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Académicos proponen revolución afectiva contra catástrofe ambiental

Foto(s): Cortesía
Agencia Reforma

La civilización actual se comporta como un conjunto de células cancerígenas que se multiplican de manera anómala hasta devastar organismos, compara Omar Felipe Giraldo, autor, con Ingrid Toro, de Afectividad ambiental. Sensibilidad, empatía y estéticas del habitar, ensayo que propone una revolución afectiva para enfrentar la catástrofe ambiental de nuestra era.

"Somos como células cancerígenas que crecemos y generamos hipertrofia del órgano, pero no nos basta con el órgano sobre el cual crecemos, sino que también nos trasladamos a otros lugares, como ocurre en la metástasis, y vamos a seguir creciendo en esos otros órganos. Es una metáfora del crecimiento de nuestra civilización".

Es una civilización sustentada en un capitalismo que antepone el crecimiento, agrega. "Siempre más: siempre todo más grande, más ostentoso, más producción, más rentabilidad, más tecnología. Siempre más y más", explica en entrevista el académico de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Mérida de la UNAM.

Giraldo, quien se desempeñó como investigador en el Colegio de la Frontera Sur, aconseja una pausa y evaluar cuáles elementos requieren crecer.

"Seguramente la comunidad, sí. Saber qué otras cosas tendrían que crecer y qué otras tendríamos que eliminar implica una cualificación diferente de los fines de la sociedad para entender que, si seguimos por esta ruta, nuestro planeta dejará de ser habitable en 30 años. Lo dicen los científicos del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático", previene el también autor de Utopías en la era de la supervivencia.

Comprender la condición metastásica del mundo supone entender también la necesidad de un acompasamiento con los ritmos de la vida, añade, y la apuesta por la frugalidad, la serenidad, la renuncia a la acumulación. Cifra la riqueza, en cambio, en las relaciones interpersonales y con el resto de los seres de la Tierra. En el ensayo, publicado por El Colegio de la Frontera Sur y la Universidad Veracruzana, Giraldo y Toro proponen una "afectividad ambiental": una revolución que sitúe en primer plano la sensibilidad, los sentimientos, las emociones, la estética y la empatía, contrapuesta al paradigma racionalista, pues postulan que no existe ningún pensamiento o conocimiento libre de sensibilidad y afectividad.

¿Qué resulta más urgente eliminar?

La misma idea de crecimiento, que está en el origen de nuestra forma de entender el mundo. La idea de que solamente acumulando, acaparando e incrementando podemos llegar a una condición en la que supuestamente la abundancia será repartida.

Ese fue el origen de este crecimiento: la idea de crear riqueza porque partíamos de un mundo escaso, carente, y necesitábamos aumentar la producción de todo, para que algún día esa abundancia fuera bien repartida en el conjunto de la sociedad. Aumentó la productividad, pero no hubo reparto, sino concentración en pocas manos.

Y en lugar de abundancia para todos, hubo escasez de lo fundamental para vivir. Por eso tendríamos que eliminar la creencia de que el buen vivir consiste siempre en producir más, en incrementar todo, y más bien armonizarnos con los ciclos, hermanarnos con otros seres de la Tierra.

Omar Felipe Giraldo propone un cambio cultural profundo Merecedor en 2021 del Premio de Investigación para Científicos Jóvenes concedido por la Academia Mexicana de Ciencias por su trabajo sobre la expansión de la agroecología impulsada por los movimientos sociales, Giraldo parte de la premisa de que somos cuerpos que habitan otros cuerpos sensibles -océanos, montañas, árboles- y rehúsa la distinción entre naturaleza y cultura, porque esta división se tradujo en el avasallamiento de la primera por la segunda.

Entender, en cambio, que somos entramados de vida propicia otras relaciones distintas a las regidas por la explotación, la extracción y la dominación, dice.

"Es una transformación completa de la civilización e implica cambios culturales profundos, cambios en nuestra manera de entender el mundo: un giro ontológico que significaría una transformación de nuestro puesto en el cosmos. Entender que no somos ningunos seres que están dominando sobre los demás seres de la Tierra, sino una criatura más entre otras. Una de las tareas que tenemos es aprender a habitar una tierra que hoy ocupamos como ejército".

¿Qué distingue el 'habitar', en lugar de 'ocupar'?

Cuando tú ocupas territorios, como sucede con la invasión de Rusia en Ucrania, pones una bota militar, misiles; es una relación violenta. No se llega a escuchar, a entender el lugar, sino a imponerse. Nosotros, en nuestro tiempo, nos relacionamos de esa manera con la Tierra: es una relación de ocupación, como militares.

Y una relación de habitación es diferente, porque habitar siempre es estar junto al otro, implica convivencia, coexistencia con los demás seres.

¿Habitar pasa necesariamente por la práctica de la empatía?

Pasa por la empatía cuando te dejas afectar, cuando tienes una relación abierta al mundo y puedes aprehender con tus propios sentidos las sensibilidades de otros seres.

No significa que vayas a sentir igual que una montaña o un río, más bien dejarse interpelar en el propio cuerpo para poder entender que esos seres, esos abuelos dentro de los cuales estamos, no son ningunos recursos, sino seres.

Y empatizar implica darles esa condición. La empatía ambiental es la capacidad de conectar con ese mundo expresivo, con este mundo parlante al que hoy le cortamos la lengua y lo tratamos simplemente como objeto inerte.

¿Por eso plantea usted recuperar sabidurías ancestrales?

Es cierto que hay pueblos que han construido formas de habitar la tierra en consonancia con los ritmos de la vida, sobre todo en lugares rurales, pero hay que tener cuidado con no esencializar, porque también los pueblos forman parte de este sistema económico, de la colonización, de las marcas del poder, del sistema capitalista: todos somos víctimas de las divisiones que propicia la modernidad.

Afortunadamente existen muchos reductos, una riqueza muy grande que se resiste a morir, y a partir de ahí existe una fuente fecunda para hacer diálogos y reaprender a habitar esta Tierra. Pero no es la única ruta, aunque sí una muy importante.

Cada pueblo, cada cultura, cada lugar y ciudad, cada quien debe encontrar los modos de adecuar sus formas de vivir. Si bien habrá diversos caminos para afrontar la crisis ambiental, las soluciones provendrán siempre de propuestas colectivas, no de procesos individuales y aislados.

El reto de aprender a habitar y recobrar la sabiduría del cuerpo.

¿Cómo se inscribe el cuerpo en la ética ambiental que proponen?

Es muy diferente de la moral basada en preceptos, decálogos, reglas y normas que regulan el bien y el mal.

La ética es más parecida a un arte, porque implica un descubrimiento que ocurre en tu propio cuerpo, a través del cual descubres el actuar correcto y ese actuar correcto corresponde a comprendernos como seres en otros cuerpos.

Uno no tiene que decirle a los demás que no contaminen, que no boten papeles, no tiene que decirle a las empresas que no contaminen los ríos. No hay superioridad moral.

Se trata en cambio de encontrar las condiciones para que el cuerpo despierte, descubra su poder de sentirse viva y se relacione de manera afectiva, amorosa, con ese mundo del cual uno es emergencia y eso implica un cambio de actuar. Es una ética completamente diferente a la normativa y más vinculada con la sabiduría del cuerpo.

Plantea que 'solo la belleza puede salvarnos' ¿Por qué? Nosotros no solamente habitamos, sino que el habitar nos habita. 

¿Qué significa esto?

Que el mundo, como lo construimos, también nos habita: si tú habitas lugares de destrucción, de devastación, eso inevitablemente habitará tu cuerpo, pero si habitas en entornos reverdecidos, en entornos que comprenden el orden de la vida, donde la belleza misma de la vida se expresa -la belleza del colibrí, de las flores, la vida en sus formas más grandes de expresión-, ese mundo también es capaz de habitarte y polinizarte.

En ese sentido digo que la belleza puede salvarnos, porque implica un cambio en nuestro ser. Una reflexión de lo individual a lo colectivo Giraldo recurre a las Matrioskas, las muñecas rusas que contienen una dentro de otra, cada vez más pequeña, para ejemplificar cómo los cuerpos habitan en otros.

En el caso del humano, lo habitan bacterias y microorganismos, pero también el agua, que se aloja transitoriamente para proseguir después su recorrido, en un proceso que llevaría a reformular nociones como "yo" o "individuo", a la luz del complejo entramado que nos forma y que formamos.

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