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Shuega, flor de vida para Zoquitlán

Foto(s): Cortesía
Redacción

RÍO SECO, SANTA MARÍA ZOQUITLÁN. - En esta agencia se percibe un aroma dulce y exquisito. Una empresa comunitaria es la nueva forma de aprovechar frutos silvestres de la región transformándolos en mermeladas y jarabes.


Santa María Zoquitlán es una población de cerca de 500 habitantes y está ubicada a 110  kilómetros de la capital oaxaqueña, siete mujeres se constituyeron en una agrupación la cual les ha permitido sacar provecho de los frutos que proporciona la naturaleza; con ello, además, contribuyen a la dieta familiar y el trabajo les genera un ingreso propio.


Desde inicios de mayo y en ocasiones hasta julio, la comunidad de Río Seco se pinta de rojo con la shuega o mejor conocida como jiotilla. El fruto que es una delicia se colecta por la mayoría de habitantes para consumo doméstico y para vender en la capital del estado, pero había un excedente que se desaprovechaba y terminaba por perderse.



Esa sobreproducción también alcanza a la pitalla, que se cosecha en abril, la ciruela que florece en el mes de marzo y el mango cuya mayor producción alcanza de mediados de mayo a junio.


El proyecto


Marcelina Parada Martínez, presidenta de la organización Shuegadel, dice que a principios del 2017 respondieron a una convocatoria lanzada por Hilda Nayeli Cortez, joven estudiante del Instituto Politécnico Nacional, en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional, Unidad Oaxaca (CIIDIR-IPN-U. Oaxaca); la estudiante fue la creadora del proyecto.


Parada Martínez explica que el proceso de integración fue muy rápido, recibieron capacitación y casi de inmediato lograron elaborar los productos.



Después buscaron un nombre a la agrupación y la denominación de la marca: Shuega por el fruto que más se da en la zona y “deli” por delicioso; y es así, la mermelada orgánica y elaborada de forma artesanal es muy atractiva al paladar.


“La mayoría somos amas de casa y madres solteras, este proyecto nos ha traído muchos beneficios, aprendimos cosas nuevas y, lo mejor de todo, es que obtenemos beneficios”.


La mujer explica que desde que salen a la colecta de la shuega conviven con su familia, esposos e hijos, quienes las ayudan.


Cómo nació la propuesta


HIlda Nayeli Cortez, comenta que el proyecto nació a raíz de que  hizo un diagnóstico en la comunidad y detectó falta de empleo en las mujeres, migración e  inseguridad alimentaria durante los últimos meses del año.


A la par, dice, observó que se registraba un desperdicio de frutos silvestres en los primeros meses del año y a finales un faltante debido a que no se sabía aprovechar los recursos naturales comestibles (mango, ciruela, jiotilla y pitalla).



Así nació la agrupación  que permitió el empoderamiento de la mujer, la generación de  empleos y una vía de autosuficiencia.



Con la ayuda de los investigadores del CIIDIR, Pedro Benito Bautista, Nelly Arellanes Juárez se logró la capacitación de las siete sobre la elaboración del producto aprovechando sus recursos a la mano.


Las mujeres aprovechan el carbón que sale de la quema de leña que utilizan sus esposos en la elaboración del mezcal para cocinar, ollas de barro y para no errar en la temperatura al concinar utilizan un termómetró; en lo único que invierten es en los frascos para envasar las jaleas y azúcar.



El impacto


En comunidad donde las mujeres se dedican al hogar a falta de un lugar donde emplearse, o ayudar a las actividades del campo, elaboración del mezcal y producción de copal (por temporada) a la que se dedican sus esposos no les genera lo suficiente para los gastos familiares.


A Gudelia Sosa Hernández, esta nueva forma de autoempleo, le ha transformado la vida, porque también consumen los productos elaborados de la fruta cuando no es temporada.


“A mi me gusta trabajar en cualquier cosa, me hicieron esa invitación y yo dije: sí acepto. Me gusta, he aprendido a convivir con mis compañeras, nos llevamos muy bien”.



Agrega: “aquí no tenemos un trabajo especial que nos paguen, vivimos en un rancho y carecemos de ingreso de otra forma. Por eso nos decidimos aprender para tener algo y nos ha dado resultado”.



Rosalinda Hernández manifiestó que a través del proyecto ha encontrado un medio a través del cual puede aportar al  ingreso familiar, “porque aquí no hay de dónde sacar un peso”.


Cactus prodigioso


En la madrugada, mucho antes de que salgan los primeros rayos del sol, Rosalinda se alista junto con sus compañeras para la recolección de la jiotilla entre los montes, que es donde se encuentran los cactus.


En el hombro cargan los carrizos largos que han adecuado para bajar la fruta sin ser lastimados, llevan un cubeta para depositarlas, un morral con su itacate, gorras, camisas de manga larga o toallas para cubrirse del inclemente sol que cae a plomo en la localidad.



A lo largo del relato comentan “deberíamos cobrar más por la mermelada, si supieran cuánto nos cuesta bajar la fruta y después elaborarla”, y es que las cactáceas donde nace la fruta miden hasta seis metros de largo, y en Río Seco es donde se produce de manera abundante. 


Muchas de las mujeres tienen estudios truncos de primaria y secundaria, pero eso no les ha impedido aprender, mejorar y constiuir la miniempresa, además han contribuido a estabilizar los precios de los frutos y generar conciencia en el cuidado de las especies.

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