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Deleita la música con Oaxaca en la piel

Foto(s): Cortesía
Redacción

Cerrar los ojos e imaginarse la serranía, donde la neblina pinta los valles de azul y la música es la lengua del viento, de los “jamás conquistados”; distinguir la nitidez del saxofón, la fuerza de las trompetas y trombones, el canto de los clarinetes,¡Xcaanda! dirían en zapoteco, soñar despierto, lleno de inspiración.


Abrirlos y estar en el auditorio Guelaguetza, en la décima edición del Concierto Monumental de Bandas de Viento, con el escenario pletórico, iluminando la presencia de más de mil 300 músicos niños y jóvenes tocando al unísono.


Las ocho regiones de Oaxaca unidas por los acordes de su tierra, de su lengua, de su cultura y no sólo eso, también, a través de la música, hermanar a otras latitudes como Guanajuato y Sinaloa, estados invitados.


Escuchar retumbar las vibrantes notas en cada espacio del coloso del Fortín y sentir la “piel chinita”, mirar a los ejecutantes orgullosos de portar sus trajes regionales y esbozar una sonrisa al ver como, con singular maestría y respeto, ejecutan cada acorde de piezas que son parte del imaginario colectivo, expresiones que hablan de comunidad, de arraigo, de orgullo oaxaqueño, como el Dios Nunca Muere del violinista y músico Macedonio Alcalá, pieza considerada el himno de Oaxaca; o la Canción Mixteca de José López Alavés, el himno migrante. 



La belleza juvenil istmeña.

Fueron precisamente los acordes del vals que refleja el dolor del pueblo que debe abandonar su tierra en busca de nuevas oportunidades, escrito por Alcalá, la oportunidad  para hacer saber que las mujeres no están relegadas de la música. Bajo la batuta de Leticia Gallardo Martínez, la pieza recibió la ovación del auditorio que estaba de pie.  


El danzón Quiero un café, dirigido por Francisco Lico Ventura, de la inspiración de su extinto  padre, el compositor y músico de San Idelfonso Villa Alta, Narciso Lico Carrillo; y el Sabrosito son de Chu Rasgado, hicieron mover los pies de más de uno mientras acompañaban a los músicos con las palmas.


Caminos de Guanajuato de José Alfredo Jiménez, y El Sinaloense del compositor Severiano Briseño Chávez, fueron parte del tributo a los estados homenajeados en la noche.


Al besarte Concha, bajo la batuta del director, Miguel Ángel Jerónimo Núñez, detonó los aplausos del respetable.


El frío de diciembre no ahuyentó a los asistentes que abarrotaron la Rotonda de la Azucena, acompañaron en cada una de sus interpretaciones a las 46 bandas que hicieron historia, de nueva cuenta, como ocurrió por primera vez en 2008 en la Plaza de la Danza, cuando se dieron cita para celebrar el 60 aniversario de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.


La banda Atl-Tzontle de Santa María Atzompa, Arcángel de San Miguel Peras, la banda municipal de Santos Reyes Pápalo, la José López Alavés de Huajuapan de León, la Nueva Generación Ángeles de San Andrés Sinaxtla, la banda Piña Dorada de San Mateo Piñas, la Juvenil Linda Vista de Tamazulapan del Espíritu Santo y la Ranchu Gubiña de Unión Hidalgo,  fueron algunos de los representantes culturales a este recital a esta demostración de talento venida de los pueblos indígenas, la resistencia cultural que se niega a renunciar a sus raíces.


Mixes, zapotecos, cuicatecos, mixtecos, mazatecos, chinantecos y afromexicanos, unidos bajo la dirección del maestro César Delgado, director del Centro de Iniciación Musical de Oaxaca y músicos invitados como el director Juan Manuel Arpero de Guanajuato, Santiago Rosas Osuna de Sinaloa, Juan Manuel Solis, clarinetista de Villa Hidalgo Yalalag; Edgar Lany también clarinetista de la Sierra Norte, Mauro Kuxy de Tlahuitoltepec y Rusbel Ernesto Guzmán cautivaron y reafirmaron que en gusto e interpretación músical,  Oaxaca tiene maestría y sus pueblos indígenas magia.

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