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Un organillero en Oaxaca

Foto(s): Cortesía
Redacción

Ante la falta de oportunidades en la Ciudad de México, el organillero Gabriel Acuña decidió, junto con su familia, viajar a la Verde Antequera, para inundarla de melodías del recuerdo, en cada uno de los rincones; esto, aprovechando que la ciudad se inundó de visitantes nacionales y extranjeros.


Con el peso de 35 kilos al hombro, camina junto a dos mujeres que sonreían a los peatones que apenas alcanzaban a comprender para qué pedían dinero, hasta ver el sudor que perlaba el rostro del organillero.


Lamentó que cada día se pierde el interés de escuchar música del organillo; “mucha gente ni siquiera conoce los organillos, cuando es una tradición de México”.


La gente lo observa con curiosidad, mientras interpreta “Amorcito Corazón” que forma parte de su repertorio, así como  “Carnavalito”, “Cielito Lindo”, “Amorcito Corazón”, “La Bamba”, “Las Mañanitas”, y otras dos canciones.


Su organillo es chico, ya que hay otros que pesan 40 y 50 kilos, los cuales cuentan con más melodías, ya que tienen más silbatos.


Para subsistir en la Ciudad de México, sale de su casa desde las siete de la mañana y regresa a las ocho o nueve de la noche.


Son los adultos mayores los que gustan de cada melodía que interpreta en el zócalo capitalino, porque los jóvenes están más interesados en las cosas modernas.


El organillero sigue la tradición de su padre Gabriel Acuña, quien durante toda su vida se ha dedicado a este oficio.


El problema al que se enfrenta es que en el transporte público no lo quieren llevar, porque, según, maltratan la unidad, situación que lo hace cargar el instrumento musical por varias cuadras.


Explicó que su estancia en la ciudad, más que vacacionar, era trabajar, ya que la situación laboral en la Ciudad de México, es cada día peor; “hay mucho músico, marimbas, guitarristas y ya no sale casi; por eso, venimos buscando en otros lados donde podamos sacar un poco de dinero.


Los cilindreros surgieron en el tiempo de la Revolución Mexicana; de hecho, por eso es su uniforme de color beige, ya que representa el color que utilizaban los revolucionarios, así como la gorra que utilizan.


Con sus 39 años a cuestas, nueve años de casado y dos hijos a los que trajo para que conocieran la ciudad por lo menos en la noche, cuando termina su trabajo.


Para desgracia de este oficio, existen personas que utilizan un organillero que no es de madera, sino de lámina y el mecanismo que tiene en su interior, y el cuerpo del mismo lo hacen de formaica y adentro le meten una grabadora, y ni siquiera le dan vuelta, lo que es conocido vulgarmente como “piratas”.


Su paso es lento, por el peso que tiene que cargar; alguien le pide “Las Mañanitas” y lo recompensa con unas monedas; luego, continúa su camino.

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