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Huevo, frijol y pollo: el termómetro de la crisis

Una canasta con alimentos básicos como huevo, frijol y pollo, que simboliza el alza de precios y la crisis en la economía familiar.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

El huevo, el frijol y el pollo se han convertido en el termómetro de la economía familiar. Son los productos que nunca faltan en la mesa, pero también los que cada semana obligan a hacer cuentas más apretadas. Hoy, para no caer en pobreza extrema por ingresos, una persona necesita alrededor de 82 pesos diarios en zonas urbanas y casi 62 pesos diarios en zonas rurales solo para cubrir su alimentación básica. Al mes, esto se traduce en 2 mil 467 pesos en las ciudades y mil 854 pesos en el campo, cifras que para miles de hogares resultan inalcanzables cuando los salarios apenas alcanzan para cubrir lo indispensable. Comer lo mínimo ya no es barato, y mucho menos digno.

De acuerdo con las Líneas de Pobreza por Ingresos del INEGI, México cerró 2025 con una inflación anual de 3.7 por ciento, pero esa cifra “promedio” no refleja lo que sucede en el carrito del mandado. La canasta alimentaria aumentó 4.4 por ciento en zonas urbanas y 3.0 por ciento en zonas rurales, impulsada principalmente por el encarecimiento del bistec de res, la leche pasteurizada y los alimentos consumidos fuera del hogar. Para muchas familias, la carne roja se ha vuelto un lujo ocasional y la leche se compra por litros contados. Incluso productos considerados básicos, como el huevo y el frijol, han registrado variaciones constantes que obligan a reducir porciones o sustituir alimentos.

En mercados y tiendas de barrio, el panorama es el mismo: precios que suben de manera gradual, pero constante. Comerciantes señalan que cada aumento, por pequeño que parezca, termina acumulándose y golpeando directamente al consumidor. “La gente ya no compra por kilo, compra por medio kilo o por pieza”, comentan. El gasto se fragmenta, la dieta se empobrece y la preocupación se normaliza. La alimentación deja de ser una garantía y se convierte en una carrera diaria contra los precios.

Pero la presión no termina en la cocina. La canasta no alimentaria, que incluye transporte, educación, vestido, vivienda, salud y cuidado personal, también se encareció. En 2025, aumentó 3.8 por ciento en zonas urbanas y 3.5 por ciento en zonas rurales. En las ciudades, el alza fue empujada por gastos en educación, recreación y cuidados personales; en las comunidades rurales, el transporte público y los productos de higiene fueron los rubros que más impactaron. Es decir, no solo cuesta más comer, también cuesta más estudiar, trasladarse, asearse y vivir.

Para una familia urbana promedio, pagar útiles escolares, pasajes, consultas médicas y artículos básicos de limpieza se ha vuelto un rompecabezas financiero. En el ámbito rural, donde los ingresos suelen ser más bajos y el acceso a servicios es limitado, el incremento en el transporte significa elegir entre trasladarse o comprar alimentos. Cada decisión implica una renuncia.

Las cifras muestran una realidad contundente: aunque la inflación general parezca “controlada”, el costo de la vida sigue subiendo para quienes viven al día. Los incrementos en las canastas no son abstractos; se traducen en platos más pequeños, en menos proteínas, en ropa que se compra solo cuando es estrictamente necesaria, en visitas médicas que se posponen y en jóvenes que abandonan la escuela para ayudar en casa.

El INEGI actualiza estas líneas de pobreza mensualmente con base en el Índice Nacional de Precios al Consumidor, y cada actualización confirma lo mismo: sobrevivir cuesta más. Las canastas alimentaria y no alimentaria se alejan cada vez más de los ingresos reales de millones de personas. Para quienes ganan el salario mínimo o trabajan en la informalidad, cubrir estos montos es prácticamente imposible sin endeudarse o sacrificar necesidades básicas.

Así, el cierre de 2025 deja una fotografía clara: el problema no es solo cuánto suben los precios, sino cuánto se estanca el ingreso. Mientras los productos básicos encarecen, el poder adquisitivo se erosiona. Y en ese desfase viven millones de familias, ajustando, recortando y resistiendo. Porque en México, hoy más que nunca, llenar la mesa ya no es un acto cotidiano: es un acto de supervivencia.

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