Por Redacción NOTICIAS
Una parte significativa del cuerpo académico de la Universidad Nacional Autónoma de México se encuentra en edad de retiro, pero continúa frente a las aulas. De acuerdo con datos internos de la institución, casi dos de cada diez docentes superan los 65 años, umbral a partir del cual podrían iniciar su jubilación tras décadas de servicio universitario.
La permanencia de estos profesores no responde únicamente a vocación académica. Fuentes universitarias señalan que la principal razón para no retirarse es el impacto económico que implica dejar la vida activa: al jubilarse, los docentes pierden bonos, estímulos y prestaciones que complementan de manera sustancial sus ingresos mensuales.
Registros de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico indican que más de 6 mil 500 profesores —entre investigadores, docentes de carrera, técnicos académicos y profesores de asignatura— ya cumplen con los requisitos de edad y antigüedad para jubilarse. Aun así, la mayoría opta por continuar trabajando ante la falta de incentivos financieros para dar ese paso.
La presencia de docentes de la tercera edad es más notoria en las facultades y centros de investigación, donde se concentra poco más de la mitad de este grupo. En estos espacios, además, los ingresos en activo suelen ser más elevados, lo que acentúa la brecha económica al momento del retiro. Los institutos de investigación albergan a cerca de mil 200 académicos en esta condición.
Algunas entidades destacan por la cantidad de profesores mayores de 65 años. La Facultad de Medicina encabeza la lista, seguida por Derecho e Ingeniería, mientras que en el nivel medio superior la cifra es menor, aunque significativa: más de 700 docentes continúan impartiendo clases en el Colegio de Ciencias y Humanidades y la Escuela Nacional Preparatoria.
Aunque la normativa universitaria no obliga a los profesores a jubilarse al cumplir cierta edad, especialistas y miembros de la comunidad consideran necesario abrir el debate sobre el relevo generacional. La discusión no apunta a limitar la libertad de cátedra, sino a encontrar mecanismos que permitan la incorporación de docentes jóvenes, especialmente en un contexto de cambios acelerados en los métodos de enseñanza y el uso de nuevas tecnologías.
En medio de este panorama, la UNAM enfrenta el desafío de equilibrar la experiencia académica acumulada con la necesidad de renovación, sin que el retiro se convierta en una decisión que penalice económicamente a quienes han dedicado su vida a la universidad.
