MÉXICO, DF.-Justo cuando los líderes estudiantiles informaban de los detalles de la reunión sostenida con representantes del gobierno en casa del rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, a los asistentes al mitin desde una improvisada tribuna del tercer piso del edificio Chihuahua, que daba a la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, "comenzó la balacera", recuerda Félix Hernández, estudiante de Ingeniería y líder del movimiento estudiantil en ese entonces.
En medio del caos, él vio "a mucha gente caer y luego un gran silencio”.
Las revueltas en el mundo durante 1968 tuvieron un eco sangriento en México con una protesta que fue violentamente aplastada por el gobierno el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, un episodio que 50 años después sigue sin esclarecerse.
El fuego intenso duró media hora y el resultado fueron "cientos de muertos, miles de heridos, miles de detenidos, cientos de presos políticos más", pero aún hoy, añade incrédulo, "desconocemos el número real de víctimas fatales, no sabemos a ciencia cierta cuántos muertos hubo".
Más de 30 años después, Luis Echeverría -mano derecha de Díaz Ordaz- y entonces secretario de Gobernación y presidente de 1970 a 1976 fue procesado por el delito de genocidio, pero por su avanza edad sólo enfrentó prisión domiciliaria y finalmente alcanzó la libertad condicional.
Una de las manifestaciones, del Museo de Antroplogía al Zócalo
El mitin
Díez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos que se celebraron en México, unos 8 milmanifestantes se congregaron ese día para una serie de protestas estudiantiles que se habían iniciado hacía poco más de dos meses contra el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el poder desde 1929 y al que calificaban de autoritario.
"Fue un día traumático para todos, fue un día de enojo, fue un día en el que nos sentimos profundamente traicionados por el gobierno", rememora el ex líder.
Esa mañana, él y otros jóvenes rebeldes se reunieron con representantes del presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz, en la casa del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Javier Barros Sierra.
A petición de los funcionarios, la reunión concluyó con el acuerdo de suspender una marcha multitudinaria de estudiantes que estaba programada para ese mismo 2 de octubre en protesta por la ocupación militar de instalaciones educativas.
También determinaron tener una segunda reunión el 3 de octubre para sentar las bases de un diálogo público que pusiera fin a las movilizaciones de cara a los Juegos Olímpicos de 1968.
Para ello, los estudiantes exigieron la liberación de presos políticos encarcelados tras manifestaciones previas y la desaparición del cuerpo de policías antimotines, entre otras demandas.
Elementos del ejército disparan hacia estudiantes parapetados en la Prepa 7
"Decidimos suspender la marcha pero mantener la reunión en Tlatelolco y los representantes del gobierno fueron informados de eso", recuerda con cólera y los ojos enrojecidos Hernández, ahora de 72 años y consultor en manejo de recursos naturales.
Media hora de fuego intenso
Para Sergio Zermeño, investigador emérito del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y quien también formó parte del alzamiento de los alumnos, la llamada Masacre de Tlatelolco no fue una manifestación reprimida más.
Fue una "concatenación de actores de la muerte, en la que unos tenían unas órdenes y otros órdenes diferentes", asegura.
El autor de México, una democracia utópica (Ed. Siglo XXI, 1978), que versa sobre el movimiento estudiantil y tiene más de 20 reediciones, ha logrado descifrar el entramado de la masacre.
Después de indagar entre archivos "rasurados", las memorias de Díaz Ordaz, y otras fuentes durante 50 años, Zermeño asegura que tres estrategias se ejecutaron ese día.
"Monstruo político"
La primera, del Ejército, tenía como finalidad detener a los líderes del movimiento estudiantil con el despliegue de un batallón llamado Olimpia, cuyos integrantes se identificaban con guantes blancos, para que los Juegos Olímpicos transcurrieran en paz.
El batallón Olimpia, hombres con guante blanco separan a líderes del resto de los detenidos
Pero la intervención de la Guardia Presidencial, es decir escoltas del presidente, fue un elemento sorpresa incluso para los militares.
"¡Somos el batallón Olimpia, no disparen!", imita Zermeño a los militares que, "completamente azorados", gritaban.
Las guardias presidencias dispararon "un poco al Ejército y otro poco a la manifestación ante la prensa internacional -que ya había llegado al país para la cobertura de los Juegos Olímpicos- y así mostrarle al mundo que sí que los estudiantes estaban armados" y que la detención de sus líderes era impostergable.
Y una tercera estrategia, la más letal, se desarrolló al mismo tiempo: unos 50 francotiradores abrieron fuego indiscriminadamente contra militares y manifestantes desde los techos aledaños.
El factor militar
El objetivo era aplastar la popularidad de cualquier posible candidato militar a la presidencia en años donde los regímenes castrenses se multiplicaban en la región. En 1970, Echeverría, que para Zermeño es "un monstruo político", se convirtió en presidente de México a pesar de su baja popularidad.
Para Elena Poniatowska, Premio Cervantes 2013 y autora del libro La Noche de Tlatelolco, todo se resume a que "el gobierno tuvo muchísimo miedo (…) de que los estudiantes sabotearan las Olimpiadas, a tal grado de que estaban dispuestos a acabar con el movimiento”.
El mitin en la Plaza de las tres Culturas, en Tlatelolco
Información clasificada
Hernández, espera que Echeverría o el gobierno desclasifiquen la información.
"Han pasado 50 años y no sabemos cuántos muertos hubo en Tlatelolco (...) Si nosotros logramos romper esa impunidad que ha envuelto a los eventos de 1968 vamos a poder garantizar que se abran los espacios para otros casos (de masacres) que han ocurrido después", expone.
"El acceso a los archivos es necesario. Tener claridad sobre ese momento es fundamental", reclama también Zermeño.
El gobierno reconoció sólo una veintena de muertos la noche del 2 de octubre, una cifra diametralmente distante de los 300 o 500 abatidos reportados por la prensa internacional.
La prensa, bajo control
CIUDAD DE MÉXICO.-La noche del 2 de octubre de 1968, cuando una manifestación estudiantil fue aplastada brutalmente por militares, el gobierno mexicano estuvo pendiente de las redacciones de los periódicos, y sus agentes incluso confiscaron material que documentaba lo que luego se llamaría la "masacre de Tlatelolco".
Jesús Fonseca, fotoperiodista de El Universal, de los principales diarios mexicanos, estuvo esa noche en Tlatelolco. "Cuando pregunté por mis fotos, me dijeron 'vinieron unos agentes del gobierno y se llevaron todo'. ¡Cinco rollos!", exclama 50 años después.
La Plaza de las Tres culturas, en el corazón del Tlatelolco, céntrico barrio de la capital mexicana rodeado de edificios de departamentos, había sido escenario de un mitin estudiantil de lo que históricamente se conoce como "el movimiento del 68".
El diario amarillista Alarma!
Había también mexicanos de la calle que ansiaban desfogar su indignación contra el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), que gobernaba con mano dura.
Los diarios "no te publicaban o te publicaban lo que querían. Si había violencia o sangre, nada, a menos que fuera entre estudiantes", recuerda en entrevista Nidia Marín, que con 20 años era reportera de El Gráfico, edición vespertina de El Universal.
Ambos entrevistados coincidieron en Tlatelolco hace 50 años. Durante las balaceras, se refugiaron en un baño de la plaza con otros 15 colegas. Y ambos aún se estremecen al recordar aquella noche.
"Mire, la piel se pone chinita", repite Fonseca mientras recorre, muy erguido, a sus 91 años y con cámara colgada al cuello, la Plaza de las Tres Culturas. Narró,con hora precisa, la fatídica noche.
Marín, en cambio, rechazó acudir a Tlatelolco. "Muchos muertos", dice. Sólo volvió en 1985, tras el terremoto del 19 de septiembre que derribó edificios enteros de la zona.
El sol de México, de la cadena del coronel José García Valseca. Años más tarde Mario Vázquez Raña, en complicidad con Luis Echeverría, se quedó con la cadena
Presidencia omnímoda
En 1968 era otro México, con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en su esplendor hegemónico, la oposición reducida a un puñado de legisladores, sin una sociedad civil organizada y la prensa sometida a un férreo control.
En 50 años, las autoridades nunca han ofrecido una explicación de lo acontecido en Tlatelolco más allá de que el Ejército fue agredido por civiles. Y la oleada de detenciones tras la masacre desalentó la denuncia.
"Los periódicos no traen la historia completa. Era un poder omnímodo del presidente", resume Marín. Cuando decidían publicar información "delicada", añade, quitaban la firma del reportero para protegerlo.
Fotografías de Fonseca son consideradas icónicas del movimiento, que se gestó el 23 de julio de 1968 luego de que antimotines reprimieron violentamente una riña callejera entre estudiantes. "A veces les ponían unos pies (de foto descriptivos) que nada que ver", lamenta.
El trabajo en el terreno pasó no obstante sin mayores sobresaltos. "Los soldados sólo nos pedían que no usáramos flash porque había francotiradores", recuerda Fonseca.
El Universal. El ejército confiscó fotografías y censuró notas sobre la masacre
Al día siguiente incluso les autorizaron entrar a una morgue improvisada. Ahí, Marín vio cuerpos destrozados, incluyendo el de una mujer embarazada, cuyo bebé no nacido era visible. "Ese día sí lloré y grité", dice con voz quebrada.
Fonseca también vio a esa mujer y a un niño con el rostro destrozado. "Conté poco menos de 30 cadáveres", recuerda.
Al día siguiente, Tlatelolco fue la noticia principal en los periódicos, pero con variados enfoques: uno informó de 20 muertos en una nota sin firma, otro habló de "terroristas" y uno más señaló al movimiento de intentar boicotear los Juegos Olímpicos de México, inaugurados el 12 de octubre.
¿Masacre anticipada?
Muchos testimonios de la tragedia afloraron décadas después. "Era muy difícil que en esa época dijeras algo", dice Marín.
En 2006, un colega le confesó que el mismo gobierno los alertó de estar atentos en Tlatelolco.
"A los reporteros de los principales periódicos los convocaron en Gobernación (ministerio del Interior) para decirles que iban a presenciar 'un hecho muy importante'", explica.
Fonseca cuenta que incluso ahora un colega y amigo teme hablar. "Destruyeron su oficina, el laboratorio", explica.
Hasta el Excélsior de Julio Scherer se concretó a difundir la versión oficial
¿Cuántos muertos hubo? "Nunca nadie te lo va a decir. Hemos platicado (activistas y reporteros) y unos hablan de cientos otros hasta de más de mil. Pero nunca lo vas a saber porque no sabes a dónde se los llevaron", responde Marín, quien atestiguó el traslado de cadáveres de militares.
En 50 años se han tejido numerosas teorías, que si el movimiento fue infiltrado por gobiernos comunistas o si México fue presionado por Estados Unidos.
Fonseca asegura que, confundidos entre los fotoperiodistas, también había gente "de la CIA, la KGB, cubanos".
Los Juegos Olímpicos también se enumeraron como apremiante. "Pero fue una masacre. No creo que un gobierno tenga derecho de hacer eso, creo hay otros ejercicios políticos que ni siquiera se tomaban en cuenta entonces", lamenta Marín.
