- Domingo IV de Adviento, Feria Mayor de Adviento (17 al 24 de diciembre) "O Adonai" * "¡Oh, Señor poderoso!", 21 de diciembre de 2025, Morado, MR p. 149 [165] / Lecc. I p. 13. LH IV Semana del Salterio. Is 7, 10-14; Rom 1, 1-7; Mt 1, 18-24.
Por Lázaro Peña V., Pbro.
Para entender mejor la primera lectura, tomada del Profeta Isaías, y comprender un poco la promesa de que la Virgen dará a luz un Hijo; leamos desde el versículo 1, del Capítulo 7 de Isaías, donde el rey Ajaz está temeroso de quiénes llegarán a conquistarlo y someterlo. Isaías le dice al rey que no será sometido y que rechace toda alianza con los pueblos circunvecinos, que, además, la única fuente de agua Guijón (hoy llamada fuente de la Virgen), no sería tomada por el enemigo; pero para esto era necesario arrepentirse de sus infidelidades y volverse a Dios. Ajaz duda, por lo que Isaías indignado le dice: "La doncella está ya encinta y va a dar a luz un Hijo, cuyo Nombre será Emmanuel: "Dios con nosotros". Como vemos, Ajaz desoyó al profeta Isaías, y sufrió las consecuencias.
La tradición cristiana ha visto siempre en este signo una profecía mesiánica, y el Emmanuel fue Cristo, el Nuevo Mesías prometido. Tanto el Niño, como su Nombre, son un signo de la permanencia de las promesas davídicas: "Una joven virgen, llamada María, quedó embarazada sin concurso de varón, y da a luz un Hijo, en cuya vida, muerte y resurrección se da cumplimiento a los anuncios proféticos de Isaías". La Virginidad de María Santísima no se limita al estricto sentido fisiológico o moral, que por supuesto Ella conservó; sino que la importancia de su virginidad es tal, que incluso es un dogma de fe, pues Aquél a quien Ella concibió, ciertamente es su Hijo, ya que toma de Ella su humanidad; pero como lo concibió sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo, ese Hijo es también Hijo del Altísimo; por eso Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre; si únicamente hubiera sido hombre, seguramente sería un gran profeta o líder, pero no sería el Salvador del género humano.
En esta segunda lectura, Pablo afirma con mucha claridad que él ha sido llamado por Dios para proclamar su Evangelio, que anunciaron de antemano los profetas en las Sagradas Escrituras y que se refiere a su Hijo Jesucristo, que nació de María Virgen como Hombre, y que, en la Resurrección, se manifestó con todo su poder como Dios verdadero.
Dos cosas nos pide San Pablo que no olvidemos: Que el poder de perdonar los pecados y de comunicar la Gracia en los demás Sacramentos, no depende de nuestra virtud, sino de Cristo que por su Gracia nos la ha concedido, sin mérito alguno de nuestra parte, principalmente en la Consagración del vino y del pan, donde Él se hace presente, Vivo y Glorioso como está en el Cielo. Y segundo, que en nuestras homilías, en la catequesis, siempre tenemos que enseñar y afirmar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre; porque no se trata de enseñar lo que a nosotros nos guste o nos convenga, pues no es nuestra Palabra lo que hemos de comunicar, sino la Palabra de Dios, para eso hemos sido llamados por Él y consagrados para ser fieles a nuestra santa y verdadera doctrina, no para enseñar la palabra humana de quienes interpretan a su modo, ideología o conveniencia; no son ellos quienes nos consagraron, sino Cristo.
En el Evangelio se nos narra que María concibió por obra del Espíritu Santo, o sea que Ella no concibió por obra de varón; aquí entra nuevamente el tema de la Virginidad de María Santísima que, como lo comentamos líneas arriba, no se refiere a una virginidad fisiológica puramente, sino que se refiere a que Ella concibió por obra del Espíritu Santo.
No podemos pensar que en un noviazgo como el de María y José, tan lleno de amor, de fe, de compromiso, hubiera secretos; entonces ¿por qué San José habrá pensado dejarla en secreto? Sin duda alguna, esto no se debió a que José creyera en una infidelidad de María Santísima, sino más bien San José debió cuestionarse qué papel habría de desempeñar él en todo el asunto, puesto que en el matrimonio hebreo quien ponía el nombre al niño, como signo de autoridad, era el papá, así como en el Génesis (2, 19-21) Adán le puso nombre a todos los seres vivientes que Dios creó, así como Zacarías le puso el nombre a Juan, el Bautista (Lc 1, 62); así en este caso, el padre de familia ponía el nombre a los hijos, como responsable de cuidar, guiar, proteger a la familia; era, además, el encargado de inculcar los principios religiosos y espirituales de la familia. Por todo esto, fue necesario que el Ángel le aclarara en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".
"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"
Dogma: Del griego δογμα, a su vez de δοκειν, dokein, "parecer" (tomado de wikipedia). También se traduce como “las decisiones” (He 16, 4), que viene del verbo: “parecer bien” (He 15, 28). Es una verdad de fe, contundente, coherente y vinculada con las otras verdades de la Revelación; definido cuando la totalidad del Pueblo de Dios (fieles, sacerdotes y obispos) cree con firmeza en una verdad esencial de nuestra fe, siempre y cuando el Magisterio de la Iglesia la confirme, iluminado por el Espíritu Santo. Un dogma debe ser aceptado y creído por todos los cristianos, pero no como un ejercicio de control de la Iglesia sobre los fieles; sino porque son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro, por eso nos adherimos a ellos con gusto.
Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre: El CEC (Catecismo de la Iglesia Católica) en sus números 464 y 483, señala que el acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban. La Encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo.
Virginidad Perpetua de la Virgen María: La Virginidad Perpetua de María, es un dogma declarado por el Papa Paulo IV, en la Constitución Apostólica “Cum quorundam” del 7 de agosto de 1555, definiendo que "De parte de Dios Padre-Hijo-Espíritu Santo, con la autoridad apostólica”, que la beatísima Virgen María, concibió a Jesucristo por obra del Espíritu Santo, permaneciendo siempre en perfecta integridad virginal, antes, durante y perpetuamente después del parto.
