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El Presidente que consultaba al “más allá”

Interior del Monumento a la Revolución en la Ciudad de México, donde se encuentra la tumba con los restos del presidente Francisco I. Madero.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

Francisco I. Madero no era el típico político de inicios del siglo XX. Practicaba el espiritismo, hacía sesiones, escribía mensajes en trance y firmaba textos con el seudónimo “Bhima”. Decía que el espíritu de su hermano Raúl —y hasta el de Benito Juárez— lo orientaban en momentos clave.

Creía en la escritura automática: tomaba papel y lápiz, entraba en concentración profunda y dejaba que “las voces” dictaran. Para él no era locura, era guía moral.

Su disciplina era casi mística: vegetariano, enemigo del alcohol y obsesionado con la pureza espiritual. Pensaba que un cuerpo limpio era mejor canal para decisiones limpias.

Y no era improvisado: estudió en Europa y en la University of California, Berkeley, algo rarísimo para un político mexicano de su época. Traía ideas modernas… y un idealismo que muchos consideraban ingenuo.

Del misticismo al fuego cruzado

Pero la política mexicana no era un salón espiritual.

En febrero de 1913 estalló la Decena Trágica, diez días de balas, traiciones y humo en la capital. El general Victoriano Huerta pactó a sus espaldas con rebeldes y con el embajador estadounidense Henry Lane Wilson.

El 18 de febrero lo arrestaron. Le prometieron exilio en Cuba si renunciaba. Era mentira.

La noche del 22 de febrero de 1913, Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron llevados a la parte trasera de la Penitenciaría de Lecumberri. Bajaron del vehículo. Disparos. La versión oficial habló de “intento de rescate”. La historia habló de ejecución.

Ese crimen marcó el fin del primer gobierno democrático de la Revolución Mexicana.

El legado que sobrevivió a las balas

Le llamaron el “Apóstol de la Democracia”. Su lema, “Sufragio efectivo, no reelección”, sacudió décadas de dictadura y se volvió columna vertebral del sistema político mexicano.

En apenas 15 meses de gobierno impulsó el voto directo, respetó la libertad de prensa y abrió paso a sindicatos y huelgas. Como empresario ya había creado escuelas y hospitales para sus trabajadores.

El hombre que creía en espíritus terminó convertido en símbolo.
El idealista que hablaba de democracia murió por intentar practicarla.

El hombre que decía escuchar voces terminó convertido en una de las más fuertes de la historia nacional.

Hoy, a 113 años de su asesinato, sus restos descansan en el Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México.

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