Por Gerardo Gutiérrez Candiani
La esperanza de un cambio en Venezuela a partir de la captura del dictador Nicolás Maduro se ha convertido, al menos hasta ahora, en pasmo por las señales salidas de la Casa Blanca, las cuales esbozan un escenario de enorme incertidumbre para los venezolanos. Por lo pronto, su democracia ha quedado en tercero o cuarto plano en un discurso que, cada vez más, apela abiertamente a cuestiones de intereses y menos a principios democráticos.
Esta situación no solo es preocupante para los venezolanos, que ven al oficialismo madurista firme en el poder, solo que sin Maduro y bajo control estadounidense: es inquietante para el mundo entero. Como otra muestra, aún más clara que muchas de los últimos meses, de una fuerte corriente de disrupción en el orden internacional creado después de las grandes guerras mundiales.
Especialmente preocupante porque es desde Estados Unidos, pilar de ese marco, desde donde surgen los golpes más fuertes para su socavamiento.
Lo que se perfila, claramente en la retórica y cada vez más en hechos, es el paso de un orden que al menos tenía como ideal el multilateralismo a uno regido por la fuerza, con todos los riesgos que eso implica.
Por eso llamó tanto la atención la entrevista a Donald Trump que recién publicó el New York Times. Literalmente dijo: “No necesito el derecho internacional”. Asimismo, que su poder solo está limitado por su “propia moralidad”; que lo único que puede detenerlo es ésta y su “propia mente”. Concedió que su país debería adherirse a la legislación internacional, pero que ello “depende de cuál sea la definición de derecho internacional”.
Todo eso dicho justo tras la captura de Maduro y de destacar a ésta no como una oportunidad para el restablecimiento de la democracia en Venezuela, sino como la toma de control del país, y sobre todo para explotar su petróleo.
En estos mismos días, el presidente estadounidense firmó una orden ejecutiva para retirar a su país de la afiliación y, con ello, del soporte económico, de 66 organizaciones internacionales, casi la mitad de ellas relacionadas con Naciones Unidas. Muchas de estas centradas en el cambio climático, el trabajo, la migración y otros temas que cataloga, negativamente, como de promoción a la diversidad y de la agenda “woke”.
El decreto habla de “organizaciones internacionales derrochadoras, ineficaces y perjudiciales”. Ya antes, en la sede de la ONU, había afirmado que la lucha contra el cambio climático es un engaño.
Resalta la retirada de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, acuerdo de 1992 entre 198 países para apoyar financieramente las actividades de lucha contra el cambio climático en países en desarrollo. Se trata, además, del tratado subyacente al histórico Acuerdo de París, del que ya se había decretado la salida de Estados Unidos, situación que solo comparte con Irán, Libia y Yemen.
La Casa Blanca suspendió previamente el apoyo a agencias como la Organización Mundial de la Salud, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y la UNESCO, la agencia cultural global.
Para especialistas, es clara una política abiertamente contraria al multilateralismo o, en el mejor de los casos de multilateralismo “en mis términos”. La idea de seleccionar solo las instituciones y leyes internacionales que puedan alinearse a la agenda e intereses de cada país o, más bien, de su gobierno.
Esto ha marcado un cambio importante respecto de cómo las administraciones anteriores, tanto republicanas como demócratas, han tratado con la ONU, que ya ha tenido que hacer recortes de personal y de programas.
¿Ante qué estamos? Para los expertos, frente a un orden internacional que no es regido por normas y alianzas duraderas, como era al menos una aspiración y en principio, se antepone uno basado en la fuerza nacional y el poder militar. El gran riesgo es que esto puede devenir en lo opuesto: en desorden global y, con éste, creciente inestabilidad, aunque exista una fuerza dominante.
No solo apunta a ello lo ocurrido en Venezuela. También están las amenazas de anexionar Canadá, comprar o tomar Groenlandia, retomar el Canal de Panamá y los amagos de intervención en Colombia, Cuba y, desde luego, en México.
No podemos pensar en que esto no va en serio, dados los antecedentes.
Hay que insistir en que la incursión en Venezuela tiene una significación que va mucho más allá de ese país, como ha destacado el análisis del influyente semanario The Economist.
En primer lugar, por cómo ocurrió: la impresionante demostración de poder duro. En segundo lugar, el por qué: cuando, en vez de invocar a la democracia y a los derechos humanos como razones para la intervención, como solían hacer los presidentes estadounidenses, tras las acusaciones originarias de narcotráfico contra Maduro, se afirma el objetivo petrolero y se asoma una política de reforzamiento de la hegemonía en el hemisferio occidental.
Y un tercer punto, cuándo ocurrió: como comentamos, en el contexto de la erosión del sistema internacional de resoluciones de la ONU, derecho internacional y valores, si no siempre practicados, al menos respetados discursivamente.
Como concluye The Economist, estamos ante un drama global en desarrollo, para ver qué reemplazará un antiguo orden.
Los augurios son preocupantes: para Venezuela, “Maduro se ha ido, pero su maquinaria de saqueo y represión permanece”. Para el mundo, la afirmación de que la fuerza da la razón y el desdén a alianzas no pueden sino socavar la estabilidad.
Muy interesante la conclusión del semanario británico para los estadounidenses, pero también para todo el mundo, y desde luego, México. “Estados Unidos ha sido una superpotencia exitosa porque su auto-interés y su realpolitik estaban turbocargados por una fe declarada en valores universales de democracia y derechos humanos”. El desdén a esos ideales, en vez de fortalecer, puede generar mayor vulnerabilidad. La historia lo ha demostrado con lecciones que no deberían olvidarse.
