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“Darwinismo Sindical” en 2026 adaptándose al poder

Caricatura política de Mario Robles que ilustra el concepto de 'Darwinismo Sindical', la adaptación de los sindicatos al poder para sobrevivir en 2026.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Joel Vicente Cortés

Bajo la humareda provocada por el imperialismo estadounidense, que, violando el derecho internacional, agrede al pueblo venezolano, se genera una situación que resulta sumamente conveniente para el contexto mexicano actual. Este escenario externo sirve para distraer y desviar la atención de los problemas internos que enfrenta México, permitiendo que los asuntos domésticos queden temporalmente resguardados bajo la sombra de la crisis internacional. A nivel local, la coyuntura internacional proporciona un escudo para el gobierno primaveral, que se encuentra bajo presión debido al proceso de revocación. La tensión generada por el conflicto externo facilita al ejecutivo implementar acciones de autoprotección y consolidar su posición ante el escrutinio público.

En el ámbito nacional, este clima de agitación mundial opaca los reclamos de renovación del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del SNTE, diluyendo la presión y el descontento respecto a la exigencia de cambio dentro del sindicato. De este modo, el foco mediático y social se desplaza hacia la situación internacional, relegando las demandas internas y permitiendo que el statu quo sindical se mantenga sin mayores sobresaltos. Un año más confirma la vigencia de una lógica que parece haberse instalado como principio no escrito del sindicalismo oficial: no sobrevive el más representativo, sino el que mejor se adapta al poder. El llamado “darwinismo sindical” encuentra hoy en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) su ejemplo más acabado. 

La prolongación de la actual dirigencia nacional, respaldada abierta y reiteradamente por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo (CSP), obliga a preguntarse por las consecuencias de esta simbiosis para la institucionalidad, la democracia interna y la autonomía sindical. No se trata de una coincidencia coyuntural, sino de una estrategia de mutua conveniencia: el gobierno asegura gobernabilidad en el sector educativo y el sindicato garantiza su supervivencia orgánica, aun a costa de diluir su carácter representativo. En ese intercambio, el poder fluye en una sola dirección. En el marco del llamado “segundo piso” de la Cuarta Transformación, la pregunta de fondo no es menor: ¿la alianza con el SNTE consolida un nuevo sindicalismo adaptado al discurso progresista o acelera su desgaste histórico? 

Lejos de desmontar las viejas prácticas, la 4T parece haberlas reciclado. El sindicalismo corporativo ya no se presenta como un aparato disciplinario burdo, sino como un socio “responsable”, institucional y funcional al proyecto gubernamental. El resultado es un neo-sindicalismo de baja intensidad, donde el gremio no moviliza, pero legitima; no confronta, pero acompaña; casi representa, pero administra. El respaldo explícito y sus costos.  A diferencia de otros actores sindicales que cuidan las formas, el SNTE ha optado por una adhesión pública, constante y sin matices a la figura presidencial. Cada acto, cada pronunciamiento y cada gesto de respaldo refuerzan una percepción incómoda: la dirigencia nacional ha apostado todo a la protección del poder ejecutivo. 

Esta estrategia, lejos de fortalecer la institucionalidad interna, puede erosionar la autonomía sindical. Un sindicato que exhibe sus preferencias políticas desde la cúpula compromete su capacidad de interlocución futura y reduce el margen de maniobra frente a eventuales cambios en el escenario político. El mensaje hacia las bases es claro: la lealtad al gobierno importa más que la deliberación interna. La dirigencia prolongada y el malestar contenido por la gestión del Comité Ejecutivo Nacional del SNTE, extendida de 2018 a 2026…, se ha ido convirtiendo en un foco permanente de inconformidad. La prolongación del liderazgo, en lugar de pacificar, acumula tensiones. En cualquier organización democrática, la permanencia excesiva en el poder debilita la representatividad y sofoca la participación. Que esta situación no haya derivado aún en una movilización abierta de las bases no debe leerse como consenso, sino como contención. La disidencia magisterial sigue operando como referente crítico, recordando que el silencio no siempre es aprobación.

Tensiones dentro y fuera de Morena. El acercamiento explícito entre la dirigencia del SNTE y CSP tampoco ha sido bien recibido por todos los sectores de Morena. Paradójicamente, son los llamados “ultras” del partido quienes cuestionan con mayor dureza esta alianza. La pregunta que circula entre ellos es incómoda pero pertinente: ¿por qué un proyecto que se asume transformador apuesta por sostener un modelo sindical que hace pocos tiempo le daba“asquito” ? El cálculo gubernamental parece pragmático: un sindicalismo dócil resulta menos costoso que uno movilizado. Sin embargo, esta apuesta configura y profundiza la fractura entre dirigencia y afiliados, debilitando la legitimidad interna del SNTE y reforzando la percepción de que el sindicato ha dejado de ser una herramienta de defensa colectiva para convertirse en un engranaje más del aparato político. Libertad de militancia: el límite del control. 

Un dato que suele olvidarse en el debate es clave para entender los alcances reales del corporativismo: desde 1992, los estatutos del SNTE reconocen la libertad de militancia política de sus afiliados. Los artículos 64 y 65 garantizan la participación individual en partidos y organizaciones conforme a la conciencia de cada trabajador. Este principio explica por qué, pese a contar con alrededor de 2.5 millones de afiliados, el SNTE no controla el voto en bloque. La pluralidad política interna limita la eficacia de cualquier intento de movilización electoral centralizada. El centralismo actual, más que disciplinar conciencias, administra apariencias.

MIRADOR. El SNTE ha logrado sobrevivir, sí, pero a un precio elevado: adaptarse tanto al poder que corre el riesgo de volverse irrelevante para sus propias bases. El darwinismo sindical puede garantizar longevidad administrativa, pero no legitimidad histórica. Si el SNTE apuesta a que el poder nunca cambia, la disidencia apuesta a que ningún poder es eterno. La historia dirá quién calculó mejor… aunque en México, casi siempre sobrevive quien estorba más que quien obedece. Porque al final, en política sindical como en la biología, adaptarse demasiado al entorno termina convirtiendo al organismo en parte del ecosistema: visible, funcional… pero prescindible cuando el clima cambia.

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