Por Joel Vicente Cortés
A propósito de esta falla endémica de nuestro proceso educativo, Karen Napier, directora ejecutiva de la organización The Reading Agency, la agencia británica encargada de divulgar estadísticas cada vez más sombrías sobre el placer de leer, ese hábito que su institución intenta salvar del naufragio. Dice la Directora: “El mes pasado, las cifras fueron desastrosas: solo el 50% de los adultos británicos son lectores habituales, frente al 58% en la última encuesta; mientras que un 15% nunca abre un libro. El resto, un 35%, admitió ser lectores caídos en coma intelectual por culpa de la tecnología y el entretenimiento masivo. Entre los jóvenes, la cosa va peor: el 24% de los “adultos jóvenes” (16–24 años) están prácticamente desconectados del mundo de los libros.” (www.thecritic.co.uk Nov.2025)
Nada nuevo bajo el sol digital. El Reino Unido se lamenta de un problema que ya exportó: generaciones enteras entrenadas para navegar, no para pensar. Aquí, en nuestro México, también podría sonar la misma cantaleta en las oficinas de la SEP o de la nueva escuela mexicana (NEM), donde se habla mucho de “comprensión lectora” pero se lee menos que un contrato de Telcel. Asi lo muestra la siguiente gráfica del INEGI
¿Por qué estamos leyendo menos? La Reading Agency predica los beneficios de leer —conocimiento, autoconciencia, iluminación general—, pero la pregunta sigue en el aire: ¿qué se puede hacer en la práctica? Una de las sugerencias de Napier, sin sorprender a nadie, es intentar “redefinir” lo que entendemos por leer. Hoy no hay que contar solo libros o cuentos: también vale hojear una revista de modas o escuchar un audiolibro. La vieja receta neoliberal aplicada al intelecto: si la gente no llega a la meta, bajemos la norma. Redefinamos leer como “mover los ojos”. Es el mismo truco con el que se “redefinió” pobreza o se “reclasificó” el empleo informal. Todo mejora cuando cambiamos el significado de las palabras. O no 4T?
El síndrome de redefinirlo todo. La articulista recuerda que una, ministra populista, propuso “redefinir la discapacidad” ya que una cuarta parte de los adultos califica técnicamente como discapacitada. Y claro, con los niños clínicamente obesos por no despegarse del sillón o la consola, pronto habrá que redefinir “ejercicio” como caminar hasta el refrigerador o levantar el control remoto. En tiempos de corrección política y datos maquillados, redefinir se volvió el verbo favorito del poder: redefine tu deuda, tu dieta, tu depresión. Ahora también redefiniremos la cultura: y en la aberración, leer Twitter será equivalente a leer Cien años de soledad. ¡Realismo mágico en versión algoritmo!
Los jóvenes y la literatura obligatoria. Aquí el problema no es el adolescente, sino el sistema educativo que convierte la lectura en tortura. En lugar de despertar placer, se enseña literatura como quien entrena cabras para exámenes. Lo que debería ser un viaje, se convierte en trámite, el goce lector muere bajo las rúbricas de la SEP y las guías de aprendizaje “competencial”. La NEM se ha vuelto un parque de diversiones donde nadie puede fallar y todos deben “sentirse incluidos”. Pero la literatura no se aprende con infografías: se aprende enfrentando páginas, silencios y frustraciones. El fracaso lector también enseña, pero eso no cabe en los PowerPoint de la NEM.
La lectura como castigo y como lujo. Según el autor, los libros ya no se enseñan como libros, sino como medios para pasar exámenes. Y propone algo casi revolucionario: dedicar una tarde a la semana solo a leer, sin tecnología, dejando que los jóvenes elijan libremente. Una herejía burocrática. Si aquí alguien propusiera eso, el sindicato pediría manuales de “lectura transversal”, la SEP formaría un comité, la NEM consultaría los usos y costumbres y al final, los niños acabarían leyendo PDFs sobre la importancia de leer. La educación pública global se ha vuelto un museo de simulacros. La autora de referencia concluye: si la mitad de los adultos no leen y los niños consideran los libros instrumentos de tortura, el panorama es desastroso. Ahora uno de los grandes instrumentos democráticos —el libro— se vuelve un lujo de élites cultas. Los lectores serán cada vez más raros y poderosos; los no lectores, más dóciles. La autora tiene razón: los lectores serán la nueva aristocracia.
Pero en una época donde el voto se gana con memes y el gobierno se comunica en TikTok, quizá el sistema lo prefiere así: menos lectores, más creyentes. La SEP ya no necesita lectores críticos… solo usuarios felices de su propia ignorancia. El artículo de la británica es un lamento elegante por la muerte del hábito lector, disfrazado de diagnóstico cultural. Pero detrás late una verdad más amarga: los Estados modernos —británicos, mexicanos o marcianos— no quieren ciudadanos que piensen, sino consumidores que reaccionen.
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