara de Diputados cuando se le preguntó:
–¿Te gustaría ser diputado?


--¡No, yo no quiero ser diputado, no quiero ser como ustedes; yo quiero ser científico!


La gran capacidad intelectual del niño fue motivo de sorpresa y admiración entre la mayoría de los legisladores, pero sobre todo su inocencia y candidez para responder a los crecientes halagos de los legisladores. Fueron evidentes el hartazgo y la displicencia al no sentirse tan cómodo en ese lugar así lo dio a conocer La Jornada.


 



El presidente en turno de la Cámara de Diputados, Jesús Zambrano, ponderó la "constancia y dedicación" del niño genio, cuando lo que priva en el infante es una natural capacidad intelectual.


A Carlos no le interesan esas calificaciones. Su mente funciona de manera diferente. Mientras un niño con altas capacidades intelectuales se reconoce por ser el abanderado, sacar 10 en sus materias, ser amado por los profesores y compañeros de clase, graduarse con honores, tener maestría, hacer un doctorado y obtener un empleo exitoso, los superdotados se reconocen por ser exactamente lo opuesto.


Carlos saca malas calificaciones, no se lleva bien con sus maestros, odia los exámenes y no tiene ni la más remota idea de lo que quiere estudiar o en qué piensa trabajar cuando sea mayor.


“Las clases me aburrían. Era repetir y repetir y repetir; primero, segundo y tercero fueron lo mismo, sólo que con diferentes personas, con diferentes niños y diferentes lugares, porque he estado en Toluca, aquí en la Ciudad de México, en Guadalajara y en España”, dice el niño de nueve años.


A Carlos no le interesa seguir la vida como los demás. Su mente trabaja de una manera tan diferente que irrita a los docentes. Cuando uno le pregunta: “¿Cuánto es 2+2?”, él responde: “Lo mismo que 3+5-1”, o bien: “¿Quién decidió que era 4?”.


Una especialista noruega explicó a los padres de Carlos que su pensamiento es como un árbol. De una idea salen mil ramas, mil ideas, lo cual ocasiona que comúnmente olvide cuál es la central.
El menor no da la respuesta correcta, sino muchas, y crea incógnitas que sacan de quicio a los adultos que esperan siempre tener la razón. “Los maestros me sacaban de las clases”, recuerda el niño.

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